Opinión

El peligro de la ficción

‘La casa de los espíritus’ es la nueva serie de Netflix
Cristina López Barrios
Actualizado: h
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Esta semana, la gran Isabel Allende vuelve a las páginas de cultura. No solo por una nueva publicación — entre manual de escritura y memorias— sino también por sus declaraciones sobre la censura en algunos estados norteamericanos de su primera novela: La casa de los espíritus. Mientras se anuncia para el 29 de abril el estreno en Prime Video de la adaptación en español, Allende, que vive desde hace años en California, y nunca ha ocultado su rechazo a Trump, recuerda que la ficción sigue incomodando al poder. A veces hasta el punto de ser prohibida.

Que la ficción es peligrosa lo demuestra la historia una y otra vez. Los libros arrojados a una pira forman parte de un imaginario que representa muy bien la alianza entre el poder y la ignorancia para ejercer el control. Porque quien decide qué puede leerse y qué no, no solo controla unos títulos, controla el relato.

Isabel Allende es la autora de esta obra universal.

Allende ha dicho también que ahora mismo no podría escribir sobre lo que está pasando con Estados Unidos. “No se puede escribir desde el ojo del huracán, hace falta distancia”. Y estoy de acuerdo. Los acontecimientos que arrasan una vida, una familia o un país necesitan tiempo antes de que se cuenten desde la ficción, que es el territorio por excelencia de la autora. Cuando la herida está en carne viva, cuando aún sangra, quizá sea el momento de la crónica, del reportaje, del ensayo, de la escritura que trata de comprender y dejar constancia. Pero la ficción pide otra cosa. Pide distancia, separarnos de la inmediatez de la emoción, darnos perspectiva, que el dolor se convierta en mirada.

Recuerdo la primera vez que leí ‘La casa de los espíritus’, una novela tremendamente bella que Isabel declara haber escrito en un estado de posesión, de entrega, con la inocencia de quien está aún fuera del mercado. Me impresionó su atmósfera hipnótica, en la que conviven lo íntimo, lo político y lo sobrenatural. A través de la historia de una familia, y sobre todo de las mujeres extraordinarias que la forman, a través de una casa, de una hacienda, de la tierra, conocemos la historia de un país, la historia del sentir de sus gentes.

Ahí reside una parte del poder de la literatura. En su capacidad para encender la imaginación y convertirla en una forma de conocimiento. Una novela funciona, en cierto modo, como un simulador de emociones. Nos hace sentir la indignación, el miedo, la pérdida, la humillación de los personajes como si nos ocurriera a nosotros. Y eso que parece tan simple, es lo que la vuelve peligrosa. Porque las emociones movilizan más que los razonamientos. Así que ciertos libros molestan, y no es extraño. Lo subversivo de una novela no es que cuente una historia, es que consiga que el lector la sienta. Y cuando algo se siente ya no se puede borrar con la misma facilidad. Una buena novela puede que no cambie los hechos, pero puede cambiar la mirada y con ella cambia el relato. Ahí empieza su verdadero peligro.

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