Amerizaje

Las primeras 24 horas en la Tierra de la tripulación de Artemis II

El cuerpo, aún desorientado, tiene que adaptarse a la gravedad; también la mente necesita reubicarse. Nos lo cuenta con detalle Jesús Manuel Muñoz Tejeda, doctor en Ingeniería Aeroespacial, que ha experimentado la ingravidez en primera persona

El comandante de la misión Artemis II, Reid Wiseman; el piloto Victor Glover; la especialista de misión Christina Koch; y el especialista de misión de la Agencia Espacial Canadiense Jeremy Hansen. Fotografía: NASA
NASA

Una vez vista la Tierra reducida al tamaño de una pelota de golf, ¿qué hacemos con nuestra soberbia humana? Se lo preguntaríamos a los cuatro tripulantes de Artemis II que, después de orbitar la Luna, han regresado a nuestro planeta. En una entrevista desde el espacio, Christina Koch, con el cabello flotando alrededor de su cabeza, reveló a NBC News que, incluso viajando a toda velocidad por el espacio, se sentía tan humana como siempre y con la mente ocupada en asuntos terrenales: “Mmm, tal vez debería cambiarme los calcetines”.

Pero la pregunta inmediata es cómo se aclimatan los cuerpos después de orbitar la Luna. Nos lo cuenta con detalle Jesús Manuel Muñoz Tejeda, doctor en Ingeniería Aeroespacial, con una carrera centrada en uno de los grandes retos del siglo XXI: la sostenibilidad del espacio. La experiencia que hoy le da voz es aún más singular: voló en microgravedad real dentro del programa ESA Fly Your Thesis! de la Agencia Espacial Europea, a bordo del avión parabólico AirZeroG. Aunque las condiciones no son exactamente equiparables a las de una misión orbital, sí permiten experimentar periodos auténticos de ingravidez similares.

Jesús Manuel Muñoz
Jesús Manuel Muñoz Tejeda, doctor en Ingeniería Aeroespacial, durante el programa ESA Fly Your Thesis! junto al avión AirZeroG

Con esa experiencia, cuéntenos los desafíos del trayecto y del regreso a la Tierra.

Desde el primer segundo en que el cohete encendió sus motores, la tripulación de Artemis II soportó fuerzas de hasta 3 o 4 G, lo que significa que su propio cuerpo pesaba el triple o el cuádruple de lo habitual. En esos minutos el organismo está bajo una presión física extraordinaria: el corazón trabaja a máxima potencia para mantener la sangre fluyendo, los músculos deben sostener el peso del cuerpo multiplicado, y el sistema vestibular empieza a recibir señales que no ha procesado nunca antes.

“El aterrizaje es el momento más extremo de toda la misión, con temperaturas exteriores de hasta 2.700 grados centígrados”

Después, en cuestión de minutos, todo eso desaparece de golpe y el cuerpo entra en ingravidez. Ese contraste violento entre la sobrecarga del despegue y la flotación repentina es uno de los grandes desafíos fisiológicos del trayecto. Hasta que llegan a una fase crítica, el aterrizaje, quizás, el momento más extremo de toda la misión. La cápsula Orión regresa a la atmósfera terrestre a aproximadamente 40.000 km/h, una velocidad que equivale a unas 33 veces la del sonido, lo que genera temperaturas exteriores de hasta 2.700 grados centígrados en el escudo térmico. Durante esa reentrada, la tripulación queda envuelta en un plasma de aire ionizado que bloquea completamente las comunicaciones con la Tierra durante varios minutos. Un silencio que puede ser aterrador.

Para frenar desde esa velocidad hasta una caída controlada en el Pacífico, se despliegan once paracaídas en distintas fases, reduciendo la velocidad desde 40.000 km/h hasta apenas 27 km/h en el momento del amerizaje. Para un cuerpo que lleva diez días en microgravedad, ese impacto final es un recordatorio brusco de que ¡la Tierra ha vuelto a reclamarlos!

