Pakistán, país envuelto en guerras y tensiones nucleares en todas sus fronteras, se ha convertido en el país clave para mediar el frágil alto al fuego entre Estados Unidos e Irán. El país asiático, fronterizo con Irán y con estrechas relaciones con dicho país, también ha cultivado buenos contactos con la administración de Donald Trump en los últimos tiempos.
Shehbaz Sharif, primer ministro pakistaní, fue quien dio la noticia que todo el mundo esperaba, especialmente por la afectación de la guerra sobre el precio del combustible en todo el mundo. “Estoy feliz de anunciar que la República de Irán y los Estados Unidos han acordado un alto al fuego inmediato”, anunció en un mensaje en redes sociales el miércoles. De un plumazo, Pakistán se puso una de las medallas diplomáticas más valiosas de los últimos tiempos, y colocó al país en el epicentro de la geopolítica global.

En el pasado, Donald Trump consideró que Pakistán era un país que solo aportaba “mentiras y decepción. “Para Pakistán, esto representa un gran logro”, afirmó Michael Kugelman, investigador principal para el sur de Asia en el Atlantic Council. Y aclaró: “Es un país que ha lidiado durante mucho tiempo con una imagen global muy negativa, donde los países no lo consideraban capaz de tener influencia a nivel regional ni mundial”.
Con su iniciativa, Pakistán ha logrado revertir el prestigio negativo que arrastraba. Desde Washington se acusó a Islamabad de jugar a dos caras en la guerra en Afganistán, que lanzó EE.UU. contra el régimen talibán en represalia a los atentados del 11 de septiembre de 2001. Entre círculos diplomáticos y militares estadounidenses cundía la percepción de que los pakistaníes eran aliados de EE.UU., pero a su vez apoyaban al régimen talibán de Kabul.
Tras la retirada estadounidense de Afganistán en el verano de 2021, las relaciones con Islamabad se enfriaron todavía más, dado que la Casa Blanca apostó por estrechar sus vínculos con India, eterno enemigo de Pakistán. Pero desde el retorno de Trump a la Casa Blanca, el liderazgo pakistaní cotejó al líder republicano. Primero, uniéndose a la “Junta de la Paz” para Gaza, y luego nominando para el Nobel de la Paz.
En respuesta, el presidente estadounidense elogió a Asim Munir, jefe de las fuerzas armadas pakistaníes, a quién describió como su “favorito”, que conoce Irán “mejor que la mayoría”. Pakistán comparte una frontera de más de 900 kilómetros con Irán, y su propio gobierno considera que mantiene relaciones de “hermandad” con Teherán, por sus profundos vínculos culturales y religiosos.

A diferencia de los países del Golfo Pérsico, Pakistán no tiene bases de la fuerza aérea estadounidense, ni ha sido víctima de los drones y misiles iraníes. No obstante, el hecho de que el país actualmente bombardee a los talibanes en Afganistán y mantenga una tensión límite con la vecina India, que suscitó el temor de una escalada nuclear el año pasado, suscita ciertas reticencias.
Dependencia con el Estrecho de Ormuz
Pakistán depende en gran parte del petróleo que se exporta desde el Estrecho de Ormuz, por lo que el cierre aplicado por Irán como medida de presión le afectó severamente. “Más que ningún otro país fuera de Oriente Medio, Pakistán se juega mucho aquí”, agregó el analista Kugelman a la BBC. Como consecuencia del conflicto, el precio de la gasolina se incrementó un 20% en las gasolineras pakistaníes. “Si la guerra continúa, la presión económica en Pakistán crecerá tremendamente”, pronosticó Farhan Siddiqui, profesor de ciencias políticas en la Universidad de Karachi.
La incógnita ahora es si el esfuerzo mediador de Pakistán -las cláusulas del pacto inicial no están claras-, logrará traducirse en una paz duradera. Hay quienes ponen en cuestión los esfuerzos diplomáticos de Islamabad, incapaz de reducir las tensiones en sus propias fronteras. Oficiales pakistaníes insisten en que el país intentó durante años fórmulas que no se tradujeron en garantías de seguridad.
En la calle pakistaní, la mayoría de la población se siente pro iraní. Tras el asesinato del ayatolá Ali Jamenei, masas salieron a las calles e incluso intentaron asaltar el consulado estadounidense en Karachi, donde varias personas murieron por disparos de las fuerzas de seguridad.

Sea cual sea el desenlace de la iniciativa diplomática, “se verá que Pakistán hizo un esfuerzo de buena fe. Y si no funcionó, no fue por falta de habilidades de Pakistán, sino porque tienen a un hombre terriblemente caprichoso”, dijo el profesor Siddiqui en referencia a Trump. En todo caso, el primer ministro pakistaní parece haberse ganado la confianza de Trump. “Ha colocado al país como un mediador atractivo en ojos de la administración estadounidense”, resumió Kugelman.
