Yo entré en política porque Yolanda Díaz me hizo una encerrona (y es muy difícil decirle que no a la mejor ministra de Trabajo de la historia democrática de España). Dentro de algunas semanas se cumplirá un año desde que dejé la política; mi periplo fue breve, pero intenso, y algunas de las cosas de las cuales más orgullosa estoy, por curioso que parezca, son haber sabido irme de forma elegante, no haberme aferrado ni a un cargo ni a un puesto de trabajo suculento, haber logrado anteponer las creencias a la conveniencia. Cuando me fui quise agradecerle a Yolanda Díaz su confianza. No le hubiera dicho que sí a otra persona; le dije que sí porque era Yolanda —recuerdo cómo, en broma, gente que conocía de su entorno me llamaba «la intelectual orgánica del yolandismo» antes de que yo tuviera con ella vínculo alguno— y porque veía en ella a la mejor líder que la izquierda podía tener de cara a esas generales de 2023. Era la verdad.
Existe cierta tendencia a machacar y demonizar a los políticos cuando están en activo, tanto desde dentro como desde fuera, haciendo que carguen con todos los pecados de este mundo y parte de los correspondientes al más allá; en cambio, una vez alguien se va, dimite, como cuando alguien muere, de pronto su figura se incorpora a un recital de vidas de santos y hagiografías, como si la mejor forma de ser alabado fuera izar bandera blanca y decir adiós. Pero no creo que los aciertos de Díaz hayan germinado hoy; eran perfectamente identificables ayer, la semana pasada, el mes anterior.

Pocos podían negar ayer, incluso en la derecha, la denominación que desde ayer se ha venido repitiendo una y otra vez: «la mejor ministra de Trabajo de la España democrática», también porque Yolanda Díaz ha definido, de alguna manera, qué significa hoy ser una ministra de Trabajo. Su virtud en 2020 fueron los ERTE que salvaron millones de empleo, la capacidad de llegar a acuerdos después; ninguna ministra ha tenido una relación tan estrecha con el sindicalismo y con el mundo del trabajo que Yolanda Díaz conoció y frecuentó desde la infancia a través de su padre, cuya estela lleva consigo. Analistas poco sospechosos de radicales izquierdistas o peligrosos sumerios, como Gonzalo Bernardos, han afirmado, sobre el primer Gobierno de coalición, que era evidente que la política económica de aquel gobierno «la hizo Yolanda Díaz y no Nadia Calviño». Con sus errores posteriores en la gestión orgánica y partidista, que nunca apasionó a una mujer con vocación de gestora, quizá la líder de la izquierda que más vocación pura de gobierno haya tenido en los últimos años, Díaz marcó una etapa y un estilo para las izquierdas. Fue el estilo de los últimos años y quizá una de sus virtudes finales sea haberse dado cuenta de que el estilo del ciclo por venir es otro distinto, y ser capaz de darle espacio.
No le he dado siempre la razón a Yolanda, menos mal. Hemos discutido, en persona y por teléfono, por mensaje y en reuniones, muchas veces. Le he dicho que no cuando ella me exhortaba a decirle que sí; el tiempo que trabajé a sus órdenes traté, cuando creía que se estaba equivocando, de comunicarlo de la forma más clara posible. Creo que a los líderes se les tiene que adular lo menos posible y que el más flaco de los favores se les hace cuando se les da la razón como a los tontos. Hubo momentos en los que decisiones que yo juzgué impulsivas de Yolanda me hicieron llevarme las manos a la cabeza, y otros en los cuales su olfato político veía venir cosas que nunca hubiéramos adivinado ninguno de cuantos la acompañábamos. Confieso que a mí la Yolanda que más me gustó, siempre, es la que veía lejos de los focos: una mujer que a veces se enfadaba y podía ser durísima, que defendía sus convicciones con una firmeza impresionante, con la cual he reído y a la que también he visto llorar. Conviene recordar, ahora que se acaba la etapa de su liderazgo, que nadie ha vapuleado a la derecha en las sesiones de control parlamentarias como lo ha hecho Yolanda; nadie ha encarnado como Yolanda la defensa inquebrantable de los derechos de los trabajadores, el salario mínimo, la regulación de nuevas formas de trabajo, la expansión de permisos y derechos. No volverá en un tiempo la izquierda a centrarse tanto en lo laboral —en la clase, también— como en estos años.

Como contaba al principio, yo entré en política porque Yolanda Díaz me hizo una encerrona: me invitó al camión de Sumar pocas semanas antes de que comenzara la campaña de las generales y, allí, me pidió que me sumase a su equipo de campaña, que fuese su portavoz. Le dije que sí, con la condición también de que fuese algo temporal; como en esas elecciones se derrotó a las derechas, me dijo que bajo ningún concepto podía marcharme a casa tras la victoria, y por Yolanda me tragué mis palabras y continué aportando. Dije en su día que el paso por la política me había deparado alegrías y también un puñado de decepciones; echando la vista atrás, no me arrepiento de ninguna de esas decisiones, por el privilegio de haber compartido camino con ella y con su equipo durante un tiempo breve, extraordinario, quizás irrepetible. La historia de la izquierda no está llena de personas que hayan sabido dejar su liderazgo en el momento correcto y con la elegancia necesaria. Ese también es el legado de Yolanda: ojalá quienes tienen que escribir el futuro sepan aprovechar la oportunidad que con su paso al lado les brinda la que aún es ministra, la que fue líder y la que fue candidata.
