Nadiia Tokar trabaja como paramédica para Médicos Sin Fronteras (MSF) en un hospital del sur de Ucrania, cerca de la línea del frente. “Paso 14 días aquí, viviendo y trabajando en el mismo espacio”, indica la ucraniana. Su rotación empieza un lunes y termina dos semanas después. Durante ese tiempo, el hospital lo es todo: casa, refugio y la primera línea de respuesta.
Tokar y su compañera, una médica de urgencias, son las primeras en recibir a los pacientes. “Muchos llegan en estado crítico. A veces no se dan cuenta de lo grave que es su situación“, explica. La paramédica les toma la tensión, mide la saturación de oxígeno, realiza electrocardiogramas. Lo hace cada día, una y otra vez, mientras fuera, la guerra continúa. La invasión rusa a gran a escala, lanzada en febrero de 2022, no tiene visos de terminar.
Nadiia Tokar: “Durante la guerra, necesitan apoyo y confianza”
Tiene 51 años y procede de la región de Jersón. El día que comenzó la invasión estaba en su puesto de trabajo. “A los quince minutos nos mandaron a casa. Cuando llegué al río, el puente ya había sido destruido”, recuerda a Artículo14. “Los primeros meses de la guerra fueron los más duros para mí. Sentí constantemente la tensión y la incertidumbre. No sabía a dónde ir o a dónde huir, tampoco cómo ayudar ni respaldar a mi familia, sobre todo a mi hijo en tales condiciones”.
Durante la ocupación rusa, recorrió su pueblo casa por casa atendiendo a quien lo necesitaba. “Había covid, había heridos, y no había ningún lugar donde recibir atención médica“, relata Tokar.

Tras la contraofensiva del Ejército ucraniano, tomó una decisión. “Me uní a Médicos Sin Fronteras porque quería ayudar a personas que habían pasado por lo mismo que yo”. Hoy trabaja en Mikolaiv, en la unidad de emergencias del hospital donde atiende sobre todo a personas mayores con enfermedades crónicas. “Hipertensión, diabetes, dolor cardíaco, ansiedad… “. En ese contexto, subraya la importancia del vínculo: “Durante la guerra, las personas necesitan apoyo y confianza. Necesitan sentirse escuchadas”, asevera Tokar.
Para ella, la “conexión humana es esencial. Escucho a las personas. Les pregunto qué ha pasado, dónde les duele“. En los ojos de sus pacientes ve ansiedad, miedo, incertidumbre. “Se preguntan cuál es su diagnóstico, si tendrán que quedarse ingresados”. Su respuesta es mantenerse tranquila, cercana, pues quiere que “sepan que estamos aquí para ayudar”, expone la paramédica ucraniana.
“En Ucrania, no hay ningún lugar completamente seguro”
Sobre lo extraordinario de vivir en un hospital durante tantos días seguidos, Tokar asevera que el “equipo se convierte en una familia. Dormimos, comemos y trabajamos juntos. Nos entendemos sin hablar”, confiesa. Comparten problemas personales, cocinan, alimentan a los animales que viven cerca del edificio. “En tres años, mi compañera Hanna y yo hemos pasado un año y medio juntas”, resume. “Solo sé que aquí nos necesitan. Y eso es suficiente. Mi tiempo aquí merece la pena“, confiesa.
Sobre residir en un centro sanitario, que a pesar de que suponga un crimen de guerra, los hospitales tampoco se han librado de ser un objetivo del Ejército ruso, Tokar afirma que en realidad, “en Ucrania no hay ningún lugar completamente seguro“. Durante los bombardeos, se refugian en el sótano. En los desplazamientos, llevan chalecos antibalas. “No te acostumbras del todo, pero aprendes a vivir y a trabajar. Nos apoyamos mutuamente“, reconoce a Artículo14.
Olha Horenko: “Salvar vidas en la carretera”
En el este del país, Olha Horenko desarrolla su trabajo a toda velocidad. Es médica de ambulancia de MSF y traslada a pacientes desde hospitales saturados en primera línea hacia centros más seguros. “Trabajo con un equipo de ambulancias. Evacuamos a personas heridas. Nuestros pacientes suelen estar en estado grave, a menudo son niños“, explica.

Horenko tiene clara su misión: “Salvar vidas en la carretera”. Mantener a los pacientes estables durante el trayecto, asegurarse de que llegan con vida. “Hay respiración, presión, ritmo y una carretera que no admite errores”, reconoce. “Los errores pueden costar vidas… pero la precisión puede salvarlas”, expresa la sanitaria ucraniana.
Trabaja en equipo con un paramédico y un conductor. Y como si fuera una coreografía mil veces ensayada, Horenko describe que la coordinación es absoluta. “Todo el mundo sabe qué hacer sin hablar“, explica.
Su marido también forma parte de esa cadena de atención. Es anestesiólogo y atiende a heridos tras los bombardeos. “A veces recogemos a pacientes que él trató antes. Reconozco su trabajo en cómo están estabilizados”, admite. Después, ella continúa el proceso en la ambulancia.
Horenko describe a la perfección el espíritu ucraniano cuando no está en una emergencia. “Cocinamos, tomamos té, contamos chistes o guardamos silencio”, cuenta Horenko. En esos momentos, es cuando recupera algo de equilibrio. “Siento que estoy viva, lista para volver a ser fuerte”, asevera la ucraniana. La paz no dura mucho. Cuando suenan las sirenas antiaéreas, bajan al sótano. “Escucho el silencio entre explosiones y cuento a las personas que están conmigo“. Es una forma de mantener el control en medio del caos. Al final del día, hace balance y recuerda “rostros, manos, voces. Y me digo: hoy estuve donde tenía que estar“, resume.
Viktoriia Muliarova: “Las cosas más pequeñas pueden curar”
Más al centro del país, en la región de Cherkasy, Viktoriia Muliarova trabaja con las secuelas de la guerra. Es psicóloga de MSF en un proyecto de rehabilitación temprana de la ONG. “A veces mi jornada empieza poniéndome maquillaje en la oscuridad. Es literal”, explica, pues los cortes de luz tras los bombardeos a infraestructura crítica ucraniana forman ya parte de su rutina.

Su trabajo consiste en acompañar a personas con lesiones graves y amputaciones en las primeras fases de recuperación. “Son personas que han estado cerca de la muerte y están volviendo a su cuerpo, a su respiración, a su vida“, explica Muliarova quien expresa que ella se convierte en “una presencia constante, alguien en quien confiar”.
La psicóloga ucraniana describe sus sesiones, en las que a veces hablan, otras, simplemente guardan silencio. “Las cosas más pequeñas pueden curar. Dar la oportunidad de respirar de nuevo”, expone Muliarova.
La invasión rusa de Ucrania atraviesa también la vida personal de Muliarova, tras más de cuatro años de guerra sabe que no se puede dar nada por sentado. “La luz, el calor, el sueño y la sensación de seguridad pueden desaparecer en cualquier momento”. Por eso, el autocuidado se convierte en una herramienta profesional. “Cuidarme no es una elección. Es una condición para seguir aquí”, define.
A lo largo de estos años ha sido partícipe de centenares de pacientes. Reconoce que hay “historias que te cambian para siempre”, pero junto a su equipo trabaja para que sus pacientes encuentren algo parecido a la luz. “Aunque haya que crearla desde dentro”, concluye Muliarova.
