La astronauta regresa de contemplar el rostro oculto de la Luna y, con el casco en la mano, recibe los homenajes que le prodigan en la Tierra. Ha visto lo que durante siglos fue territorio de conjeturas, de mitos y metáforas. Ha visto, por fin, lo que intuíamos pero no conocíamos. Durante siglos ese mismo astro fue el regente de lo femenino: la mujer cambiante, la mujer cíclica, la mujer gobernada por una lógica caprichosa que nadie comprendía era, en realidad, una esclava de ese satélite. Cuando la ciencia no sabía casi nada de la Luna se afirmaba que sus secretos condicionaban lo que tampoco se sabía de la mujer.
Hoy sabemos más de la superficie lunar que del cuerpo femenino. No es una hipérbole retórica: ya me gustaría. Durante décadas, la investigación médica ha pasado por alto, o directamente excluido a las mujeres con ensayos clínicos realizados mayoritariamente con hombres, con síntomas mal interpretados y enfermedades infradiagnosticadas. La brecha sanitaria no se justifica con una abstracción ideológica; la realidad que se traduce en dolor mal tratado, en diagnósticos tardíos, en vidas condicionadas por una ciencia que puso remedio tarde o mal.
Por eso resulta tan relevante el estudio reciente liderado por Elseline Hoekzema sobre los efectos del segundo embarazo en el cerebro femenino. No solo confirma algo que intuíamos, que cada gestación deja una huella singular en la madre, sino que abre una puerta más amplia: asume que el cuerpo de la mujer no es una variación del masculino, sino un sistema complejo con dinámicas propias con cambios en la materia gris, en las redes neuronales vinculadas a la atención, a la empatía, a la respuesta sensorial. Cambios que no son anomalías ni desviaciones, sino adaptaciones sofisticadas, orientadas al cuidado y a la supervivencia.
Frente a eso, todo un planeta sin descubrir; sabemos que esos cambios duran años, que tendrían un efecto protector frente a la depresión perinatal, que el segundo embarazo intensifica ciertas funciones. Pero aún ignoramos mucho más de lo que conocemos. La propia neurocientífica Susana Carmona lo expresaba con claridad: poseemos menos información sobre estos procesos que sobre el universo.
Como la Luna antes de las misiones espaciales, el cuerpo femenino fue siempre interpretado desde fuera; observado, poetizado, no se investigaba sobre él con la misma urgencia ni con los mismos recursos. Como consecuencia, la depresión perinatal, por ejemplo, resulta en gran medida impredecible. Los infartos femeninos, la tensión alta, la resistencia al dolor, las dosis adecuadas para la farmacopea se encuentran en un proceso de revisión delicada. Carecemos de esos “mapas de la normalidad” que permitirían anticipar y tratar mejor los trastornos que afectan a millones de mujeres.
El conocimiento no es neutro y sus lagunas tienen rostro, edad y género. Por suerte, cada estudio, cada línea de financiación dedicada a comprender el cuerpo femenino corrige décadas de silencio. Estamos cartografiando la Luna, y aprenderemos también a nombrar y a cuidar ese otro territorio inescrutable que durante siglos fue el cuerpo de las mujeres.
