Hay algo fascinante —y profundamente preocupante— en la facilidad con la que la sociedad decide olvidar. Pedro Sánchez dice ahora “no” a la guerra. Se planta frente a Trump. Usa palabras grandilocuentes como “dignidad”, “memoria” o “compromiso”. Y, de repente, aplausos.
Aplausos en España. Aplausos en redes hablando de “líder europeo”, de “referente moral”, de “político con principios”. Incluso aplausos en medios internacionales.
¿Estamos hablando del mismo Pedro Sánchez? ¿Del que cambia de dirección política tantas veces que ya no sabemos si estamos ante un presidente del Gobierno o ante un hombre con trastorno agudo de personalidad múltiple? Porque esto no va de Trump. Ni de la guerra. Va de algo mucho más básico: la credibilidad.
Y si hay algo que este Gobierno ha demostrado con matrícula de honor es su capacidad para decir una cosa y hacer la contraria con total impunidad
- “No pactaré con Podemos”, “no dormiría tranquilo con ellos” → Gobierno con Podemos y vicepresidencia para Iglesias
- “Nunca pactaré con Bildu” → Socios habituales
- “La amnistía es inconstitucional” → Amnistía aprobada
- “Traeré a Puigdemont ante la justicia” → Negociando con él
Lo impresionante no es la lista. Es que, a estas alturas, su palabra vale exactamente lo mismo que un story de Instagram: dura 24 horas… y desaparece.
Y aquí es donde viene lo verdaderamente incomprensible. ¿Por qué, entonces, la gente le hace la ola? ¿Cómo hemos llegado al punto en el que alguien con este historial dice “no” a algo… y automáticamente se le aplaude como si fuese un referente moral? ¿Qué parte de su trayectoria invita a pensar que ese “no” es sólido, definitivo o siquiera creíble?
Porque si algo ha demostrado Pedro Sánchez no es firmeza, es elasticidad. Una capacidad casi sobrenatural para adaptarse al contexto, al titular y al interés del momento. Decir una cosa hoy y la contraria mañana sin despeinarse. Todo, con tal de seguir en el poder. Y, lo más sorprendente, sin pagar coste político real. Y eso ya no es solo responsabilidad suya. Es nuestra.
Porque el problema no es que un político “cambie de opinión”. El problema es que lo haga constantemente… y que no pase nada. Que dé igual lo que haya dicho antes. Que no haya memoria. Que no haya exigencia. Que baste con que el mensaje actual encaje con lo que sus votantes quieren oír.
Hoy dice “no a la guerra”. Mañana, si le conviene, reculará. Y pasado, si hace falta, le besará los pies a Trump sin despeinarse. Al final, lo de la guerra es casi anecdótico. Lo grave es haber normalizado que la palabra de un presidente no tenga ningún peso. Ningún coste. Ninguna consecuencia.
Que “decir” ya no implique nada. Que la política se haya convertido en un ejercicio de relato continuo donde la coherencia es opcional y la memoria, inexistente. Y así, claro, cualquiera puede parecer firme durante cinco minutos. Aunque lleve años demostrando justo lo contrario. Porque cuando la palabra no vale nada, decir “no” tampoco significa nada. Y aplaudirlo… menos todavía.
