España puede presumir de muchas cosas, pero hay una en la que ahora estamos rozando la excelencia: convertir un beso en debate nacional. Desde que Aitana Sánchez-Gijón y Maxi Iglesias, sorprendidos besándose bajo una farola, paseando y abrazándose, irrumpieron en las portadas, hemos necesitado un comité de sabios, varios grupos de WhatsApp y una buena dosis de juicio moral para procesarlo.
El problema no es el beso, sino la fecha de nacimiento de sus protagonistas. Ella, 1968; él, 1991. Como apunta el escritor Roy Galán en una publicación que ha compartido la actriz, lo que realmente nos moviliza no es el amor, sino el amor ajeno. Lamenta que nada active más nuestra curiosidad que el amor ajeno, especialmente si viene con un ligero toque de “esto no encaja del todo en mis esquemas”. Exigimos explicaciones a una mujer desconocida, aunque famosa, por el simple hecho de besar a alguien. Un gesto íntimo convertido en una cuestión de Estado.
Ocurre que el argumento llega con un pequeño giro que ha avivado el debate. Porque cuando el hombre es mayor, lo llamamos “pareja consolidada”. Cuando es al revés, se abre la veda de opiniones. Para entender el fenómeno, nada como acudir a quien se dedica profesionalmente a explicar lo que otros prefieren criticar: Eva Moreno, terapeuta y sexóloga de la plataforma Gleeden. En su opinión, el interés tiene mucho que ver con que hemos visto demasiadas relaciones con hombres mayores, pero al revés estaba muy estigmatizado. “Cuando lo visibilizamos es algo muy rompedor. Están haciendo mucho bien porque al ser una pareja tan mediática, le dan visibilidad. Esto despierta mucho interés. Representan la ruptura de un orden aprendido. No solo el formato tradicional de hombre mayor y mujer joven, también el relato cultural. Rompemos con la narrativa erótica. Visibilizamos esos deseos tradicionalmente reprimidos”.
Un momento precioso
Interés, curiosidad… y, por qué no decirlo, cierta incomodidad. Porque lo que realmente está en juego no es una pareja, sino ciertos convencionalismos. Durante siglos, la ecuación fue clara: hombre mayor, mujer joven, éxito asegurado. “Invertir esa fórmula no solo altera la estética, también cuestiona el relato cultural del deseo. Estamos viviendo un momento precioso. La mujer tiene mayor autonomía emocional, sexual y económica, cada vez más. También los hombres más jóvenes están cultivándose más y subiéndose al carro de masculinidades más flexibles. La suma hace que, cuando se dan este tipo de relaciones, puedan ser más visibles”, explica la sexóloga.

La reacción social viene acompañada de una larga lista de prejuicios que no se limitan al clásico pensamiento de hombre mayor con éxito y estatus. “A la mujer mayor la cuestionamos porque sexualizada no nos acaba de encajar. No solo eso. Enseguida aparece el argumento de que ella busca validación y él una figura maternal”. O el gran hit del edadismo: “Pensar que a partir de los 50 renuncia a su vida sexual, cuando realmente el deseo llega a crecer”. En otras palabras, el problema no es la relación, sino las ideas que proyectamos sobre ella.
Lejos del drama que muchos esperan, estas relaciones suelen construirse desde lugares bastante más sensatos, según nos cuenta Moreno. “Muchas mujeres a partir de los 50 se liberan de muchos pesos y prejuicios… deciden reconfigurar su vida. El deseo se vuelve más selectivo, más consciente. Buscas vínculos que te llenen. Escoges desde un lugar de placer y autenticidad”. Que aparezca un hombre más joven no es una anomalía, sino una consecuencia lógica.
Desmontando el mito freudiano
Desde el otro lado, tampoco hay misterio freudiano. “Lejos de buscar una figura maternal, el hombre más joven busca autenticidad, claridad… eso da seguridad y consistencia en la relación”. Así que nadie está sustituyendo a su madre ni intentando recuperar la juventud perdida. Están, simplemente, disfrutando.
Ahora bien, que lo entendamos no significa que lo aceptemos sin matices. Moreno lanza la advertencia del famoso doble rasero. Celebramos la ruptura de normas, siempre que no nos toque demasiado cerca: “Lo veo bien cuando lo veo en una portada de revista con dos actores, pero ojito si es mi hijo”.
¿Normalización o idealización? La experta reconoce el efecto positivo de casos como este. “Reducimos el estigma social y ampliamos el imaginario de posibles relaciones”. Pero también pone los pies en la tierra. “El riesgo de idealización tiene que ver con cultivar la pareja cada día porque no funciona sola”.
Su conclusión es que esto no es ni revolución romántica ni cuento de hadas. Es una relación, con todo lo que eso implica. Quizá lo más interesante no sea el beso, ni la diferencia de edad, ni siquiera la conversación social. Lo que revela es que seguimos incómodos con el deseo femenino fuera de ciertos márgenes, que la intimidad ajena nos parece opinable y que, en el fondo, aún estamos aprendiendo a aceptar que hay muchas formas de quererse. Mientras tanto, Aitana y Maxi siguen haciendo algo tan extraordinariamente simple como estar juntos.
Edadismo erótico
Hay algo especialmente aburrido en cómo miramos a las mujeres maduras. No importa lo que hagan. Siempre parece que llegan tarde o sobran. Si son deseables, sospechamos. Si no lo son, las invisibilizamos. Moreno lo llama “edadismo erótico”, la absurda idea de que el deseo femenino tiene fecha de caducidad.

De hecho, explica que muchas mujeres a partir de los 50 experimentan justo lo contrario, una liberación. Menos presión social, más claridad emocional y una capacidad asombrosa para elegir qué quieren… y qué no están dispuestas a tolerar. Ellas buscan autenticidad, energía y relaciones más horizontales. Ellos encuentran claridad emocional, admiración y una conexión menos encorsetada por los roles tradicionales. Y no, la relación no tiene por qué ser “flor de un día” (aunque eso, siendo justos, tampoco lo garantiza ninguna pareja de la misma edad). Por eso, el debate no va de ellos. Va de nosotros. De cómo miramos y qué juzgamos.
