El pasado domingo, Donald Trump lanzó una contundente amenaza: Teherán debía permitir el paso de embarcaciones por el estrecho de Ormuz, como tarde, a las 20:00 (hora de la costa este de Estados Unidos) del martes. En caso contrario, advirtió que ordenaría ataques contra centrales eléctricas y otras infraestructuras energéticas iraníes. A medida que el tiempo avanzaba, las declaraciones del mandatario fueron sucediéndose con mayor frecuencia. Asimismo, sus mensajes se volvieron cada vez más agresivos. Salpicados con fuertes dosis de ira, llegó a afirmar que una civilización entera moriría si sus exigencias no eran finalmente aceptadas. El martes fue una jornada aciaga y sumamente tensa; una suerte de olla a presión que, en las últimas horas, tendía a aliviarse cuando los actores involucrados se mostraron proclives a negociar una tregua.
Así pues, casi in extremis, a las 18:32 (hora de Washington), el presidente estadounidense anunciaba que los ataques quedaban suspendidos durante dos semanas. Este cese temporal de las hostilidades ha tenido efectos inmediatos, ya que se ha sabido no sólo que Irán abrirá previsiblemente la controvertida arteria marítima, sino que además se anunció que las partes beligerantes se reunirían en el corto plazo. El pico de fricción alcanzado en los días anteriores tiende a remitir progresivamente, si bien es cierto que la tregua resulta hoy un tanto precaria. En esta nueva coyuntura, las conversaciones que tengan lugar próximamente serán, sin duda, determinantes.
A la espera de nuevos acontecimientos, es preciso indicar que el punto de partida del diálogo se halla en el plan presentado por Teherán. Esta propuesta contempla –entre otras cuestiones– la retirada de las fuerzas norteamericanas de la región, garantías para no volver a ser atacado y el levantamiento de las sanciones. Asimismo, se ha especificado el compromiso de permitir la circulación marítima en las aguas adyacentes a la costa iraní. Concretamente, se establece que tanto Irán como Omán se ocuparán de gestionar y monitorizar el tránsito por el corredor de Ormuz. Los ingresos obtenidos de la tasa que pueda aplicarse (que podría rondar los 2 millones de dólares por barco) servirán al país inicialmente agredido para reconstruir la infraestructura dañada.
Un fuerte escollo a la hora de negociar será, sin duda, el Líbano, un país que ha sido atacado por Israel poco después de iniciarse la contienda contra Irán. La hoja de ruta presentada por el Estado iraní prevé que los ataques articulados por el gobierno de Benjamin Netanyahu contra Hezbollah en suelo libanés deben terminar también. Sin embargo, el primer ministro israelí ya ha anunciado que, si bien muestra su apoyo con respecto al alto el fuego acordado por Estados Unidos e Irán, considera que este acuerdo no es extensible al país vecino. De hecho, las operaciones militares israelíes han seguido su curso. Hay, por supuesto, otros puntos espinosos como, por ejemplo, el levantamiento de las sanciones de Estados Unidos o la liberación de los activos iraníes congelados. Habrá que ver cómo se abordan todos y cada uno de ellos.
Atentos a los siguientes pasos, cobra interés remarcar el tono marcadamente beligerante empleado por Donald Trump. Esta es una dinámica a la que ya nos tiene acostumbrados; no obstante, sus mensajes se han ido agudizando de manera significativa hasta que se ha producido el presente paréntesis que algunos –con notable optimismo– apuntan a que podría ser definitivo. Al margen de que este interludio finalmente termine por consolidarse, no es posible pasar por alto algunas de sus declaraciones que, como ya quedó apuntado, se han caracterizado por una dureza extraordinaria. Las amenazas proferidas han sido cada vez más explícitas, elevando progresivamente la intensidad hasta situar a la región afectada al borde de un precipicio en el que se vislumbraban consecuencias devastadoras.
