A los 28 años, Angelina Vlasiuk habla de su vida como si estuviera partida en dos mitades irreconciliables. Antes y después del 24 de febrero de 2022. “Mi vida ahora está dividida: la vida antes de la guerra y después“. Antes de la invasión rusa de Ucrania, su trayectoria en Ucrania era la de una joven profesional en plena aceleración: había estudiado marketing, dirigía su propia agencia, daba clases y mantenía una vida social y laboral intensa. Tenía 24 años y una sensación poco frecuente a esa edad: “Tenía todo lo que quería. Todo empezaba a encajar”. Carrera, relaciones, proyectos, dirección… Ya le había tomado las riendas a su futuro.
Sin embargo, la guerra interrumpió ese recorrido de forma abrupta. “Todo cambió por completo. Un giro real de 180 grados”. Aquella mañana, en Leópolis, la despertó una llamada inesperada. Era su hermano. Le dijo que no entrara en pánico, pero que la guerra había empezado. Minutos después, “abrí la ventana y vi humo saliendo del aeropuerto. Todos los aeropuertos fueron bombardeados”. Hasta entonces, la posibilidad de una invasión había sido una conversación lejana, casi teórica, propia de un país que se percibía a sí mismo como moderno y europeo. “La idea de una guerra total en pleno siglo XXI parecía sencillamente imposible”, explica a Artículo14. “Y entonces sucedió”.
La salida de Angelina Vlasiuk de Ucrania
La decisión de salir de Ucrania la tomó ese mismo día. Su madre fue directa le dijo que debía irse cuanto antes. Angelina Vlasiuk vivía entonces con su pareja y ambos intentaron cruzar la frontera en coche rumbo a Polonia. “Hicimos solo una sola maleta entre los dos y dejaron la casa preparada para que otros pudieran refugiarse allí si era necesario“, recuerda la joven. “Pensábamos que volveríamos en un mes”. La espera en la frontera se prolongó durante horas, hasta que pasada la medianoche les informaron de que los hombres ya no podían abandonar el país. Regresaron frustrados, sin saber muy bien qué hacer.

Poco después, “una amiga me pidió ayuda para salir con su hija de tan sólo un año y acepté”. Lo que siguió fue un trayecto de casi tres días marcado por el frío, el agotamiento y el caos. “Carreteras colapsadas, mujeres caminando decenas de kilómetros con niños y carritos, maletas abandonadas en el arcén”. Finalmente, “logramos subir a uno de los primeros trenes habilitados para evacuar civiles: vagones diseñados para cuarenta personas que transportaban a ochenta, sin agua ni baños, detenidos constantemente por motivos de seguridad. Dieciocho horas de trayecto que normalmente se cubrían en dos”. Tres días y medio después del inicio de la guerra, Angelina Vlasiuk logró salir de Ucrania.
La decisión de mudarse a España
Su primer destino fue Polonia, después Países Bajos. Allí pasó casi dos años intentando reconstruir una vida desde cero. Cerró su agencia ucraniana -la mayoría de sus clientes eran empresas físicas en el oeste del país- y empezó a trabajar como freelance. “Intenté integrarme, buscar empleo local, adaptarme. Pero el idioma, el clima y una sensación persistente de supervivencia permanente hicieron que mis esfuerzos no terminaran de cuajar”. Llegó un punto en el que entendió que seguir insistiendo no la llevaría a ningún sitio. “Estaba en modo supervivencia”, reconoce. “Comprendí que ya no podía luchar contra molinos de viento”.

Sobre su decisión de moverse a España, admite que fue casi una intuición. “No elegí España por lógica. Simplemente apareció en mi cabeza”. Angelina Vlasiuk “había estudiado español durante años en el colegio, aunque apenas lo recordaba, y necesitaba un lugar más cálido”. Visitó Barcelona y Madrid durante un mes para decidir. En la capital encontró algo que reconoció de inmediato: “una energía similar a la de Kyiv, una ciudad grande, abierta, con margen para construir a largo plazo”. Volvió a Países Bajos, empaquetó sus cosas y se mudó a Madrid. “Siempre había querido vivir en la capital de Ucrania, y ahora iba a hacerlo al menos en una capital europea”, reconoce.
Angelina Vlasiuk: “En Madrid nunca estarás solo, es imposible”
Desde el primer momento, se propuso integrarse. Evitó limitarse al círculo ucraniano y buscó contacto con locales y otros expatriados. El segundo día en la ciudad asistió a un intercambio de idiomas sin poder mantener una conversación fluida. Allí conoció a hoy una de sus amigas más cercanas. Para ella, fue una señal de bienvenida. “Madrid me ofreció espacio -mental y físico-“, una sensación de movimiento constante y la certeza de que la soledad era casi imposible en una ciudad así. En su opinión, en Madrid “nunca estarás solo, es imposible”.

En lo profesional, su trayectoria dio un giro inesperado. Tres meses después del inicio de la guerra, mientras aún vivía en Países Bajos, decidió lanzar una marca de moda sostenible: Say Hey. La idea existía antes, pero nunca había tenido tiempo de desarrollarla. La guerra y el desplazamiento forzoso alteraron sus prioridades. La primera colección, Symbols of Ukraine, estaba inspirada en flores y plantas de la cultura ucraniana. “Todas las prendas se producen en Ucrania, en mi ciudad natal, Novovolynsk, cerca de la frontera polaca, con tejidos naturales y condiciones laborales justas. Son piezas funcionales, reversibles o transformables, pensadas para durar y combinarse entre sí”, describe Vlasiuk.
El mercado de la moda en España
El proyecto funcionó bien en el mercado neerlandés, pero en España tuvo que empezar otra vez desde cero. “El idioma, los hábitos de consumo y un sector dominado por grandes grupos como Inditex me obligaron a replantear la estrategia”. Participó en mercados, organizó eventos en colaboración con otros expatriados y fue entendiendo el ecosistema local. “De ese proceso nació Syntesika, una serie de pop-ups dedicados a marcas emergentes, éticas y sostenibles, que combinan moda, arte y música”. El proyecto creció rápido y atrajo incluso a marcas con tiendas propias, interesadas en el público y el concepto.
Para Angelina Vlasiuk, ese trabajo le ha dado algo más que estabilidad profesional: “Me ha permitido construir una comunidad y una sensación de pertenencia. También una forma distinta de hablar de Ucrania. No solo desde el dolor y la necesidad de ayuda, sino desde la creación, la calidad y la aportación cultural”.
“Vivo día a día, ni siquiera mes a mes”
El coste personal, sin embargo, sigue ahí. Amigos muertos en el frente, familiares en riesgo constante, una relación rota por la distancia y la incertidumbre. Durante “un año entero acumulé todo dentro, despertarse significaba comprobar si todos seguían vivos”. El duelo llegó tarde, acumulado, especialmente en los aniversarios de la invasión. La rabia y el cansancio emocional siguen presentes.
No sabe si volverá a Ucrania. Su vida está ahora en España, aunque su producción, su familia y parte de su identidad siguen allí. Reconoce que vive “día a día, ni siquiera mes a mes, sin planes a largo plazo”. Para ella lo peor de la guerra ha sido la pérdida, el miedo, la violencia, pero se queda con algo inesperado: “La capacidad de haber construido algo propio en otro país”. Algo que, esta vez, nadie puede arrebatarle.
