Opinión

75 días después, lo entendí

Running - Salud
Actualizado: h
FacebookXLinkedInWhatsApp

En enero, el loco de mi novio me propuso hacer el 75 Hard. Así, sin anestesia. Me explicó en qué consistía: dos entrenamientos al día (uno al aire libre, sí o sí), seguir una dieta estricta, cero alcohol, cero azúcar, leer cada día… durante 75 días seguidos. Sin fallos. Si fallas, empiezas desde cero.

Mi primera reacción fue bastante clara: esto es hiper radical. Y también: esto no es vida. Porque, seamos sinceros, sobre el papel suena a castigo autoimpuesto. A rutina militar. A algo incompatible con tener vida social, planes espontáneos o, simplemente, ganas de relajarte un poco. Pero aún así dije que sí. Porque un reto juntos sonaba divertido

Y menos mal. Porque lo que parecía un reto físico acabó siendo otra cosa completamente distinta. Por un lado, empiezas a hacer cosas que, si te las llegan a contar en diciembre, te habrías reído. Como estar haciendo deporte a horas absurdas de la madrugada porque no te queda otra, mientras el resto del mundo duerme. O pasear por el Retiro a primera hora, con el café todavía sin hacer efecto, cumpliendo tus 10.000 pasos del día mientras Madrid arranca despacio. O convertir tu Stanley en una extensión de tu brazo y llevártelo a todas partes como si tu vida dependiera de esos litros de agua (porque, en cierto modo, depende).

De repente, tu día gira alrededor de cumplir. Y lo que antes era opcional, pasa a ser innegociable. Ahí es donde cambia todo. Porque no va de entrenar dos veces al día. Ni del agua. Ni siquiera de la dieta. Va de disciplina. No de la que suena bien en frases motivacionales, sino de la disciplina incómoda. De decir que no. Constantemente.

No a una copa de vino un viernes. No a pedir postre cuando todos lo piden. No a saltarte el entrenamiento porque hace frío, llueve o estás cansada. No a improvisar.

Y ahí es donde entendí algo que no había entendido del todo hasta ahora. Que cuando quieres algo, inevitablemente estás renunciando a otra cosa. Siempre.

Lo que pasa es que nos encanta hablar de objetivos, pero no tanto de lo que implican.

Queremos estar en forma, pero no queremos vivir como alguien que está en forma. Queremos vernos bien, pero sin renunciar a nada. Queremos resultados… pero sin cambiar hábitos. Y claro, así es complicado.

Hace poco vi a una influencer decir algo que me pareció brutalmente honesto: que muchas mujeres le escribían a diario diciendo que querían estar tan lean (en forma) como ella, pero cuando ella les contaba su rutina —no alcohol, no azúcar, dormir bien, entrenar, ayuno…— la mayoría decían que no iban a hacer todo eso. Y su conclusión era sencilla: “Entonces, no vais a tener un cuerpo como el mío” No porque no puedan, sino porque no quieren vivir así.

Y después de hacer 75 Hard, es difícil no estar de acuerdo. Porque lo curioso es que, aunque al principio todo te parece restrictivo… luego pasa algo. Empiezas a encontrarte mejor. A tener más energía, a dormir mejor, a sentirte más en control, a cumplir contigo. Y eso engancha. Mucho más que el placer inmediato al que estamos tan acostumbrados.

El problema es que queremos el resultado sin el estilo de vida que lo sostiene. No es raro que cada vez haya más interés en soluciones rápidas. En atajos. En fórmulas que prometen el resultado sin el proceso. Ahí es donde entran cosas como los GLP-1.

Y no, esto no va de demonizarlos. Va de lo que representan. De una sociedad que cada vez tolera menos la incomodidad. Que quiere optimizar el resultado… eliminando todo lo que cuesta. El problema es que, al hacer eso, también te pierdes otra parte: la parte que de verdad transforma.

Porque el cambio no está solo en el resultado. Está en convertirte en alguien capaz de sostenerlo. Y eso requiere algo bastante simple, aunque bastante incomodo: hacer cosas que no siempre te apetece hacer.

TAGS DE ESTA NOTICIA