El fenómeno therian ha irrumpido en redes sociales con una mezcla explosiva de fascinación, burla y polémica. En pocos días, la palabra ha saltado de TikTok a tertulias, titulares y debates políticos. Pero detrás del ruido hay una cuestión más seria que sí preocupa a parte del movimiento animalista y a profesionales veterinarios: qué pasa cuando una tendencia viral se cruza con animales reales, espacios públicos y una enorme desinformación.
La primera clave es no simplificar. Un therian no es, en términos generales, una persona que crea haberse transformado físicamente en un animal. La definición que aparece en la cobertura reciente y en buena parte de las descripciones del propio fenómeno apunta a una identificación interna, emocional o espiritual con un animal, que a veces se expresa con estética, máscaras, colas o conductas imitativas. Esa diferencia importa, porque en torno al fenómeno therian se están mezclando identidad, performance, adolescencia, redes sociales y también mucha caricatura.
En España, además, el fenómeno ha crecido al calor de convocatorias en ciudades y de vídeos virales que han amplificado su presencia. Sin embargo, varios medios han contado que muchas de esas concentraciones tuvieron poca asistencia real del colectivo y bastante más curiosos, grabaciones y ambiente de espectáculo que participación efectiva. Es decir, el fenómeno therian existe, pero su dimensión pública puede parecer mucho mayor de lo que realmente es por el efecto multiplicador de los algoritmos.
El punto de alerta real: animales, parques y conductas imprevisibles
Aquí está el núcleo del problema. La preocupación de animalistas y veterinarios no se centra tanto en la existencia del fenómeno therian en sí, sino en posibles conductas de riesgo cuando se interactúa con animales reales. La información difundida en España a partir de testimonios de PACMA y de voces veterinarias alerta de una situación concreta: jóvenes disfrazados o actuando como animales que se acercan a perros u otros animales en parques, generando desconcierto, excitación o miedo en los animales, con el consiguiente riesgo de incidentes.
Ese riesgo no es una exageración. Cualquier profesional de comportamiento animal lo explicaría de forma parecida: un perro no interpreta una escena como un humano. Un movimiento brusco, una postura extraña, una aproximación invasiva o una interacción insistente pueden activar una respuesta defensiva. Y una respuesta defensiva puede acabar en ladrido, tirón, caída o mordedura. Si eso ocurre, el daño no solo lo sufre la persona implicada. También puede acabar perjudicado el animal y su propietario, incluso con denuncias o conflictos que nacen de una situación evitable.

Por eso, cuando se habla de los peligros del fenómeno therian, conviene aterrizar la conversación. No hablamos de una amenaza abstracta ni de una alarma moral difusa. Hablamos de algo muy concreto: interacciones inadecuadas con animales en el mundo real.
Animalismo y therian no son lo mismo
Otro motivo de alerta es la confusión pública. El animalismo trabaja sobre derechos, protección y bienestar animal. El fenómeno therian, en cambio, se mueve en el terreno de la identidad, la expresión y la comunidad. Son planos distintos. Y cuando se mezclan en titulares o en debates simplistas, se corre el riesgo de ridiculizar el trabajo de asociaciones animalistas o de desviar el foco de problemas reales de bienestar animal.
Esto preocupa especialmente en un momento en el que cualquier tendencia viral se convierte en munición ideológica. En los últimos días, parte de la conversación mediática sobre therian ha sido absorbida por discursos de guerra cultural, bulos y mensajes diseñados para provocar indignación. Ese marco no ayuda ni a los jóvenes que participan en estas comunidades, ni a los profesionales que intentan explicar riesgos reales, ni al debate público.
La consecuencia es doble. Por un lado, se exagera el fenómeno therian hasta presentarlo como una epidemia social. Por otro, se invisibilizan las cuestiones serias: la seguridad en espacios con animales, la educación en comportamiento animal y la protección frente al acoso de menores que se exponen en redes.
El fenómeno therian como síntoma social
Sería un error leer el fenómeno therian solo como rareza o provocación. También puede entenderse como un síntoma de época. Muchas de estas expresiones aparecen en edades de búsqueda identitaria, en entornos donde internet no solo muestra comunidades, sino que las crea, las legitima y las viraliza. Lo que antes quedaba en foros minoritarios, hoy puede convertirse en tendencia nacional en 48 horas.

La literatura académica sobre therianthropy y comunidades other-than-human lleva años señalando que no estamos ante un fenómeno completamente nuevo, sino ante una subcultura con recorrido digital desde los años noventa. Al mismo tiempo, los especialistas distinguen entre la identidad therian no clínica y la llamada therianthropy clínica, que sí describe cuadros delirantes en psiquiatría.
Mezclar ambas cosas de forma automática es un error informativo y una forma de patologizar sin rigor. Esa distinción es clave. Una cosa es un fenómeno sociocultural, con capas de identidad, estética y pertenencia. Otra muy distinta es un trastorno mental.
¿Qué debería preocupar de verdad?
Si se quiere abordar el fenómeno therian con seriedad, hay tres preguntas útiles:
- Cómo prevenir interacciones peligrosas con animales reales en parques y espacios públicos.
- Cómo evitar que una tendencia de internet derive en acoso, humillación y señalamiento de menores.
- Cómo informar sin caer en el pánico moral ni en la caricatura.
El fenómeno therian puede parecer estrafalario a ojos de mucha gente. Y probablemente seguirá generando memes y titulares. Pero la alerta de animalistas y veterinarios no va de juzgar una identidad. Va de recordar algo básico: los animales no son decorado de una performance viral. Son seres vivos, con límites, señales y reacciones que hay que respetar.
