Opinión

Política sin silencios

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Tres reels, cinco historias y dos carruseles son el número de publicaciones recomendadas a la semana para generar engagement. Si a eso le añades las músicas tendencia (con la flechita hacia arriba), eliminas cualquier centésima de segundo en la que no hablas, le pones efectos riser y pop clic cada vez que mueves la mano y haces un movimiento sexy mirando a cámara… Ya tienes la receta para ser viral, sin importar el contenido que hagas.

Esta fórmula es aplicable a mensajes de derecha, de ultraderecha, de izquierda, para vender audífonos, dar consejos de finanzas, recomendar restaurantes o hacer feminismo. Para que el mensaje “llegue”, y no se quede perdido entre los miles de millones de vídeos de TikTok, es necesario hacerlo accesible, polémico y divertido. Y yo me pregunto: ¿para llegar a quién? y ¿con qué objetivo?

Parece que la única obsesión de los partidos políticos es llegar a la gente joven: de repente el 85% de la población hemos desaparecido. Solo eres target si tienes entre 15 y 24 años. El resto de la ciudadanía ya no votamos, no consumimos y tampoco tomamos decisiones políticas que afectan a nuestro futuro.

Como persona adulta que también utiliza las redes para comunicarse y estar al tanto del debate público, siento una mezcla de vergüenza y vacío al presenciar cómo se comunican hoy la mayoría de las figuras políticas. Es como si nos hablaran todo el tiempo en un código infantil que busca entretenernos, se han convertido en un sonajero perpetuo. Es el frenesí por la presencia continua, por la novedad y por lograr la pirueta más difícil todavía. Hay que hacerlo absolutamente todo: visitar hospitales, inaugurar rotondas, otorgar premios, bailar danzas regionales, abrazar niños, plantar árboles… Y todo en el mismo día. ¿Cuándo cuidan de su propia familia?

Estoy totalmente a favor de los mensajes accesibles e incluso de utilizar el humor y la ironía, pero siempre dentro de un equilibrio. En pos de la visibilidad, hemos eliminado de un plumazo la comunicación que nos permite entender los debates complejos o la que presenta diferentes perspectivas. También la que plantea preguntas y la que deja margen para el silencio.

Es precisamente en las pausas que se colocan entre las palabras, cuando la audiencia tiene tiempo para asimilar lo que les están transmitiendo e, incluso, generar su propia opinión. Necesitamos equilibrar la comunicación y volver a incluir los silencios. Si no dejamos espacio para que la ciudadanía haga suyos los mensajes, les aplique sus propios filtros y resuenen con su propia voz, tendremos una masa manipulable y no un público activo. Comunicar es dirigirse a las personas, no a los algoritmos.

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