La evolución del conflicto en la frontera norte de Israel hace pronosticar que, más allá de un posible alto al fuego en Irán, la guerra contra Hizbulá puede estancarse en el tiempo. Pese a que el Gobierno de Benjamin Netanyahu presumió de dar un golpe casi definitivo a al grupo armado chií al implantarse la tregua en noviembre de 2024, sus milicianos disparan a diario proyectiles contra el estado judío y tienden las primeras emboscadas letales a las tropas israelíes, que vuelven a inmiscuirse en el complejo barro libanés.
Sarit Zehavi, ex integrante de la inteligencia militar israelí y fundadora del Alma Center, lleva años siguiendo de cerca la actividad de la milicia proiraní. Entre constantes alarmas por disparos de proyectiles, la analista desgranó ante periodistas extranjeros la estrategia militar israelí. “El objetivo operativo es expandir el control y desmantelar la infraestructura de Hizbulá en el sur de Líbano, especialmente en la zona al sur del río Litani”, comienza.

En su lectura, esta lógica responde a la necesidad de modificar la ecuación de seguridad en la frontera norte israelí. Muchos residentes de la zona reclaman consolidar una “zona estéril”, para evitar que Hizbulá vuelva a asentarse en la zona cuando se firme una nueva tregua, aprovechando el retorno de civiles a sus poblados. “La actividad terrestre, combinada con ataques aéreos y presión constante sobre las capacidades logísticas de Hizbulá, busca degradar su presencia militar”, explica.
Hizbulá resiste
Esta estrategia no apunta necesariamente a una derrota definitiva del grupo. Los datos más recientes muestran que Hizbulá mantiene una capacidad operativa más alta de lo previsto por los analistas. Según el propio seguimiento del Alma Center, “el miércoles 25 de marzo se identificaron 105 oleadas de ataques de Hizbulá contra Israel, el día más intenso de combates desde el inicio de la campaña”.

La naturaleza de estos ataques también revela una diversificación táctica. “La mayoría de los ataques se llevaron a cabo mediante cohetes y misiles (60 oleadas, aproximadamente el 57%), junto con 32 oleadas con drones (alrededor del 30%) y 13 ataques con misiles antitanque (aproximadamente el 12%)”, señala Zehavi. Este último dato es particularmente relevante: “el uso elevado de misiles antitanque es inusual en comparación con días anteriores y fue empleado para atacar a las fuerzas israelíes en el sur del Líbano”, precisa.
La presión en el norte de Israel
El alcance geográfico de los ataques ilustra la amplitud del frente. “34 oleadas se dirigieron a comunidades cercanas a la frontera (0–5 km), mientras que otras alcanzaron ciudades como Safed, Karmiel o Nahariya”, detalla. Este patrón confirma que la presión no se limita a la línea de contacto inmediato, sino que afecta a un amplio territorio del norte israelí.

Además, Zehavi cuenta que la estrategia de Hizbulá está mutando, y busca plantar cara a las tropas israelíes durante su invasión. En la guerra que enfrentó a ambos actores en 2006, la milicia proiraní infringió mucho daño al ejército israelí, que subestimó las capacidades de emboscada de un rival que conoce el terreno al dedillo. “Se identificaron 55 oleadas de ataques dentro del Líbano contra fuerzas israelíes que operan contra Hizbulá”, afirma. Estos ataques incluyen fuego indirecto, misiles antitanque y drones, y aumentan a medida que se intensifica la actividad terrestre israelí.
Pese a que Hizbulá presenta muchos de estos ataques como dirigidos contra objetivos militares, Zehavi introduce un matiz importante: “En la práctica, a menudo implican el uso de armas (principalmente cohetes) que no son precisas y, por lo tanto, también impactan comunidades civiles cercanas a la frontera en Israel”.

El balance humano del conflicto sigue creciendo en ambos lados. En el frente israelí, hasta ahora, tres soldados y un civil han muerto en el frente norte. A esto se suman múltiples heridos, tanto entre militares como entre civiles, incluidos ataques directos contra zonas residenciales. En el Líbano, la ONU ya alerta de una posible “catástrofe humanitaria”: los bombardeos israelíes dejaron más de 1.100 víctimas y más de 3.000 heridos.
“Desde que Hizbulá se unió a los combates el 2 de marzo, se han identificado un total de 1.084 oleadas de ataques contra Israel”, explica Zehavi. A pesar de la intensidad de la campaña israelí, la capacidad de resistencia de Hizbulá sigue siendo significativa. France 24 destaca que el grupo “está plantando una resistencia considerable” frente al avance de las tropas israelíes.

Desde el think tank Chatham House advierten de que una ocupación israelí prolongada del sur del Líbano podría resultar contraproducente. Según este enfoque, una presencia sostenida podría reforzar la narrativa de resistencia de Hizbulá y, a largo plazo, jugar a su favor entre la población libanesa.
“Rendición o resistencia”
Zehavi no descarta este riesgo. Aunque defiende la lógica militar de la operación, reconoce que “la profundización de la actividad terrestre implica una mayor exposición de las fuerzas israelíes a ataques continuos”. En un entorno como el sur del Líbano, esto se traduce en una guerra de desgaste donde la superioridad tecnológica no siempre garantiza resultados rápidos.
El contexto político libanés es otra baza del conflicto. Dirigentes de Hizbulá han dejado claro que la organización considera el momento actual como una disyuntiva entre “rendición o resistencia”, reafirmando su intención de continuar el enfrentamiento. Pero el gobierno de Beirut expulsó esta semana al embajador de Irán -patrocinador de la milicia-, y muchos libaneses acusan al grupo de arrastrar de nuevo al país a una crisis humanitaria, que se solapa con heridas del pasado todavía sin cicatrizar.
