La invasión rusa de Ucrania las sorprendió en lugares distintos -una casa recién estrenada en Sumy, una habitación de un hotel en Barcelona, un piso compartido con la primera pareja y una residencia de estudiantes, ninguna de las cuatro se esperaba que la guerra fuera a suceder en pleno siglo XXI. Cuatro años después de la invasión rusa de Ucrania, Marina Borshchenko, Mariia Tumanova, Angelina Vlasiuk y Anna Lysak han reconstruido sus vidas en Madrid. Como ellas, más de 300.000 ucranianos se han instalado en España.
Empezaron de cero, en un idioma desconocido, en otra cultura y en etapas vitales muy distintas. Ninguna romantiza lo ocurrido, al contrario. Pero todas coinciden en el agradecimiento a quiénes las ayudaron cuando pasaban por su peor momento y en que decidieron no quedarse paralizadas a pesar de la guerra total a gran escala.
Marina Borshchenko: proteger a sus hijas
El 24 de febrero de 2022, Marina Borshchenko se despertó en Sumy con explosiones. Vivía a veinte kilómetros de la frontera, en la casa que había diseñado y construido con su marido apenas un año antes. Era su vida soñada: estabilidad, trabajo, planes. La invasión lo arrasó todo en horas. Durante casi dos semanas, su familia se refugió en ese hogar soñado pero sin gasolina, sin salida, turnándose por la noche para vigilar las alarmas. Leía las noticias de Kyiv, Járkiv, Chernóbil… y Entonces entendió “que había una vida antes de la guerra y otra después”.

Decidió partir, abandonar la casa de sus sueños, pues los ataques no cesaban. El corredor humanitario les permitió huir tras tres días de carreteras colapsadas y refugios improvisados. En la frontera, su marido tuvo que quedarse. Ella cruzó a pie con sus hijas y su madre. Pasaron por Milán y llegaron a Madrid acogidas por una familia que lo cambió todo: Salomé y Antonio. Seis meses después, cuando asumió que la guerra no sería corta, Marina Borshchenko se puso a trabajar. Reactivó su carrera como fotógrafa desde cero, aprovechó su inglés, para darse a conocer en redes sociales, y trabajar con turistas. Su marido pudo reunirse con ellas siete meses más tarde (cuando justificó su problema médico) y aunque al principio fue muy duro para él, juntos abrieron un estudio fotográfico en alquiler. Hoy funciona y está en pleno crecimiento.
No ha vuelto a Ucrania. Su madre sí, a una casa ahora preparada para resistir cortes y bombardeos. “No tuve elección. Tenía que proteger a mis hijas”, reconoce sobre la decisión de partir. Madrid es ahora su casa y no piensa en regresar.

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Mariia Tumanova: volver a ser quien era
A Mariia Tumanova la guerra la encontró de viaje en Barcelona. La llamada llegó dos horas después de dormirse tras celebrar su cumpleaños. Durante tres días no salió del hotel. Lloraba y leía noticias. Su historia, sin embargo, ya estaba marcada por otros desplazamientos: nació en Kirguistán, huyó de niña en un tren de carga y creció en el Donbás. En 2014, -“parece que las guerras me persiguen”- se mudó a Kyiv y allí triunfó como maestra de ceremonias, presentando grandes actos públicos de Ucrania, algunos con casi un millón de asistentes.

En España pasó por casas ajenas -Barcelona, Zaragoza, Valencia- con lo puesto: “Un chándal, un vaquero, dos sujetadores y dos bragas”. Su mayor miedo -empezar de cero en otro país, sin idioma ni red de contactos- se hizo realidad. Pero en la casa de acogida de Madrid encontró ayuda para regularizar su situación y decidió quedarse. Trabajó en un centro de refugiados con niños, aprendió español a trompicones y, en paralelo, reconstruyó su vida personal. Conoció a quien hoy es su marido y se casó en 2024. “Siempre decía que nunca estaría con un extranjero, y mírame ahora”, se ríe.
Profesionalmente, volvió poco a poco a lo suyo: bodas pequeñas, eventos, hasta ha presentado el lanzamiento de un nuevo Bentley. “Aquí he vuelto a ser yo”, confiesa a Artículo14. No piensa regresar a Ucrania salvo de visita. Su madre sigue allí. Ayuda como puede, pero ha aprendido a dosificar el dolor. “Lo importante no es dónde vives, sino cómo vives”. En Madrid, concluye Tumanova, es feliz.

