Testimonio

Marina Borshchenko, fotógrafa ucraniana en Madrid: “No tuve elección. Tenía que proteger a mis hijas de la guerra”

A la fotógrafa Marina Borshchenko, la invasión rusa de Ucrania le sorprendió en la "casa de sus sueños", recién construida en Sumy. Cuatro años después, ha decidido quedarse en España

Marina Borshchenko, fotógrafa, refugiada ucraniana
Javier Cuadrado

Cuando la invasión rusa comenzó el 24-F, Marina Borshchenko estaba en su casa de Sumy, una ciudad del norte de Ucrania situada a apenas veinte kilómetros de la frontera. Se despertaron “a las cinco de madrugada con explosiones”. Sus amigos les llamaron para avisar de que los carros de combate rusos estaban ya en las calles de Sumy. Intentaron salir, pero las carreteras estaban bloqueadas y quienes lo intentaban eran atacados. No había gasolina. No había salida.

Durante casi dos semanas, Borshchenko, su marido, sus hijas y varios familiares se refugiaron juntos en su hogar, una casa que habían construido desde cero apenas un año antes. Era la vivienda que habían soñado, diseñada a su medida, el símbolo de una vida estable que incluía trabajo, viajes, amigos y una rutina reconocible. Ella era fotógrafa; él dirigía una empresa de construcción. “Era la vida que siempre habíamos querido”. Nada les había preparado para la guerra a gran escala de Rusia. “Me sentía culpable. Como si fuera mi culpa que mis hijas estuvieran sufriendo. Pero de verdad que no me lo esperaba”, reconoce Borschenko a Artículo14.

Marina Borshchenko, fotógrafa, refugiada ucraniana
Javier Cuadrado

Las noches se organizaron por turnos: siempre había un adulto despierto por si sonaban las alarmas. Bajaban a un trastero que no era un búnker, pero ofrecía algo de protección. Leían noticias sin descanso: Kyiv, Járkiv, los combates en torno a Chernóbil, “era una pesadilla”. “Cuando leí lo de Bucha sentí como una explosión por dentro, pensaba: ¿y si eso nos hubiera pasado a nosotros?”. Marina Borshchenko recuerda ese momento como una ruptura definitiva: “Entendí que ahora había una vida antes de la guerra y otra después. Todo lo feliz ya se había quedado en el pasado”.

Cuando se abrió un corredor humanitario con apoyo internacional, aprovecharon la oportunidad. Recorrieron el país durante tres días entre carreteras saturadas y refugios improvisados por desconocidos. “Fue un apoyo increíble entre ucranianos”, recuerda. En la frontera, llegó la escena más difícil: su marido no podía salir del país por su edad y su situación administrativa. No había justificado su problema médico y debía quedarse en el país por si era llamado a filas. Se despidieron sin saber cuándo volverían a verse. Marina Borshchenko cruzó a pie con su madre y sus hijas hacia Rumanía.

Marina Borshchenko, fotógrafa, refugiada ucraniana
Javier Cuadrado

Desde allí, un autobús las llevó a Milán, donde una amiga les ofreció unos días para “respirar y entender qué hacer. Éramos como fantasmas”, describe, “estábamos como vacíos por dentro”. Como muchos entonces, “pensaba que sería algo breve”. No lo fue. Una amiga cercana vivía en Madrid y les ayudó a encontrar una familia dispuesta a acogerlas. Así conocieron a Salomé y Antonio, que se convertirían en su segunda familia.

Vivieron seis meses en su casa, en la zona norte de la ciudad. Borshchenko recuerda ese tiempo como una mezcla de miedo, vacío y parálisis: la sensación de no tener futuro. Salomé y Antonio les acompañaron en todo -documentación, colegio, padrón, centro de salud- cuando ellas apenas podían reaccionar. Con el tiempo, ese apoyo se transformó en un vínculo duradero.

Marina Borshchenko, fotógrafa, refugiada ucraniana
Javier Cuadrado

En cuanto entendió que la guerra no iba a terminar pronto, Marina Borshchenko decidió moverse. “Empecé a trabajar casi de inmediato. Paso a paso comencé a tener clientes”. En abril ya tuvo sus primeros proyectos. Reactivó su trabajo como fotógrafa desde cero: rehízo su perfil en redes, se presentó en grupos de ucranianos y expatriados, apostó por el turismo y por trabajar en inglés. A medida que aumentaban los encargos, ajustó precios y horarios. Por primera vez desde la huida, el futuro empezaba a tomar forma.

Con el aval de su familia española, alquilaron un piso en el mismo barrio para no cambiar a las niñas de colegio. Su marido pudo reunirse con ellas siete meses después gracias a un permiso médico. A partir de ahí, la reconstrucción fue también profesional para él: tras un periodo difícil en Madrid, decidieron abrir un estudio fotográfico en alquiler. Él se encargó de la reforma, la financiación y la gestión. No fue sencillo conseguir un crédito siendo refugiados, pero lo lograron.

Hoy el estudio funciona, cubre gastos y ya planean ampliarlo. Marina Borshchenko trabaja con normalidad, sus hijas están integradas y la menor habla español como una nativa. La mayor estudia en Polonia. Su madre regresó a Sumy, donde sigue viviendo entre alarmas y bombardeos, en una casa ahora preparada para resistir cortes de luz y calefacción. Pero ella no ha vuelto a Ucrania en cuatro años, pues el miedo y la inseguridad siguen allí.

Cuando piensa en regresar, lo hace en términos de visita puntual, no de un retorno. La distancia emocional es tan real como la geográfica. “Las personas que se fueron ya no estamos en la misma ola que las que se quedaron, y tampoco es un entorno fácil para quien se fue”. Cuatro años después, España es ahora su casa y Madrid, su ciudad: “Hemos decidido quedarnos aquí”, admite.

Lo peor de la invasión rusa, confiesa que fue la despedida en la frontera de su marido y “la última mirada a su casa, y pensar si volvería a verla”. También el impacto de las noticias sobre Bucha o la amenaza nuclear en Zaporiyia. Lo mejor, en cambio, ha sido la gente que se ha cruzado en esta etapa: no haber encontrado rechazo, solo ayuda. Familias, escuelas, asociaciones y muchos desconocidos. A lo largo de la entrevista, sólo tiene palabras de agradecimiento para Salomé y Antonio: “Lo mejor ha sido encontrar personas que nos sostuvieron cuando más lo necesitábamos”.

Sabe que empezó de cero porque no había alternativa. “No tuve elección. Tenía que proteger a mis hijas de la guerra”, reconoce. Cuatro años después, esa decisión sostiene todo lo demás.