Opinión

Las divisiones de los Papas

María Dabán
Actualizado: h
FacebookXLinkedInWhatsApp

En 1935 el ministro de Asuntos Exteriores francés, Pierre Laval se reunió con Stalin para hablar de la creciente amenaza de la Alemania nazi y, entre otras cosas, el político galo pidió al dictador ruso que rebajara la presión sobre los católicos rusos para que así Francia pudiera mejorar sus relaciones con el Vaticano. La respuesta de Stalin ha pasado a la historia: “¿Cuántas divisiones tiene el Papa?” –le dijo-. Quizá eso mismo se preguntó Gorbachov al escuchar a Juan Pablo II arremeter contra el comunismo en su propia patria, en Polonia, dos años antes de asistir a la caída del Muro de Berlín.

Los Papas no tienen divisiones, pero tienen una autoridad moral que con frecuencia supera los discursos políticos de unos líderes mundiales movidos más por sus propios intereses que por otra cosa. Por eso Donald Trump ha arremetido con dureza en sus redes sociales contra León XIV, al que ha calificado como un pontífice “débil”, con una política exterior “terrible” que complace a la izquierda radical, a pesar de que fue elegido gracias a él. Lo ha hecho, además, en una fecha muy curiosa para la Iglesia, el día que se celebraba la Fiesta de la Divina Misericordia, esa de la que tanto carece el presidente de Estados Unidos.

En realidad, lo que el Papa ha hecho desde hace semanas es criticar la guerra de Irán y otros muchos conflictos, recordar las víctimas inocentes que mueren en ellos y reprochar que la Administración Trump quiera hacer un uso político de la fe. No hay más que ver, por ejemplo, esas reuniones de supuesta oración que el líder estadounidense celebra en pleno Despacho Oval con la cabeza baja y el rostro compungido. Horas después de su desahogo antipapal, Trump publicó, además, una imagen hecha con IA en la que él mismo aparecía como si fuera Jesucristo curando a un enfermo.

León XIV no se mostró impresionado por la andanada de su paisano y, en el avión que le llevaba a Argelia, aseguró que no tiene miedo a Trump, y que seguirá hablando contra la guerra y proclamando lo que dice el Evangelio.

Los ataques de la Administración norteamericana hacia el pontífice no son nuevos. Hace unos días los medios americanos publicaron que el Pentágono convocó a un diplomático del Vaticano para reprocharle las críticas del Santo Padre hacia la guerra de Irán, recordarle que EE.UU. tiene poder militar para hacer lo que quiera y recordarle que la Iglesia debería estar de su lado. En un momento dado, uno de los cargos del Departamento de la Guerra, invocó incluso el papado de Aviñón. A lo mejor Trump quiere emular a Felipe IV de Francia, quien ordenó encerrar a Bonifacio VIII durante tres días privándolo de pan y agua para obligarle a dejar el Papado porque se oponía a que la Iglesia pagara tributos a la Corona. El Pontífice se negó y, supuestamente uno de los enviados del rey le propinó una bofetada con un guante de hierro, un episodio que ha pasado a la historia como “el atentado de Anagni”. Bonifacio VIII murió al poco tiempo, y Felipe IV presionó para que en su lugar fuera designado Clemente V, un cardenal francés, al que obligó además a residir en la ciudad gala de Aviñón, que acabó plegándose a los deseos del Rey de disolver la Orden del Temple.

Pero que Trump no se equivoque: ni él es Felipe el Hermoso; ni León XIV, Clemente V. Y, de momento, nadie le va a callar.