Enmienda 25: ¿puede perder la presidencia Trump por la guerra?

Desde el sector Maga se ha agitado en los últimos días la activación del artículo de la Constitución para destituir al presidente por sus dislates en el conflicto

Donald Trump llega a bordo del Marine One al jardín sur de la Casa Blanca en Washington, D.C., Estados Unidos, el 10 de abril de 2026.
EFE/EPA/Al DRAGO / POOL

La política estadounidense empieza a acostumbrarse a convivir con la excepcionalidad. Pero incluso en ese contexto las recientes declaraciones de Donald Trump sobre Irán provocaron una confluencia de críticas que surgen desde el Partido Demócrata hasta sectores conservadores y, de forma especialmente significativa, al ecosistema mediático que ha sostenido el movimiento MAGA durante años.

La pregunta que emerge, obviamente más política que jurídica, es si existe alguna posibilidad real de activar la Enmienda 25 de la Constitución para apartar al presidente del poder.

El detonante ha sido una retórica que muchos consideran extrema. Trump llegó a advertir de que “una civilización entera podría morir” si Irán no cedía en el estrecho de Ormuz, en un contexto de máxima tensión internacional. Sus palabras provocaron que China y Pakistán presionarán a Irán para sentarse a negociar un tratado de paz. Sin embargo, en Estados Unidos, las palabras del Presidente encendieron las alarmas. Sobre todo entre figuras que, hasta hace poco, formaban parte de su órbita política y mediática.

El congresista demócrata Shri Thanedar ha pedido abiertamente en una carta que el vicepresidente, JD Vance, y el Gabinete consideren la activación de la Enmienda 25, un mecanismo constitucional diseñado para situaciones en las que el presidente no puede ejercer sus funciones. A esta petición se han sumado voces dispares, algunas de ellas procedentes del propio campo conservador, lo que refleja un clima de inquietud poco habitual.

Vista de la manifestación este sábado en la plaza de Habima de Tel Aviv. EFE/Movimiento Pro Democracia de Israel

Sin embargo, más allá del ruido político, conviene entender qué implica realmente esta herramienta constitucional. La Enmienda 25, ratificada en 1967 tras el asesinato de John F. Kennedy, establece en su sección cuarta que el vicepresidente y la mayoría del Gabinete pueden declarar al presidente “incapaz de desempeñar los poderes y deberes de su cargo”. En ese caso, el vicepresidente asume como presidente en funciones. El proceso no es automático ni irreversible: el presidente puede impugnar la decisión, lo que abriría un pulso institucional que, en última instancia, debería resolver el Congreso con una mayoría cualificada de dos tercios en ambas cámaras.

Se trata, por tanto, de un mecanismo de altísimo umbral político y jurídico. No está pensado para sancionar decisiones controvertidas ni estrategias discutibles, sino para situaciones de incapacidad física o mental evidente. Como subrayan numerosos expertos constitucionales, su ambigüedad, intencionada, deja margen a la interpretación, pero no convierte la Enmienda 25 en una vía ordinaria de destitución.

En paralelo a este debate institucional, se está produciendo un fenómeno que puede resultar aún más determinante y sorprendente. Estamos ante la fractura de facto dentro del propio movimiento MAGA. Durante años, la fortaleza de Trump ha residido en una red descentralizada de comunicadores desde locutores de podcast, hasta comentaristas, periodistas e influencers, que han amplificado su mensaje y consolidado una base de apoyo fiel.

Hoy, esa red muestra signos de fatiga e incluso de rebelión. Figuras influyentes como Tucker Carlson han criticado con dureza la retórica del presidente, calificándola de moralmente inaceptable. El locutor Alex Jones ha llegado a sugerir que Trump presenta “rasgos de demencia” y ha pedido su destitución. La excongresista Marjorie Taylor Greene, una de sus aliadas más visibles en el pasado, ha invocado explícitamente la Enmienda 25, describiendo sus declaraciones como “malvadas y producto de la locura”.

Una mujer camina junto a un mural antiestadounidense cerca de la antigua Embajada de EE. UU. en Teherán, Irán, este sábado.
EFE/ Abedin Taherkenareh

A estas voces se suman otras procedentes del ámbito mediático digital que contribuyó a acercar el trumpismo a públicos más jóvenes y menos ideologizados. Joe Rogan ha criticado la incoherencia entre la política exterior actual y las promesas de campaña. Candace Owens ha ido más allá, calificando al presidente de “lunático genocida” y pidiendo la intervención de las instituciones “hay que llevar a este abuelo al asilo” ha escrito en sus redes. Incluso humoristas como Theo Von o Tim Dillon han roto con el relato de Trump, algo impensable hace apenas un año.

Este conjunto de críticas no implica una ruptura total con la base electoral republicana. Las encuestas sugieren que una mayoría significativa de votantes del partido sigue respaldando a Trump. Pero la erosión entre las élites mediáticas del movimiento plantea un desafío ante la pérdida de control del relato.

Trump ha sobrevivido históricamente a las críticas deslegitimando a sus detractores, etiquetándolos como traidores perdedores o irrelevantes. Sin embargo, esta estrategia se complica cuando quienes cuestionan su liderazgo son precisamente los arquitectos de su ecosistema comunicativo. La disidencia interna provoca y empieza a legitimar el cuestionamiento de su salud mental.

A ello se suma una dinámica de tensiones dentro de la propia Administración. Las humillaciones públicas al vicepresidente Vance, objeto de burlas y comentarios personales por parte de Trump, reflejan un estilo de liderazgo que, según algunos analistas, puede debilitar la cohesión interna. En un escenario hipotético en el que la Enmienda 25 se pusiera sobre la mesa, la lealtad del vicepresidente sería un factor decisivo. La realidad política apunta, por el momento, a un Vance alineado con la mayoría del Gabinete mostrando una fidelidad sólida al presidente.

Vista general del centro de prensa antes de las conversaciones de paz entre Estados Unidos e Irán, en Islamabad, Pakistán, el 11 de abril de 2026.
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En el Congreso, los republicanos continúan respaldando en gran medida su agenda. Sin ese apoyo institucional, cualquier intento de activar la Enmienda 25 resulta inviable.

Existe, además, una alternativa constitucional más conocida por Trump, el impeachment. Figuras como Bill Kristol o Anthony Scaramucci han sugerido esta vía, que depende exclusivamente del Congreso. Sin embargo, también aquí los equilibrios de poder hacen improbable un desenlace de este tipo en el corto plazo.

En última instancia, el debate sobre la Enmienda 25 revela más el estado del trumpismo que la viabilidad jurídica de destituir al presidente. La fractura en el universo MAGA, aunque limitada a sus élites mediáticas, introduce una variable de incertidumbre en un movimiento que hasta ahora se había caracterizado por su cohesión.

La historia reciente de Estados Unidos muestra que Trump ha sabido convertir las crisis en oportunidades políticas. La incógnita es si esta vez se enfrenta a un tipo de desafío que erosione su popularidad. La Enmienda 25 puede ser, en este contexto, menos un mecanismo realista que un síntoma de algo más profundo porque estamos ante una nueva realidad y es que el movimiento que lo llevó al poder ya no es monolítico.