Opinión

El sanchismo sentado sobre la pelota

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El sanchismo agoniza, pero no lo hace tumbado, sino más bien como ese Lamine Yamal que la noche del martes se sentó confiado encima del balón en el córner. El sanchismo agoniza, pero a su ritmo, marcando las pautas de la cuenta atrás, administrándose los sedantes. Al igual que el 10 del Barça buscaba escenificar confianza en la remontada y, ya de paso, conseguir una postal de las que quedan para la historia, este Ejecutivo impotente pretende retratarse de la misma manera, dando a entender que están sentados encima del esférico, que se juega cuándo y cómo ellos quieran, que son los que tienen el control por mucho que el marcador diga lo contrario.

Juegan a la ofensiva porque necesitan darle la vuelta a una eliminatoria que entra en su fase terminal, y si bien es cierto que sus rivales tienen carencias de personalidad y hacen menos daño que el puré de verduras, se han metido en un callejón sin salida en el que ya ni trenzan jugadas, solo cuelgan a la desesperada centros a un área cada vez más alejada de la portería tratando que suene la flauta. Ya hasta los ataques suenan a defensa, a una defensa que solo les puede penalizar, pues es tan burda y kafkiana que atenta contra el propio Estado que regentan.

Pedro Sánchez (C) y su esposa Begoña Gómez asisten a un discurso en la Universidad de Tsinghua, en Pekín, China, el 13 de abril de 2026.
EFE/EPA/ANDRES MARTINEZ CASARES

Lo de esta semana ha sido de nota. Ver a todo un ministro de Justicia como Félix Bolaños cargar sin reparos contra la resolución judicial de Juan Carlos Peinado coloca a España en ese precipicio de la anormalidad del que es complicado volver, un precipicio antidemocrático que casi nos homologa con esos países que le gusta visitar a nuestro presidente. El desastroso chiste adquiere más enjundia cuando minutos antes el mismo ministro andaba celebrando el final de la etapa de Viktor Orbán tras el vuelco en Hungría. El mayor mérito del sanchismo es haber conseguido a golpe de reiteración y relato desdibujar las líneas de lo escandaloso, convirtiendo la anormalidad en rutina. En esta legislatura nos hemos acostumbrado, aparte de que Bildu y los herederos de ETA son un partido de Estado y un prófugo de la Justicia un socio totalmente lícito, a que los ministros ataquen sin ningún pudor a los jueces, y que las asociaciones de juristas y fiscales que lo critiquen pasan directamente a formar parte de la fachosfera y, por lo tanto, a poder ser blanco de la ira y el acoso de La Moncloa.

Miren, no creo que encuentren a mucha gente dispuesta a hacer una defensa cerrada de la estrambótica instrucción de Peinado, pero de ahí a intentar echar por tierra desde la institución central de la Justicia en España una investigación que tiene miga y sustancia, hay un trecho. Solo deberían preguntarse Elma Saiz, Óscar Puente y Félix Bolaños cuántas personas en España recibirían una cátedra en la Complutense sin tener titulación oficial, cuántas podrían acceder a la creación de un software sin ser mujer del presidente del Gobierno. Tampoco pueden explicar y, de hecho, no lo han hecho, por qué se reunía con Víctor de Aldama, nexo corruptor de la trama. Por qué entabló una relación con ese tipo que estuvo en Barajas recibiendo a Delcy Rodríguez, por qué le ofrecía hacer negocios. Es sencillo, pero por lo visto es más aún tirarse al trazo grueso como kamikazes, buscando desesperados agitar el árbol de la polarización. Llegados a este punto, podríamos hasta comprar que el partido del Gobierno, el PSOE, criticara las decisiones del Poder Judicial, pero que sean los propios ministros es lo que hace absolutamente asombrosa la manera de obrar de la infantería de Sánchez.

Ahora que esto ya está fuera de las manos de Peinado, cabe la siguiente pregunta; ¿cuándo esto se juzgue van a perseguir también a las personas que condenen o absuelvan a Begoña? ¿Harán lo propio con la causa de David Sánchez? Esta forma de dirigirse por el poder no es propia de una democracia, pero como ya hemos dicho se ha convertido en regla y en rutina, casi en el manual del desgobierno. Todas las instituciones que osen llevar la contraria con hechos y pruebas serán reprobadas desde la atalaya de la soberbia con descalificaciones y populismos.

Begoña Gómez.
EFE/ Rodrigo Jiménez

No hay que irse muy lejos para ver como esta misma semana se ha vivido un episodio igual con la investigación de la catástrofe de Adamuz, en la que conviene no olvidar que fallecieron 46 personas. Ha sido totalmente alucinante comprobar como Adif, cuyos anteriores responsables están ahora desfilando por el banquillo del Supremos, ha tenido el arrojo de atacar a la Guardia Civil después de que en su informe reflejase que la propia compañía se había llevado trozos de la vía sin permiso ni orden de la jueza. Es todo tan escandaloso que da hasta cosa ver como sacan pecho con la que tienen encima. Ayer a las puertas del Congreso, los familiares de las víctimas del accidente ferroviario pedían con el dolor en la garganta la dimisión de Óscar Puente.

Después de ver como un ministro de Justicia ataca a la Justicia y como ADIF va a por la Guardia Civil, no es para nada descartable que todos esos que repetían en Valencia con la DANA que el dolor de las víctimas es sagrado y que la incompetencia se paga, empiecen a atacar a los afectados por la maldita vía rota y a relacionarnos con PP y Vox. Suena a imposible, suena a anormalidad, pero es donde estamos instalados ahora mismo. La lenta agonía del sanchismo trae consigo estos peligrosos zarpazos de desesperación que dañan la imagen de una nación seria.

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