Durante décadas, Virginia Woolf ha sido leída como el gran símbolo de la introspección moderna. La escritora que convirtió la conciencia en literatura y el pensamiento en materia narrativa. Pero detrás de esa imagen solemne, casi etérea, hay una historia que descoloca por completo al mito.
Una historia que no aparece en los manuales escolares, pero que revela quizá mejor que ninguna otra quién era realmente Virginia Woolf cuando no estaba escribiendo. Una mujer con un sentido del humor afilado, una inteligencia provocadora y una irresistible pulsión por burlarse del poder.
A comienzos del siglo XX, mucho antes de que Virginia Woolf fuera el nombre que hoy ocupa estanterías enteras, participó en una de las bromas más surrealistas de la historia británica. No fue una travesura menor ni una anécdota doméstica. Fue una operación de engaño en toda regla contra la institución más poderosa del Imperio: la Marina Real.
El día que Virginia Woolf decidió engañar al Imperio
La idea era tan absurda como brillante. Un pequeño grupo de jóvenes del círculo de Bloomsbury, encabezados por un aristócrata bromista, decidió hacerse pasar por una delegación real de Abisinia —la actual Etiopía— y solicitar una visita oficial al buque insignia de la flota británica, el HMS Dreadnought.
En aquella época, ese acorazado no era solo un barco. Era un símbolo del poder militar del Imperio. La joya tecnológica que protegía su dominio sobre los mares. Engañarlo era, en cierto modo, ridiculizar al propio Estado.

Y allí estaba Virginia Woolf, aún conocida como Virginia Stephen, aceptando el reto. Se disfrazó, se maquilló la piel, se colocó una barba postiza y se presentó como parte del supuesto séquito del “Príncipe de Abisinia”.
Incluso se cortó el pelo y adoptó una apariencia masculina para completar la farsa. No era una simple espectadora: era una de las impostoras que iba a poner a prueba la solemnidad de una de las instituciones más rígidas del mundo.
El acorazado más poderoso del mundo cayó en la trampa
El engaño funcionó. Un telegrama falso bastó para que la Marina organizara una recepción oficial. Cuando el grupo llegó a la estación, fue recibido con honores, escoltado por oficiales y trasladado al acorazado. La bandera equivocada ondeaba en señal de bienvenida, pero nadie reparó en el detalle. El Imperio estaba demasiado ocupado impresionándose a sí mismo.
Durante cuarenta minutos, Virginia Woolf y sus compañeros recorrieron el interior del Dreadnought como si fueran auténticos dignatarios. Hablaban en un idioma inventado, una mezcla de latín, griego y puro disparate, mientras exclamaban sonidos grandilocuentes ante cada sala de máquinas o cada cañón. Los oficiales, obedientes y respetuosos, asentían sin entender una palabra.

Cuando la broma se hizo pública y la prensa reveló el engaño, la Marina quedó en ridículo. No hubo consecuencias legales serias. El daño no era material, era simbólico. Habían demostrado que el poder, cuando se viste de solemnidad, puede ser increíblemente fácil de engañar.
Décadas después, esta historia sigue incomodando porque rompe la imagen canónica de Virginia Woolf. La autora de Al faro no fue solo una mente atormentada ni una escritora encerrada en su torre de marfil. Fue también una joven que entendía el mundo como una construcción frágil, sostenida por convenciones, rituales y máscaras. Y por eso disfrutó tanto arrancarlas.


