No recuerdo un solo programa de debate, tertulia o reportaje sobre tribus urbanas que no fuera escrito desde el absoluto desconocimiento, cuando desde la burla o la superioridad. “Se visten así porque no tienen personalidad”, clamaban los clones que iban a los garitos de moda de las zonas universitarias, o a las discotecas light donde se servía malibú con piña. Chicos y chicas uniformados con su jersey de pico, su discreto pantalón y su pelo limpio hablaban como si los otros, los raros, fuesen seres problemáticos y marginales; pero la realidad era que en las discotecas pijas (las “normales”) siempre hubo y hay más drogas que en las discotecas de tribus urbanas.
Rara vez he visto peleas en garitos heavies, pero las veces que he ido a locales de moda, siempre he visto una o más peleas, ya sea dentro o en la puerta. Pero las tribus urbanas ya parecían cosa del pasado. ¿Qué sentimiento de grupo va a haber si no hay diversidad musical? Suenan las mismas canciones en todos los locales de todas las ciudades, independientemente de la renta per cápita. Salir de fiesta es un tostón porque no hay quien baile. Dicen que los jóvenes no beben ya. Los españoles no se, pero los extranjeros adinerados que vienen a mi barrio cada fin de semana a reventarnos la noche a los residentes beben como si no hubiera un mañana.

No parecen pertenecer a ninguna tribu urbana, pero sí al estrato de los ricos. Hablan y se mueven como ricos: con desdén, mala educación, y la seguridad de estar por encima de la ley. Sin embargo no encuentro demasiados textos de opinión sobre que sean peligrosos o tengan problemas mentales. Lo mismo me pasa con todos esos chicos con las sienes rapadas y el tomo capilar en la coronilla que vociferan con el abrigo de plumas mientras molestan allá a donde van, siempre en grandes grupos. No hay problema con las chicas (pelo limpio, abrigo largo de corte recto, vaper en mano) que andan por la calle obstruyendo el paso sin retirarse jamás a un lado si alguien intenta pasar. Siempre al móvil, al selfie, a comentar las últimas noticias sobre su inminente master en inversiones financieras. Toda esta gente no parece preocupar en los medios.
La preocupación son grupúsculos de chavales que han decidido ponerse cartetas de perro y cola de zorro. Unas orejitas de disfraz y ropa holgada. Suelen tener algún mechón en color fantasía y llevar mochilas llenas de imperdibles y banderas de orientaciones LGTBIQ+. No molestan a nadie, no hacen daño a nadie. Van a lo suyo y se identifican con animales que han visto en algún lado para no quedarse en el género canis (tengan en cuenta la cursiva; me refiero a la clasificación de Linneo, no a aquellos espantos de polígono). En un mundo donde la música importa poco o nada, las adhesiones se hacen por identidades que, obviamente, no existirían si nadie te las comentase previamente. ¿Había punkis antes de la música punk? No. ¿Había therians antes de las redes? Pues tampoco.
Como en toda tribu urbana hay algo de cultura y luego mucha tontería; hay – por lo que veo – una competición activa para ver quién encuentra el peludo más exótico con el que identificarse, como predijo sin querer aquel meme de 4-Chan sobre el helicóptero apache de combate. Hay en estas semanas una incansable competición periodística para ver quién encuentra al therian más despistado y exótico, como en su día la hubo en ‘El diario de Patricia’ para encontrar al gótico más desnortado y a la travesti más armarizada. Con los otros, los que van a burlarse de ellos, los que les insultan, los que destrozan el mobiliario urbano, se saltan las normal de convivencia o implantan el terror en según qué sitios, con esos no hay chanzas. Tienen el corte de pelo reglamentario y visten “normal”. Nada nuevo, solo nuevas generaciones riéndose, precisamente, de los que no se meten con nadie.
