El hombre es el único ser vivo consciente de su finitud. Sabemos que el tiempo es un bien escaso, y nos obsesionan su transcurrir y su detenimiento, su aprovechamiento y su pérdida. Como al Conejo Blanco de Alicia en el País de las Maravillas. Como a Dorian Gray. Como a las concursantes recauchutadas de La isla de las tentaciones. Como a Pedro Sánchez. La duda ofende.
La cosa viene de antiguo. Los padres fundadores de Occidente lo divinizaron. En español llamamos de la misma manera, “Cronos”, a un titán y a la personificación del tiempo. En griego, ambos nombres eran diferenciados por una sola letra: Κρόνος, el primero; Χρόνος, el segundo. El autor del Eclesiastés escribió que “todo tiene su tiempo, y todo lo que se quiere debajo del cielo tiene su hora”. Mucho después, un grandioso poeta sevillano, el “hermano de Manuel” (Borges dixit), insistió en que “todo pasa y todo queda”. En Lumen Fidei, la primera encíclica del papa Francisco –que había comenzado Benedicto XVI–, dice el pontífice: “El tiempo es siempre superior al espacio. El espacio cristaliza los procesos; el tiempo, en cambio, proyecta hacia el futuro e impulsa a caminar con esperanza”. “No time, no space”, cantaba san Franco Battiato, ora pro nobis.
Este lunes, el juez Peinado, a quien el presidente del Gobierno considerará un langolier –lean Las dos después de medianoche, de Stephen King–, envió a Begoña Gómez a juicio con jurado por cuatro delitos: tráfico de influencias, corrupción en los negocios, apropiación indebida y malversación. Según el titular del juzgado número 41 de Madrid, la “presidenta” –no me olvido del pelota Patxi– utilizó su “condición de esposa de” para “influir” en sus negocios privados. Dos años después de que arrancara la causa. Y parece que fue ayer.
La publicación del auto les pilló a Sánchez y a Gómez en Cipango, rematando la cuarta visita en apenas tres años del presidente del Reino de España a la potencia comunista. El titular de la cartera de Justicia, el ministril Bolaños, machacó al rato a Peinado, quien “ha avergonzado a muchos ciudadanos, jueces y magistrados”. TVE es una oda al vómito verde de Regan MacNeil. Y este miércoles, el yerno de Sabiniano, aquel hombre enamorado que hizo un retiro laico de pitiminí, contenido, pero firme, declaró desde la China: “Yo lo he dicho siempre: lo que le pido a la Justicia es que haga justicia. Y, como estoy convencido de que el tiempo va a poner a todos en su sitio, pues no tengo nada más que decir”. Cuánta sabiduría antediluviana y castellana encierra tamaño proverbio.
Me pregunto qué pensará el jefe del Ejecutivo a la hora de aplicárselo. Si se le suben los huevecillos a la nuez, si le punza la conciencia, si se lamenta ante el espejo. O si, por el contrario, se considera el bueno de la película, el salvador del mundo, el “puto amo”, que diría el paje Puente. Qué personaje tan extraordinario. El 2 de junio cumplirá ocho años planchando la oreja en Moncloa. A este ritmo, jubila a Trump. Mientras, como cantaba Pablo Milanés, “el tiempo pasa, nos vamos poniendo viejos”.
