Anna Lysak tenía 20 años cuando la guerra interrumpió una vida que, contemplada desde hoy, define como “extraordinaria” por lo sencilla que era. Vivía en el oeste de Ucrania, cerca de los Cárpatos, en un entorno familiar estable, con un hermano pequeño y una rutina marcada por la universidad y las escapadas a la montaña. Estudiaba Bellas Artes y estaba en el último tramo de la carrera. Nada hacía presagiar que aquella normalidad estaba a punto de desaparecer.
El 24 de febrero de 2022 la despertaron los ruidos en los pasillos de la residencia universitaria. La invasión rusa de Ucrania había comenzado. Aunque su región no estaba en el frente inicial, la sensación era igual para todos los ucranianos: nadie estaba a salvo. De la rutina universitaria se pasó al instinto animal, a la urgencia de sobrevivir. Como tantos otros jóvenes ucranianos, Lysak dejó de pensar en exámenes, proyectos o futuros a medio plazo. “Ahora vemos que fue una experiencia extraordinaria tener una vida normal, hermosa y tranquila”, recuerda Lysak.

Durante los próximos meses, todo se redujo a seguir las noticias de la invasión de su país y comprobar si familiares y amigos seguían vivos. “Era como si el día se repitiera una y otra vez, asevera la joven ucraniana. “Era como una cadena de FaceTimes inconclusas, porque no sabes qué segundo será el último”.
España, la decisión de Anna Lysak
Anna Lysak salió de Ucrania con su madre y su hermano rumbo a Polonia. Fue una decisión práctica: era el país seguro más cercano, el primero en recibir a quienes cruzaban la frontera. Allí permanecieron alrededor de un mes. Las universidades funcionaban en remoto, pero ella admite que en aquel entonces nadie estaba en condiciones de tomarse en serio los estudios. Además, su carrera exigía algo más que un ordenador: su proyecto final era una obra física, lienzos, materiales y mucha creatividad. Terminó trasladando todo a España, junto a su pareja, también ucraniano, cuya familia llevaba años instalada allí.

La familia de su novio había llegado a España una década antes, por lo que a pesar de su juventud, decidió que era el momento de poner fin a una relación de tres años en la distancia. Primero vivieron en el sur, acogidos por la familia de él. Después pasaron un tiempo en Barcelona y, finalmente, se instalaron en Madrid en el verano de 2022. Todo ocurrió rápido, impulsado por una red de ayuda sin la cual -insiste a lo largo de toda la entrevista con Artículo14- nada habría sido posible. Los padres de su pareja la ayudaron con la documentación, las citas, los trámites en español. Mientras ella intentaba recomponerse mentalmente ellos se encargaron de ayudarla en lo más básico para poder instalarse.
Una vez fue asumiendo el trauma y comprobando que no era una guerra relámpago como Vladimir Putin fantaseaba, tuvo claro a qué quería dedicarse en España. Era maquilladora profesional desde hacía siete años. En Ucrania ya tenía tenía trabajo e iba a inaugurar un salón en marzo de 2022. La guerra lo canceló todo, pero no su vocación. En España aceptó lo que encontró al principio (limpieza, ayuda en restaurantes), más por necesidad mental que económica: “Necesitaba ocupar la cabeza para no quedar atrapada en el bucle de noticias, traumas y miedos”.
Su primer trabajo como maquilladora profesional en España
Al mismo tiempo, empezó a moverse. Dejó mensajes, respondió anuncios, se presentó donde pudo ofreciendo sus servicios como maquilladora. Uno de esos anuncios, publicado apenas media hora antes, cambió el rumbo de su historia. Sin hablar español, con un currículum preparado y una tarjeta donde había ensayado una presentación mínima en castellano: “Soy Anna, soy maquilladora profesional, soy ucraniana, no sé español, quiero trabajar”, se plantó en la puerta de un salón del barrio de Salamanca. No negoció condiciones, solo deseaba una oportunidad.

El lugar era el salón de Moncho Moreno, uno de los más exclusivos de Madrid. Ella no lo sabía entonces. Él sí sabía que estaba asumiendo un riesgo: permitir que una joven desconocida, recién llegada y sin idioma, atendiera a una clientela construida durante años. Apostó por ella. A lo largo de la entrevista, Anna Lysak sólo habla de Moncho Moreno con cariño, con agradecimiento, fue “un gesto de misericordia” en el momento exacto en que más lo necesitaba.
Anna Lysak se establece por su cuenta
Trabajó allí durante dos años. Aprendió español en el trato diario con clientas, afinó su técnica, entendió los códigos de un mercado nuevo y exigente. También aprendió a separar el dolor personal del espacio profesional, a responder con mesura incluso cuando le preguntaban por la guerra. Representaba algo más que a sí misma: a su país (“quiero dejar buena impresión si soy la primera ucraniana a la que conocían”) y al lugar que le había dado trabajo.

Con el tiempo, decidió dar el siguiente paso y ponerse por su cuenta como maquilladora profesional. “Era la evolución natural en mi carrera”. Reconoce que nada de eso habría sido posible sin estabilidad, sin ayuda externa y sin un entorno de calma. Su trabajo, como el de cualquier artista, “exige una cierta paz interior”.
Rusia ha robado a Ucrania “la edad de oro” de toda una generación
La guerra le robó la veintena, esa “edad dorada” en la que se construyen carreras, familias y se comienza el camino a la vida adulta. “A menudo no se tiene en cuenta esto como parte del genocidio ruso, pero a mí, a toda nuestra generación no solo nos han matado en Ucrania, también le han arrebatado el futuro al país, decenas de miles de jóvenes nos desarrollamos y crecemos ahora muy lejos de Ucrania”. En su opinión, “la guerra no solo destruyó nuestras vidas tranquilas, sino que también nos robó nuestra edad de oro“.
Hoy, con 24 años, vive en Madrid con su pareja, con quien se comprometió el pasado verano. Su vida está, por primera vez desde 2022, estabilizada. Volver a Ucrania es una pregunta abierta, sin respuesta clara aún. Sabe que ha echado raíces aquí. Pero sabe también que su historia no es excepcional, sino parte de una diáspora joven, formada y forzada a empezar de cero. “Nadie quiere abandonar su país, su casa, su familia”, asevera.
Anna Lysak, “orgullosa y agradecida”
Cuando mira atrás, insiste en toda la ayuda recibida y en las decisiones tomadas sin margen de error. Aconseja a cualquiera que se vea en su situación que no tenga “miedo de pedir ayuda, que permita que otras personas le ayuden”. Empezar de cero fue su única opción posible. Y aun así, desde ese punto cero, Lysak ha logrado reconstruir una vida profesional en uno de los entornos más competitivos de la ciudad. Con trabajo, apoyo y una determinación que la guerra no consiguió destruir. Cuatro años después, se siente “orgullosa de mí misma, pero también agradecida por toda la ayuda”, concluye.
