“Todas las noches son muy duras”, resume Amit Felman. Esta residente del kibutz Kfar Szold, al norte de Israel y a pocos kilómetros de la frontera con Líbano, lamenta que el sonido de la guerra no es una excepción, sino el fondo constante de sus vidas desde hace demasiado tiempo. “Hay mucho ruido donde vivimos todo el tiempo. No puedes dormir tranquilo. Todo el tiempo hay aviones, bombas, misiles. Escuchas todo”, dice por videoconferencia a Artículo 14.
Su testimonio no llega desde una gran ciudad ni desde un refugio urbano preparado para emergencias. Habla desde un pequeño kibutz -originalmente comunidades agrícolas socialistas-, como tantas otras en la frontera norte, vive expuesta a los ataques de Hizbulá. Allí las alarmas no siempre suenan a tiempo. “Estamos muy cerca de Kiryat Shmona, que es la ciudad que más atacan. Nosotros escuchamos todo el tiempo lo que pasa”, continua.
La diferencia con otras partes del país, como Tel Aviv, no es solo geográfica. Es cuestión de segundos. “Cuando suena la alarma en el centro del país, tienen como diez minutos para organizarse. Nosotros no. Tenemos 15 segundos. No importa dónde estés: o te tiras al suelo o buscas el lugar más seguro posible”, precisa. Ese margen mínimo condiciona cada movimiento y decisión de la rutina diaria. Muchos evitan alejarse demasiado de los espacios protegidos.

En el caso de Amit, esa rutina ha tenido que readaptarse. Su casa no tiene refugio. La solución ha sido trasladar las noches a otro lugar. “Desde que empezó la guerra, vamos a dormir al parvulario de mi hija, que está a 30 metros de casa”, prosigue. Allí han improvisado un espacio común con colchones donde “dormimos todos juntos”.
La escena se repite desde hace semanas. De hecho, los primeros disparos de Hizbulá ocurrieron el 8 de octubre de 2023, un día después de la masacre perpetrada por Hamás en el sur de Israel. Pese a las adversidades, hay cierta sensación de continuidad. “La gente ya está muy acostumbrada. Muy rápido abrieron cosas para niños, actividades en los refugios”, precisa. Es lo que muchos llaman resiliencia. Pero Amit matiza: “Es muy triste que la buena parte sea esto. Acostumbrarse a una realidad de guerra permanente”.
Esa normalización del conflicto es una de las heridas más profundas sin cicatrizar. Amit creció en esa misma zona y ya vivió la guerra de 2006 contra Hizbulá, en que el ejército israelí recibió un duro revés. Sin embargo, destaca que la duración de las guerras actuales no tiene precedentes. “Antes las guerras eran de dos semanas, de un mes. Ahora son años”, lamenta. Y lo más inquietante es la sensación de no ver el final: “todos hablamos de que esto es por un tiempo, y que va a empezar de nuevo”.
Como muchos residentes del norte del país, Amit se suma a las críticas a la gestión política del conflicto. La joven israelí considera que Israel no actúa con una estrategia a largo plazo. “El gobierno entra en guerras que no sabe cómo terminar”, denuncia. La frustración es aún mayor en su caso por una decisión reciente. Después de vivir una temporada en España, regresó a Israel el verano pasado con su familia. “Pensábamos que ya está, que teníamos cinco o diez años de tranquilidad. Si lo hubiera sabido, no habría vuelto”, admite. O al menos, habría esperado más tiempo antes de regresar.

El impacto de esta situación no se limita a los adultos, sino que se transmite inevitablemente a los más pequeños. Amit lo observa en sus hijas. “Mi hija pequeña está todo el tiempo conmigo, no va sola al baño, le cuesta despedirse”, remarca. Y aclara: “un niño que pasa una guerra quiere estar al lado de sus padres”.
Aun así, intenta mantener cierta normalidad. “Cuando los padres están bien, los niños están bien”, dice, evocando la idea de convertir la situación en algo manejable, casi como un juego. Menciona como ejemplo la película La vida es bella. Pero reconoce que no es lo mismo. “Ves que los niños no son como antes”. Durante mas de un mes, los colegios de Israel han permanecido cerrados.
Amit no rehúye del coste humano que pagan los civiles inocentes al otro lado de la frontera. Ante los bombardeos israelíes en Líbano y las víctimas civiles -el ejército lanzó los ataques más devastadores desde 1928-, la joven reconoce que “me pone muy triste saber que hay tantos muertos. No importa de qué lado. Cuando hay inocentes, no tienen que morir”.
Felman remarca también a la construcción del relato. “En Israel nos contaron que mataron a 250 terroristas. Pero cuando entré en un diario de España, vi que hablaban de miles de heridos, de personas”. Esa diferencia de lenguaje mediático condiciona la percepción del conflicto. “Si no hubiera visto esas otras noticias, solo sabría una versión”, lamenta. En Beirut todavía rescatan a gente bajo los escombros mientras mantiene la conversación.

A pesar de vivir bajo amenaza constante, Amit no adopta un discurso simplista. Reconoce el miedo y la necesidad de protección, pero también cuestiona los métodos y sus consecuencias. “Sin una opción diplomática, esto nunca va a terminar”, afirma. “El mundo tiene que apoyar al Líbano para que haya una vida más tranquila para todos. Si no hay diplomacia, no va a cambiar nada”, cree. Tras los duros ataques israelíes, el primer ministro israelí Benjamin Netanyahu, presionado por Washington, abrió la puerta a negociar la tregua con el frágil estado libanés, incapaz de controlar y desarmar a Hizbulá.
Mientras, la vida sigue en Israel, donde las diferencias son evidentes. “Esta vez todo el país estaba en la misma situación”, reconoce, en referencia a los ataques de misiles iraníes sobre todo el territorio. Pero la sensación duró poco. “Tel Aviv volvió a la normalidad y el norte no”. El futuro, admite, es una incógnita constante. “Es la pregunta que me hago cada día”. No sabe si se quedarán en el kibutz o buscarán una zona más protegida para vivir en familia.