Este registro bronco y vehemente, acompañado de decisiones implementadas sobre el terreno, ha dado pie –como ya sucedió durante su primer mandato en la Casa Blanca– a que se haya sugerido la posibilidad de invocar la Vigesimoquinta Enmienda de la Constitución de Estados Unidos en virtud de la cual se prevé la sucesión presidencial siempre que concurran circunstancias excepcionales. Esta disposición fue añadida a la Carta Magna norteamericana tras el asesinato de John F. Kennedy en 1963. En un primer momento, se estipula que el vicepresidente asumirá la presidencia en caso de que el presidente sea depuesto, muera o renuncie. La sección cuarta subraya que, si el máximo dirigente del país se encuentra incapacitado para ejercer las funciones asociadas a su cargo, el vicepresidente las asumirá.
Este último apartado es el que ha sido invocado por, entre otros, el congresista Ro Khanna. El demócrata sostiene que, si el presidente estadounidense amenaza con la extinción de toda una civilización, debería activarse este mecanismo para proceder a su destitución. No obstante, el procedimiento a seguir es bastante complejo. En primer lugar, el vicepresidente –en estos momentos J. D. Vance– junto con un número significativo de funcionarios, debería presentar una declaración escrita al presidente pro tempore del Senado, así como al presidente de la Cámara de Representantes con el fin de hacer constar la incapacidad del jefe del Ejecutivo para desempeñar sus funciones. Llegados a este punto, Donald Trump tendría la oportunidad de revertir la situación refutando las alegaciones vertidas por los otros. Si ello sucediera, recuperaría el poder, salvo que fuera enviado otro escrito. Para que esta iniciativa pudiera finalmente prosperar, sería preciso obtener el apoyo de las dos terceras partes de ambas cámaras.
A la luz de lo anterior, nada indica que este mecanismo vaya a ser implementado dado que no concurren, al menos de forma evidente, las circunstancias de incapacidad exigidas para su activación, ni existe el consenso político necesario para impulsarlo. Además, este procedimiento no está previsto para castigar decisiones políticas. Se trata de un mecanismo de emergencia concebido para supuestos excepcionales en los que el presidente no pueda ejercer de manera efectiva las funciones inherentes a su cargo.
Sea como fuere, este debate revela cómo Donald Trump se sitúa –una vez más– al margen de la legalidad internacional no sólo con su discurso errático y agresivo en el que ha llegado a pronunciarse a favor de esquilmar una población entera si sus demandas no eran debidamente satisfechas, sino también a través de acciones no exentas tampoco de polémica. Este modus operandi desata y alimenta el caos por igual; además, de generar una profunda inquietud. Así sucedió, a comienzos de esta semana, cuando la comunidad internacional contenía el aliento a la espera de conocer cuáles iban a ser sus nuevos movimientos con respecto a Irán. Estamos enfrentando una realidad sumamente compleja con motivo del empeño que muestra el dirigente norteamericano de actuar sin tomar en consideración las reglas establecidas. En este delicado contexto, cabe concluir lo siguiente: un mundo sin reglas nos aboca a un escenario incierto donde cualquier deriva es posible.
Donald Trump se erige como una figura que actúa en contra del sistema establecido que, aunque imperfecto y anacrónico, proporciona límites. Este siniestro actor político guarda una oscura analogía con aquellos que, en el pasado, eran calificados como enemigos de la humanidad (hostis humani generis). A esta categoría pertenecían, por ejemplo, los piratas, caracterizados por romper con el orden de su tiempo al perpetrar acciones que afectaban de manera negativa a todos. El juez estadounidense Joseph Story así lo reflejó en el asunto del bergantín Malek Adhel cuando afirmó –en 1844– que un pirata “se comporta de manera hostil atentando contra los asuntos y el patrimonio de una o de todas las naciones, sin respeto al derecho o al deber”. Al igual que el pirata del siglo XIX, un líder que amenaza con la erradicación de una cultura entera rompe con el pacto más elemental de la civilización moderna, situándose en una zona de exclusión jurídica (del mismo modo que la alta mar dejaba a los proscritos del pasado fuera de la protección de cualquier Estado); una zona donde no se protege al agresor sino al conjunto de la humanidad. Donald Trump se perfila como el pirata del siglo XXI; su figura se vuelve incompatible con cualquier sistema basado en reglas que pretenda garantizar la paz global.