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Angelina Vlasiuk: crear comunidad
Angelina Vlasiuk tenía 24 años y una carrera en plena expansión cuando la guerra “partió mi vida en dos”. Vivía en Leópolis con su entonces pareja. El humo del aeropuerto que veía desde su ventana le confirmó que esa guerra impensable era ahora su nueva realidad. Se fueron con una maleta entre los dos, pero al llegar a la frontera, a él no le dejaron abandonar. Días después, una amiga le pidió ayuda para salir con su bebé. Tras un viaje de casi tres días entre trenes saturados y carreteras colapsadas llegó a la Unión Europea. Pensó que estaría de vuelta en un mes.

Pasó por Polonia y Países Bajos. Cerró su agencia, trabajó como freelance y vivió en lo que ella describe como “modo supervivencia”. De repente, decidió venirse a España: había estudiado algo de español en el colegio y buscaba un lugar más cálido. Volvió a hacer la maleta y se vino a la capital española. Madrid le recordó a Kyiv por su energía. Se mudó y decidió integrarse más allá del círculo ucraniano. “Aquí nunca te sentirás solo. Es imposible”, reconoce a Artículo14.
En lo profesional, lanzó su marca de moda sostenible, Say Hey, producida en Ucrania con tejidos naturales. En España tuvo que empezar otra vez, pues el mercado, con la enorme presencia de Inditex, era muy distinto. De ese proceso nació Syntesika, una serie de pop-ups que combinan moda, arte y música y han creado comunidad. No sabe si volverá a Ucrania. Vive “día a día, ni siquiera mes a mes”. Se queda con algo inesperado: haber construido algo propio que nadie puede arrebatarle.

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Anna Lysak: crecer lejos de casa
Anna Lysak tenía 20 años cuando la invasión la despertó en su residencia universitaria. Estudiaba Bellas Artes en el oeste de Ucrania y llevaba una vida tranquila. Pero tras el inicio de la guerra, “todo se redujo a comprobar” si los suyos seguían vivos. Salió con su madre y su hermano a Polonia y, después, a España, donde la familia de su pareja, que llevaba viviendo aquí una década. La ayudaron con los trámites: “Sin esa red no habría sido posible”, reconoce a Artículo14.

Era maquilladora profesional desde hacía siete años. En España aceptó trabajos fuera de su sector para sobrevivir mentalmente y empezó a moverse. Sin hablar español, se presentó en un exclusivo salón del barrio de Salamanca con una tarjeta ensayada: “Quiero trabajar”. Era el de Moncho Moreno, quien le dio una oportunidad en su momento más vulnerable: “Fue un acto de misericordia”, admite Lysak. Trabajó allí dos años, aprendió el idioma, el mercado y los códigos. Hoy trabaja por su cuenta.
La guerra de Putin, al igual que decenas de miles de ucranianos, le robó la veintena. “No solo destruyó nuestras vidas tranquilas, también nos robó nuestra edad de oro”, asevera la joven. Aconseja a cualquiera que se vea en su situación “no tener miedo de pedir ayuda”. Con 24 años, vive en Madrid, el verano pasado se comprometió con su novio. Por primera vez en mucho tiempo palpa la “estabilidad”. Se siente orgullosa de donde ha llegado, pero sobre todo muy agradecida de todos los que la han ayudado.

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Estas cuatro refugiadas ucranianas han logrado sobrevivir, hacerse paso y triunfar en Madrid tras el abrupto inicio de la invasión rusa. Ninguna eligió irse, pero todas eligieron seguir. En la capital española han reconstruido carreras, familias y rutinas. Ucrania aún no ha vencido la guerra, pero los actos cotidianos de valentías de estas ucranianas bien merecen ser destacados. Cuatro años después, su mayor victoria es haber vuelto a tener futuro.
