Opinión

Los therian se los ha inventado Milei

Therian - Sociedad
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Irene Montero publica un vídeo denunciando que la ultraderecha utiliza fenómenos virales —como el de los therian— para fomentar el odio y distraer a la opinión pública de problemas “reales”, como la reforma laboral en Argentina.

El mensaje está cuidadosamente construido.

Primero, dramatismo: “ley esclavista”, protestas, derechos en peligro.

Después, giro estratégico: mientras eso ocurre, la ultraderecha viraliza debates absurdos en redes, promueve bulos, fomenta el odio…

Conclusión implícita: hay una operación calculada para manipular a la sociedad.

Es redondo. Es emocional. Es políticamente rentable.

Y es profundamente demagógico.

 

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Para empezar, porque llamar “ley esclavista” a una norma que habilita jornadas de 12 horas es inflar el lenguaje hasta romperlo. Se puede criticar. Se puede debatir si empeora condiciones o si facilita abusos. Pero trabajar más horas no es esclavitud. Muchísima gente ya hace turnos de 12 horas —sanidad, transporte, industria, hostelería— y, en muchos casos, lo hace para poder cobrar más o para organizar su jornada de una manera que les viene mejor.

Además, en un país como Argentina, con una economía desestructurada e inflación crónica, una medida que flexibiliza jornadas puede —al menos en el corto plazo— aumentar productividad, incentivar la oferta laboral o permitir a quien quiera trabajar más horas generar más ingresos. Tacharlo de “esclavitud” no es análisis económico: es un discurso incendiario.

Si el debate es laboral, hagámoslo con rigor. Pero cuando arrancas desde el adjetivo máximo, lo que buscas no es análisis: es indignación.

Y luego está lo de los therian.

Porque aquí no estamos hablando de “un tema viral curioso” ni de una simple excentricidad online. Es, directamente, una señal de alarma cultural: adolescentes —y no tan adolescentes— convencidos de que “son” animales, familias y centros educativos gestionando delirios identitarios como si fueran verdades íntimas incuestionables, y una sociedad que ha confundido empatía con rendición. Eso no es una “cortina de humo” fabricada por nadie: eso es un fenómeno con implicaciones en salud mental, en educación y en valores.

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Un joven de 17 años que se identifica con un lobo gris albino.
EFE/Enric Fontcuberta

Vendernos que visibilizar este tema es una “estrategia para fomentar el odio” es tomarnos por idiotas.

Porque no: el problema no es que la gente flipe (aunque Irene a eso lo llame “odio”). El problema es que hay una parte de la sociedad que ha perdido el sentido común y otra parte que prefiere llamarlo “identidad” antes que llamarlo “locura”. Banalizar este cuadro, reduciéndolo a una supuesta operación política del adversario es el truco perfecto: así evitas hablar de lo incómodo (qué demonios está pasando).

Aunque lo verdaderamente grave, una vez más, es la hipocresía.

La izquierda lleva años convirtiendo la política en una sucesión de guerras culturales perfectamente amplificadas cuando le conviene. Lleva años elevando debates simbólicos a categoría de urgencia nacional mientras los problemas estructurales siguen exactamente dónde estaban.

¿O es que la inflación desapareció porque habláramos de lenguaje inclusivo?

¿Acaso mejora el acceso a la vivienda cada vez que reaparece Franco en la conversación pública?

¿O tal vez mejora la precariedad laboral mientras medio país discute si el piropo es violencia machista estructural y si hay que redefinirlo penalmente?

La estrategia que ahora denuncia es la misma que ellos practican a diario.

La diferencia es que cuando lo hace la izquierda es “conciencia social”.

Cuando lo hace el resto es “fomento del odio”.

Vamos, una doble vara de medir en toda regla.

Montero acusa a la ultraderecha de manipular emociones mientras construye exactamente el mismo mecanismo narrativo: enemigo claro, culpable colectivo, relato simple y una causalidad sin fundamentar.

Se denuncia la distracción… distrayendo.

Se denuncia la manipulación… manipulando.

Se denuncia el ruido… generándolo.

Y todo con su superioridad moral intacta.

El problema no es que la política utilice estrategias de comunicación agresivas. Eso es inherente al poder. El problema es la impostura moral constante: la idea de que unos juegan sucio y otros juegan limpio, cuando todos juegan a lo mismo.

La demagogia no tiene color político. Pero en la izquierda actual se ha convertido en método estructural: exageración terminológica, dramatización constante, construcción de bloques homogéneos (“la ultraderecha” como ente único y malvado) y apelación emocional permanente.

Y eso no es resistencia democrática.

Es pura retórica partidista.

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