Opinión

¿Saben qué es MMIWG2SLGBTQQIA+?

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Si no es el caso, felicidades. Señal de que andan suficientemente alejados de ciertas locuras. Y de que no son canadienses. MMIWG2SLGBTQQIA+ significa “Missing and Murdered Indigenous Women, Girls, and Two-Spirit, Lesbian, Gay, Bisexual, Transgender, Queer, Questioning, Intersex, and Asexual”. Sí, en serio. No es broma. Es un término oficial en el contexto de políticas y planes de acción federales sobre violencia contra personas indígenas en Canadá, impulsado principalmente por el comité indígena 2SLGBTQQIA+ y adoptado por el gobierno federal en 2021. Se usa en documentos gubernamentales, aunque a veces se simplifica a MMIWG2S+ para mayor brevedad.

Este disparate no es una anécdota aislada. Es la culminación lógica de un proceso que lleva años acelerándose. Los debates sobre el número de sexos o géneros y las identidades asociadas tienen todos los ingredientes de un delirio de masas. La percepción pública ha superado con creces la realidad hasta convertirse en un pánico moral. Lo que empezó como una legítima defensa de derechos civiles se ha transformado en una inflación interminable de siglas en donde se mezclan víctimas reales, identidades subjetivas y categorías inventadas sobre la marcha. El resultado es un bazar de ofertas cada vez más extremas que compiten por la atención emocional. En política, las demandas victimistas de individuos y colectivos son satisfechas por políticos oportunistas que compiten entre sí por sus favores. Debemos ver a los políticos o a los agitadores sociales como cortejadores de las masas que deben votarles o apoyarles. Gente que ha medrado de forma extraordinaria -la mayoría sin experiencia previa en un trabajo productivo o de investigación intelectual- y que ha encontrado en la propagación de esos pánicos ficticios la llave del éxito. H. L. Mencken lo dijo con precisión quirúrgica: “La finalidad de la política es mantener a la población alarmada y, por tanto, clamando por ser salvada”. Así cabalgan la ola autocumplida de las histerias colectivas que luego rentabilizan.

Un discurso woke no necesita ser riguroso; basta con que sea impactante y emocional. El mecanismo es sencillo y aterradoramente eficaz. Empiezas dudando de la mera existencia del sexo biológico -un hecho observable en todas las especies- y terminas con decenas de géneros y sexos distintos, cada uno con su propio repertorio de victimismos, pronombres y subvenciones. La lógica del runaway está servida: una vez que aceptas que el sexo es una construcción social, cualquier límite se vuelve arbitrario. La biología se convierte en “violencia”, la estadística en “fobia” y el sentido común en “fascismo”. La realidad material se disuelve en una niebla de “identidades vividas”. Lo que ayer era una minoría sexual hoy es una infinita constelación de opresiones interseccionales donde incluso las asesinadas (esas “Missing and Murdered Indigenous Women) entran en el catálogo de la diversidad. Y eso que, bajo la retórica del genocidio colonial y del acrónimo kilométrico, la realidad es que la inmensa mayoría de las mujeres y niñas indígenas asesinadas en Canadá lo son a manos de hombres indígenas, según datos de Statistics Canada.

La histeria colectiva se retroalimenta: cuanto más absurdo lo reclamado, más cobertura mediática, más fondos y más adhesión emocional. Se crea un mercado de agravios donde el premio es el poder y la subvención. El resultado es una sociedad escindida entre quienes viven en la realidad y quienes habitan un universo paralelo de neolengua y pánicos fabricados. No se trata de negar sufrimientos reales. Se trata de denunciar cómo se explotan para erosionar los fundamentos de la razón y la convivencia. Cuando el sexo se vuelve opcional,  los asesinados (siempre ellas o elles) una identidad y se admiten espíritus dobles (esos curiosos “Two-spirit), la cordura ya no es un lujo; es una resistencia. El delirio woke no se detendrá solo. Alguien tendrá que decir basta antes de que el acrónimo devore la realidad entera.

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