Mariia Tumanova no empezó a huir de la guerra en 2022. Su biografía está atravesada por desplazamientos mucho antes de que las bombas rusas cayesen sobre Ucrania. Nació en Kirguistán, en una familia de identidades mezcladas -padre medio ruso, medio ucraniano; madre rusa- y con apenas tres años ya viajaba en un tren de carga, no de pasajeros, escapando de otro conflicto. En aquel vagón iban dos niñas pequeñas, un perro y el ataúd de una abuela recién fallecida. El destino fue el este de Ucrania, a la región de Donetsk, donde la familia buscó refugio junto a parientes.
Creció allí y, con el tiempo, se convirtió en una figura conocida en su ciudad, entonces llamada Krasnohormysk, después rebautizada como Pokrovsk. Presentaba fiestas, actos públicos, celebraciones municipales. Tenía una vida reconocible, un lugar, una voz. Cuando en 2014 la guerra se instaló definitivamente en el Donbás y el frente se detuvo a apenas veinte kilómetros, Tumanova entendió que debía moverse otra vez. “Parece que en mi vida la guerra nunca termina, solo cambia de país”, explica Tumanova a Artículo14. Se trasladó a Kiyv sin contactos ni red, convencida de que tendría que empezar desde cero.
Mariia Tumanova y su salto a la capital ucraniana
No fue así. En poco tiempo estaba en televisión y presentando eventos de primer nivel, incluido el importante Día de la Independencia en la plaza central, ante cientos de miles de personas. La capital ucraniana le ofrecía algo que valoraba profundamente: una ciudad viva, rápida, donde todo era posible a cualquier hora. Se casó, se divorció, siguió trabajando, viajando, disfrutando. “A mí me gustaba vivir en Ucrania. Sobre todo en Kyiv. Mi trabajo era mi pasión”. Su profesión no era solo un empleo: era su identidad. “Vivía muy bien, disfrutaba de la vida”.

El 23 de febrero de 2022, un regalo de cumpleaños la llevó a Barcelona. Llegó de noche, brindó con champán y se durmió tarde. Dos horas después, una llamada telefónica lo rompió todo: la invasión rusa había comenzado. “Pensé, qué broma tan rara”, admite. Luego llamó a sus padres. En los tres días siguientes “no salí del hotel. Sólo lloraba”, recuerda Tumanova. Leía noticias sin parar, intentaba entender qué hacer. El billete de vuelta dejó de servir: el espacio aéreo estaba cerrado.
La odisea de Tumanova por casas españolas ajenas
Empezó entonces una especie de odisea. Pasó por casas ajenas, primero en Barcelona, luego en Zaragoza, después en Valencia. Llegó con lo puesto: “Un chándal, unos vaqueros, dos sujetadores y dos bragas”. Dependió de la generosidad de personas a las que apenas conocía. A lo largo de la entrevista insiste varias veces en que “no quería molestar, no quería ser una carga para nadie”. Tumanova confiesa que su mayor miedo “en la vida siempre fue mudarme a otro país sin idioma, sin nadie y empezar desde cero. Y pasó”.
Cuando tuvo que viajar a Madrid para regularizar su situación, encontró a una mujer española que le ofreció algo más que una cama. Siempre le estará agradecida. La ayudó con el papeleo. Fue entonces cuando Tumanova decidió quedarse. Renunció a la idea de volver a Ucrania y empezó a reconstruirse. Su mayor miedo se había hecho realidad.

Trabajó en un centro de refugiados con niños ucranianos. Tenía dos carreras universitarias, pero no vocación docente. Aguantó menos de un año. Salía del trabajo llorando, convencida de que ni ella ni los niños merecían esa frustración. Al mismo tiempo aprendía español, a base de reuniones que no entendía y caras de todo lo contrario.
La historia de amor a la madrileña de Tumanova
Pero en paralelo se abrió en el plano sentimental y conoció a quien hoy es su marido. Porque en Madrid, contra todo lo que siempre había dicho (“nunca estaría con un extranjero”), conoció a un español. Lo encontró casi por curiosidad, en una aplicación de citas, atraída por la posibilidad de precisamente no hablar en español. Aquel café con alguien con nociones de ruso se convirtió en una relación y, más tarde, en un matrimonio. Se casaron en diciembre de 2024; la fiesta llegó en primavera, cuando su madre y su hermana pudieron viajar a España.

Mientras tanto, Mariia Tumanova volvía poco a poco a lo suyo. Primero bodas pequeñas. Luego ceremonias. Después, eventos corporativos. Presentar un nuevo modelo de Bentley fue, para ella, la confirmación de que había recuperado su lugar. Su trabajo volvió a ser su pasión. “Aquí he vuelto a ser yo”, manifiesta.
Mariia Tumanova: “En Madrid soy feliz. De verdad”
Al preguntarle si volverá, admite que no piensa en regresar a Ucrania, salvo para visitar su país cuando llegue la paz. Su madre sigue allí; el dolor por el país es diario, pero ha aprendido a dosificarlo. Ayuda como puede, envía dinero, participa en actos solidarios, pero ya no se consume leyendo noticias. Sabe que sufrir no detiene una guerra. Además, ella es honesta al ahondar en que no puede “decir que sé lo que es la guerra, porque no la he vivido”.
La invasión lo cambió todo. También, paradójicamente, le dio una vida que no había imaginado: amor, estabilidad, una nueva familia y una carrera reconstruida. No romantiza la guerra, pero constata una verdad incómoda: a veces, incluso en medio de la catástrofe, la vida encuentra la manera de recomponerse. “Lo más importante no es dónde vives, sino cómo vives”, asegura Mariia Tumanova, quien admite que “en Madrid soy feliz. De verdad”.