¿Cómo es la readaptación gravitacional?

Será relativamente breve. Es probable que noten mareos, una sensación de pesadez en las piernas y cierta desorientación al mover la cabeza, pero sin los efectos más severos que se ven tras misiones de larga duración. El sistema vestibular, el órgano del equilibrio situado en el oído interno, ha perdido parcialmente su referencia gravitatoria durante esos días y necesita tiempo para recalibrarse. A bordo del Orion, incluso antes del amerizaje, la tripulación utiliza prendas de compresión en la parte baja del cuerpo, diseñadas para ayudar a mantener la presión sanguínea y evitar mareos al recuperar la gravedad.

“El sistema nervioso olvida cómo coordinar los músculos para andar o coger un vaso”

En misiones de larga duración, como las estancias de seis o doce meses en la Estación Espacial Internacional, el fenómeno se exacerba significativamente. Los astronautas son incapaces de ponerse en pie sin ayuda, son trasladados en camilla desde la cápsula, y el proceso de reaprendizaje motor puede durar semanas. No solo los músculos están debilitados, sino que el sistema nervioso ha olvidado, en cierto modo, cómo coordinarlos para andar, coger un vaso o simplemente permanecer erguido. Para Artemis II, el proceso será más suave, pero igualmente revelador.

¿Podemos experimentar en la Tierra lo que sienten los astronautas en el espacio?

Sí, y de formas mucho más accesibles de lo que imaginamos. La más cercana a la experiencia real es el vuelo parabólico: una aeronave realiza maniobras parabólicas que generan entre 20 y 25 segundos de ingravidez parábola. La ESA impulsa precisamente el programa Fly Your Thesis!, en el que equipos de investigación de universidades europeas pueden volar sus experimentos en microgravedad real a bordo del avión AirZeroG del DLR. Personalmente, yo lideré un equipo en estas condiciones para probar un sistema innovador de control de actitud de satélites.

Jesús Manuel durante el programa ESA Fly Your Thesis!, experimentando condiciones de microgravedad abordo del avión AirZeroG

Por mi experiencia, la sensación al entrar en microgravedad es difícil de describir, pero inmediatamente reconocible. Es muy parecida a la que experimentamos cuando el coche pasa por un bache brusco o cuando el ascensor arranca hacia abajo: es ese cosquilleo en el estómago, esa sensación de que el suelo se escapa bajo los pies, pero multiplicada.

Desde el punto de vista físico, ¿qué síntomas inmediatos son los más comunes?

Uno de los síntomas más frecuentes en las primeras horas tras el aterrizaje es la hipotensión ortostática. Es decir, una bajada de tensión al incorporarse, náuseas, mareos y una sensación generalizada de pesadez extrema. También es habitual la desorientación espacial: el cerebro sigue enviando señales de movimiento cuando el cuerpo está quieto, porque el sistema vestibular no ha terminado de recalibrarse. Uno de los efectos más documentados del vuelo espacial es la pérdida de masa ósea: según datos de la NASA y la ESA, los astronautas pierden de media entre un 1 y un 2% de densidad ósea por mes en microgravedad. Aunque en el caso de Artemis II, con una duración de diez días, este efecto será mínimo y prácticamente imperceptible, en misiones posteriores de varios meses, como las previstas para el Gateway lunar o las futuras misiones a Marte, la pérdida acumulada puede equivaler a años de envejecimiento óseo en la Tierra, con riesgo real de fracturas y osteoporosis.

“En las primeras horas, experimentan náuseas, mareos y sensación de pesadez extrema”

¿Qué protocolo médico se aplica?

Es similar entre agencias: evaluación cardiovascular en el lugar del amerizaje, hidratación si es necesaria, traslado con asistencia durante las primeras horas, y comienzo inmediato de fisioterapia suave. La NASA y la ESA aplican programas de reacondicionamiento físico de entre 45 y 60 días para misiones de seis meses en la Estación Espacial Internacional (ISS). Durante ese periodo, el astronauta trabaja con fisioterapeutas, cardiólogos, nutricionistas y psicólogos de forma coordinada. El objetivo no es simplemente recuperar el estado previo al vuelo: es garantizar que el cuerpo esté listo para una posible futura misión.

