Tengo la sensación de que el caso Mascarillas, aka caso Koldo, es, hasta cierto punto, agua pasada, sopa de sobre, sapo digerido tiempo ha. Mientras escribo estas líneas, bicheo “Lo más visto” en Artículo 14, en El País y en ABC. Encabezan las listas, respectivamente, una noticia sobre un adolescente que mata a una abuela y a sus tres nietos, el última hora de la guerra de Irán y otra sobre “cómo entregar el currículum” en Mercadona. La telebasura del corazón metamorfoseó en política –literalmente: la productora de Sálvame es la de Malas lenguas– por agotamiento. Los habitantes de los realities son especies decadentes. Como los políticos y sus pajes. Por eso, Ábalos o Claudia Montes desfilan por el Supremo amortizados, como Víctor Sandoval o Aída Nízar por aquella casa con cámaras de Guadalix de la Sierra.
Hablamos del gato Pequeño Ratón de Jésica Rodríguez como de aquel concursante de Gran Hermano que se preguntaba: “¿Quién me pone la pierna encima para que no levante cabeza?”. El triduo mascarillo se asemejaba más a Torrente, presidente que a Ley y orden. Hemos visto cosas que hace un tiempo no hubiéramos creído pero que, desde hace lustro y pico, consideramos el pan nuestro de cada día. Hemos visto al hijo de un exministro, Víctor Manuel Ábalos, defendiendo que “café” no era una palabra clave y que, cuando la utilizaba con sus socios, se refería al verdadero café colombiano. Hemos visto a una joven con peluca, mascarilla y gafas de sol negando que había sido puta y lamentando que su amante, que le puso un señor piso en Plaza de España, no se divorciara. Hemos visto al empresario que le pagaba el alquiler quejarse de que le “llamaba 20.000 veces” y “a la una y media de la mañana”. Hemos visto a Miss Asturias 2017 en la categoría +30 emulando a Claudia Schiffer en la Milan Fashion Week y narrando el cantar de gesta de una madre soltera, madura y socialista que cobró sin trabajar en Ineco y Tragsatec y que, en su opinión, fue la mejor empleada de Logirail, donde leía “libros sobre trenes” –¿Extraños en un tren, de Patricia Highsmith?, ¿El hombre que miraba pasar los trenes, de Georges Simenon?, ¿Trenes nocturnos, de Barbara Wood?– que sacaba de la biblioteca de Oviedo. Y así. Todo farsa, todo choteo. Todo tan La noria.
Aguardaba tranquilo el Gobierno en la nevera, intuyendo que el incendio estaba perimetrado y que el marrón se lo jalan el exsecretario de Organización del PSOE, su otrora fidelísimo escudero y los satélites que orbitaban sobre ellos. Sin embargo, el chusco vodevil se puso realmente interesante este jueves, cuando Leonor González Pano, exnovia de Aldama, rosario en mano, declaró que el conseguidor le contó que él mismo y Koldo fueron a la “casa del dueño de Air Europa, Pepe Hidalgo”, a recoger 500.000 euros por el rescate de Air Europa, y cuando la madre de esta, Carmen Pano, aseguró haber llevado otros 90.000 lereles en bolsas de plástico metidas en bolsas de cartón “tipo Zara”. Adiós, agua pasada; hola, marea negra –¿creciente?–. Pandora, aún sin pruebas, pero con la lengua suelta, amenaza con abrir la tinaja de la presunta financiación ilegal del PSOE. Y ahí sí que puede haber tomate. Qué fuerte, qué fuerte, qué fuerte.
