Si jugaste de joven a las damas o al ajedrez, sabrás que perder cientos de veces es necesario antes de entender algo. Perder, volver a empezar, memorizar jugadas e insistir hasta acabar en tablas forma parte de una iniciación adecuada. La llegada de los primeros videojuegos abrió también una nueva etapa en nuestra forma de aprender, reaccionar y relacionarnos con el error. Las primeras consolas no llegaron necesariamente para hacernos mejores, ni más listos. Pero sí pusieron a prueba algo que hoy parece casi un lujo emocional: la paciencia.
Cuando perder era aprender
Super Mario, todavía resistente al paso del tiempo, o Tetris fueron diseñados en base a una lógica de dinámica repetitiva. Una sucesión de ensayos y errores que mandaban por aquel entonces en cualquier desarrollo de la industria informática. Los juegos tenían como sencillo premio llegar al final del camino. Una recompensa soñada que tardabas días o incluso semanas en conquistar, pero que no tardabas en compartir con tus amigos y familia.
En aquella época, no existían tutoriales ni vídeos de streamers especializados, sino obstinación artesanal, el tradicional boca a boca y el murmullo. Un amigo del cole te explicaba el truco de la puerta o el salto en un momento exacto que te permitirían pasar de pantalla. Era también una forma de acostumbrarnos a convivir con la frustración, la espera y el pequeño fracaso cotidiano. Por aquel entonces, la resiliencia era una palabra que aún ni se conocía ni paseaban los coaches en sus plataformas.
Hoy el panorama es bien distinto. Call of Duty, Fortnite, Minecraft, Roblox y la mayoría de los juegos de moda no solo quieren que te diviertas. Quieren que regreses, que permanezcas conectado a sus aventuras. Los modelos de negocio de la industria se han desplazado al “live service”, una lógica de estímulo casi constante. Actualizaciones continuas, nuevas temporadas, misiones y contenidos limitados en el tiempo, eventos en vivo. Estrategias de retención permanente al servicio de un modelo económico diseñado para maximizar las ganancias. Ya no se trata de que los millones de jugadores superen los obstáculos, acaben con los malos y finalicen sus partidas, sino de que nunca abandonen el ecosistema.
No todos los juegos entrenan lo mismo
Cierto es que todo no es tan negro como lo dibujan algunos contenidos en redes. No está demostrado que quienes crecimos con los juegos de mesa o las primeras consolas tengamos un cerebro mejor amueblado que los millennials o la generación Z. Pero sí parece claro que importan el uso de las pantallas, su diseño y la edad a la que entran en nuestra rutina.
Algunos estudios apuntan a que ciertos usos intensivos o determinados diseños de videojuegos pueden relacionarse con dificultades de atención o con formas más inmediatas de buscar recompensa. Otros trabajos han sugerido que ciertos entornos 3D y experiencias de navegación espacial activan más regiones vinculadas a la memoria y la orientación, como el hipocampo.

Leer el periódico, una novela o incluso una etiqueta de champú no activa lo mismo que un juego construido sobre estímulos constantes, recompensas rápidas y sistemas diseñados para mantenernos atentos. Detrás no hay solo entretenimiento: también hay una arquitectura sostenida por algoritmos omnipresentes. Eso también nos mantiene compulsivamente conectados a circuitos interminables, nuevas partidas y reinicios fáciles.
De superar pantallas a perseguir recompensas
La mayoría de los juegos estaban diseñados para ser superados. Tenían una narrativa. Un principio, un desarrollo y un final. El jugador aceptaba la dificultad porque el horizonte era mejorar y avanzar. En cambio, muchos de los grandes juegos actuales están pensados para maximizar el tiempo de permanencia, la interacción recurrente y el retorno emocional. Recompensas diarias, objetos especiales, pases de batalla y personalizaciones visuales. Una presión social que hace que la experiencia ya no sea solo un reto, sino una relación emocional sostenida en el tiempo.
Gran parte del entretenimiento infantil y adolescente está cada vez más modelado por sistemas de recompensa frecuente y ciclos de retornos rápidos. Le estamos haciendo un flaco favor a la virtud de la espera. De hecho, algunas mecánicas como las recompensas aleatorias o las llamadas “loot boxes” se han asociado a conductas problemáticas, a lógicas cercanas al juego de azar, especialmente entre los jóvenes. Eso no significa que todos los videojuegos sean una ruleta rusa con gráficos bonitos. Significa que cierta lógica de diseño ya no solo busca divertir, sino también capturar conducta.
Educar la paciencia en tiempos de recompensa inmediata
Sin querer parecer el típico abuelo cebolleta ni caer en el habitual sermón generacional de que antes aprendíamos a base de esfuerzo y tesón y que ahora solo perseguimos lo fácil y cómodo, merece la pena dedicarle un espacio de reflexión a todo esto.
Los videojuegos actuales también pueden fomentar la creatividad, la coordinación social, la resolución colaborativa de problemas. Roblox, por ejemplo, no es solo un juego, sino que también funciona como comunidad. Una comunidad que, sin embargo, también ha dado problemas de grooming y más de un quebradero de cabeza, pero ese es otro tema.
Conviene recordar, además, que el juego puede aportar beneficios cognitivos, emocionales y sociales en muchos contextos. Lo que sí es importante tener en cuenta es cómo gestionamos nuestra relación con las pantallas.
Y quizá por eso este fenómeno no se queda solo en los videojuegos. También se cuela en nuestra forma de mirar una película, de seguir un partido o de sostener la atención cuando el ritmo se toma su tiempo. No es casual que formatos más rápidos, fragmentados y espectaculares, como la Kings League, seduzcan a una generación acostumbrada al contenido breve, a la interrupción constante y a la recompensa inmediata. En esta nueva cultura del estímulo, ya no basta con que algo merezca la pena: además tiene que atraparnos antes de que llegue el siguiente impulso.
Y en una era en la que la educación tendrá que dialogar con lenguajes más visuales, conectados e interactivos, también habrá que pensar qué tipo de atención, espera y refuerzo estamos entrenando. En una sociedad obsesionada con la inmediatez, la cuestión es cómo no perjudicar aún más la tolerancia al aburrimiento, al vacío, al silencio y al fracaso.
Los videojuegos de hoy, lejos de ser solo una evasión, funcionan como pequeños laboratorios donde ensayamos nuestra relación diaria con el deseo y con el tiempo. Cuánto tardamos en desear algo, cuánto soportamos no obtenerlo y cuánto necesitamos que haya siempre una recompensa visible al final del camino.