La astronauta de la NASA, Christina Koch. Nasa

¿La recuperación cardiovascular lleva más tiempo?

Sí, y es probablemente el aspecto más estudiado de la readaptación. En microgravedad, el corazón se remodela: pierde masa muscular porque no necesita trabajar tan duro para vencer la gravedad, y tiende a volverse más esférico. La redistribución de fluidos hacia el tronco y la cabeza (ese fenómeno que da a los astronautas su característica cara hinchada en el espacio), hace que el corazón gestione un volumen sanguíneo artificial durante toda la misión. Al volver, se enfrenta de golpe a la necesidad de bombear sangre contra la gravedad, a un volumen plasmático reducido y a unos vasos sanguíneos que han perdido tono muscular. Para una misión de diez días como Artemis II, estos cambios son menores, pero presentes.

“Al volver, el corazón se enfrenta de golpe a la necesidad de bombera sangre contra la gravedad”

La recuperación cardiovascular completa puede llevar entre dos y cuatro meses para misiones de seis meses, y más tiempo aún tras misiones de un año, como las realizadas por Scott Kelly o la astronauta de la ESA Samantha Cristoforetti. Un hallazgo reciente y perturbador es que, en algunos casos, la arteria carótida puede desarrollar cambios estructurales que persisten después del vuelo, lo que ha abierto un debate sobre los efectos a largo plazo del vuelo espacial prolongado en la salud cardiovascular… Por este motivo, la cardiología espacial se ha convertido en una de las disciplinas más activas de la medicina aeroespacial.

¿Qué es el efecto overview?

Es uno de los fenómenos más extraordinarios y menos comprendidos de la experiencia espacial. Fue descrito por primera vez por el escritor Frank White en 1987, tras entrevistar a astronautas que regresaban con una percepción alterada de la realidad. Consiste en una transformación cognitiva y emocional profunda que ocurre al contemplar la Tierra desde el exterior: los astronautas ven el planeta sin fronteras, suspendido en la oscuridad absoluta. Esa imagen cambia algo dentro de ellos de forma permanente, y la tripulación de Artemis II, que ha viajado más lejos de la Tierra que ningún ser humano desde el Apolo 13, tendrá sin duda esa experiencia de forma muy intensa.

La astronauta de la NASA, Christina Koch. Nasa

Los astronautas la procesan como una revelación que reordena sus prioridades. Muchos describen una sensación de “fragilidad compartida”: la certeza de que toda la historia humana ha ocurrido en ese punto azul pálido; así como una urgencia nueva por protegerlo. Las agencias espaciales han incorporado apoyo psicológico especializado para ayudar al astronauta a integrar una visión del mundo radicalmente nueva en una vida cotidiana que, desde afuera, no ha cambiado en absoluto.

¿Cómo se recoloca uno mentalmente en la Tierra cuando viene del Universo?

El regreso mental puede ser más difícil que el físico. Incluso en una misión de diez días como Artemis II, la experiencia de haber viajado más allá de la órbita terrestre, de haber visto la Luna de cerca y la Tierra desde lejos, deja una impronta que no desaparece con el amerizaje. Los cuatro astronautas regresan habiendo vivido algo que ningún ser humano ha experimentado en más de cincuenta años, y técnicamente casi nadie en su entorno podrá comprenderlo de forma directa. Esa soledad de la experiencia única puede ser tan desafiante como cualquier síntoma físico.

“La experiencia deja una impronta que no desaparece con el amerizaje”

En misiones de larga duración, el fenómeno se intensifica: el astronauta vuelve a un mundo que ha seguido girando sin él durante meses, con relaciones personales mantenidas de forma artificial en pantalla, hijos que han crecido, amigos con nuevas vidas. La reintegración psicológica exige reconectar con todo eso.

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