Anoche, Bryan Johnson publicaba en sus redes sociales: “Acabo de acostarme con Kate. Buenas noches a todos”. A las horas, escribía: “el sexo desencadenó un pico de prolactina postcoital, elevando el tono vagal un 23% por encima del valor basal y manteniéndolo así durante 7 horas seguidas, lo que produjo una puntuación de sueño del 100% y una recuperación del 86%. Mi cuerpo y mi mente están bastante satisfechos con la situación”. Antes de entrar en quién es Bryan Johnson, pues no tiene motivo por el cual saberlo quien lea esta columna, huelga decir que a mí no me hacía falta saber ni de sus relaciones sexuales ni de su prolactina postcoital ni de su tono vagal, y a ustedes tampoco.
Bryan Johnson quiere ser inmortal. Es un empresario norteamericano que hizo fortuna al vender una empresa de pagos a PayPal y después la empleó en la meta de «revertir el envejecimiento biológico», o, como dicen sus camisetas de marca, «no morirse». Con su proyecto, Johnson busca tener los órganos de un chaval de dieciocho años; las supuestas vías para procurarse ese cuerpo juvenil consisten en una dieta estricta, la ingesta de más de cien suplementos, descanso, análisis continuo de todas las funciones corporales, medición de la sangre, de su microbioma, de la digestión, de la rigidez de sus arterias, de la calidad de sus erecciones. Llegó a recibir transfusiones de plasma de su hijo adolescente (¡tanta tecnología para regresar a las historias de vampiros!), en un procedimiento que en principio carece de beneficios y podría ser hasta perjudicial, salvo en películas como La muerte os sienta tan bien.
Kate, la que impulsa su pico de prolactina y la elevación del tono vagal, es mucho más joven que él, la conoció al contratarla como asistenta y de ahí iniciaron una relación sentimental, primero en secreto, después pública. Ante la especulación en redes sobre esas relaciones sexuales —tuvo su tuit más de 7 millones de visualizaciones—, Kate afirmó en su propia cuenta que el sexo había ido muy bien. Esto no va de que Bryan Johnson sea un tarado y ella una víctima: impúdicos me parecen los dos. El pudor es una virtud en decadencia, en su carácter de conciencia de aquello que nos pertenece de manera más íntima, lo que no deseamos compartir; es contrario a la reducción de cualquiera a un dato biométrico o una mención conversacional. Tiene todo el sentido que alguien que niega la muerte niegue también el pudor o pueda distanciarse de tal modo de sí mismo como para llegar a esta especie de afirmación sociopática de su actividad sexual, donde el afecto o el contacto humano se ven sustituidos por números y gráficas que suben y bajan cual montaña rusa.
Un impulso enorme, que se ancla parcialmente en lo que otrora tuviera no poca influencia en el mundo progresista, la mezcla de valores algo hippies y tecno-optimistas de Silicon Valley, utópicos enamorados de máquinas de gracia amorosa, lleva a no pocos a intentar desafiar esa certeza de la vida a través de esa lógica computacional del dato, la técnica, la medición, ingeniería y escrutinio. Sam Altman, el de ChatGPT y OpenAI, también quiere subir su cerebro a la nube (sic) y replicar virtualmente todas sus neuronas y memorias (sic), fantaseando con un sitio más cercano tal y como Musk fantasea con el espacio, con Marte, con otros planetas, otros mundos donde extender toxicidad humana. Las obsesiones de todo individuo están bien enquistadas en su conciencia, y yo soy de aquellas que creen que cada persona, a lo largo de su vida, no hace sino escribir la misma novela, rodear obsesivamente los mismos temas y darse de bruces con su repetición: a ellos, falsos profetas, imposible es sacarlos de su delirio y de su profecía, pero responsabilidad nuestra será cuánto nos traguemos sus cuentos y cuánto permitamos que influyan en los nuestros. Que se queden ellos con la obsesión por el control futuro, por el ideal y la expectativa: yo prefiero quedarme con la muerte y con el pudor.
