La historia de los Oscar siempre ha sido, en el fondo, una historia sobre el lugar. Importa quién gana, pero también, y mucho, dónde se celebra ese triunfo. Hoy la Academia de las Artes Estadounidense anunció que la ceremonia dejará el Dolby Theatre en Hollywood Boulevard para trasladarse en 2029 al complejo L.A. Live, en el centro de Los Ángeles. Un gesto que dice mucho sobre el presente, y el futuro, de la industria cinematográfica.
Las primeras ceremonias de los premios Oscar se celebraron en el Hollywood Roosevelt Hotel, en Los Ángeles.
La gala inaugural de los Oscars tuvo lugar el 16 de mayo de 1929, en un formato muy distinto al actual. Fue una cena privada con unos 270 invitados, sin transmisión en directo y con los ganadores ya anunciados de antemano. No había alfombra roja, ni discursos largos, ni el espectáculo mediático que hoy define a la ceremonia.
El hotel, situado en Hollywood Boulevard, era en ese momento uno de los centros sociales más importantes de la industria cinematográfica. Estaba en el corazón del naciente Hollywood y simbolizaba el vínculo entre el cine y la vida pública de las estrellas.

En los años siguientes, los Oscar continuaron celebrándose en distintos hoteles y salas de Los Ángeles, como el Ambassador Hotel o el Biltmore, antes de convertirse en un evento itinerante por grandes teatros. Ese carácter móvil forma parte de su historia y explica por qué el traslado actual al centro de la ciudad no es tan inédito como podría parecer.
Durante casi un cuarto de siglo, el Dolby Theatre ha sido el hogar casi permanente de los premios de la Academia de Hollywood. Ubicado en el corazón del paseo de la fama, dentro de un centro comercial rodeado de tiendas, restaurantes y multitudes de turistas. El teatro representa una versión muy concreta del Hollywood accesible, fotografiable, ubicado en el centro del paseo de la fama, pero también profundamente comercial. Cada año, la alfombra roja se despliega entre souvenirs, conductores de autobuses, imitadores de celebridades y turistas. El espectáculo convive con el ruido cotidiano de la ciudad.
El traslado a L.A. Live, y en concreto al teatro actualmente conocido como Peacock Theater, marca una ruptura con ese paisaje. A partir de la edición número 101, la gala se instalará en un complejo diseñado como un campus, donde todo: alfombra roja, ceremonia, prensa y celebraciones posteriores podrá organizarse en un perímetro controlado. El acuerdo con AEG se extiende hasta 2039 y prevé importantes mejoras técnicas y espaciales. Más capacidad, mejor infraestructura, mayor control. Todo más razonable, aunque también, menos romántico.
Porque si Hollywood Boulevard ha terminado por parecer un parque temático turístico, la zona de L.A. Live no deja de ser, en esencia, un distrito de entretenimiento corporativo. Rodeado por el Crupto.com Arena, hoteles de cadena y espacios para eventos masivos, en este entorno ya se han celebrado Grammys y Emmys, lo que está claro es que no responde a la idea clásica de prestigio cultural. Cambiar un centro comercial por un complejo de conciertos no es necesariamente un ascenso glamoroso.

En este sentido, el movimiento puede leerse menos como una huida de Hollywood que como un regreso parcial a los orígenes. Antes de establecerse en el Dolby Theatre en 2002, los Oscar fueron itinerantes durante décadas. En varias ocasiones se celebraron en el centro de la ciudad, especialmente en el Dorothy Chandler Pavilion, una sede que todavía conserva una cierta dignidad institucional asociada a la cultura pública porque aquí siguen celebrándose conciertos de Ópera. También pasaron por el Shrine Auditorium y otros espacios alejados del bullicio de Hollywood Boulevard.
Ese pasado recuerda que la asociación entre los Oscar y Hollywood, entendido como lugar físico, no siempre fue rígida. La idea de Hollywood como epicentro único del cine es, en parte, una construcción posterior, reforzada por la mitología mediática.
El cambio de sede coincide, además, con el abandono de la televisión tradicional. A partir de 2029, la ceremonia dejará de emitirse en la cadena ABC, que la ha transmitido durante décadas, para pasar a un formato de streaming global en YouTube. Esta transición responde a una realidad potenciada por la falta de público de las cadenas tradicionales que han visto disminuida la audiencia de forma sostenida en paralelo al declive de la televisión lineal.
El doble movimiento, cambio de lugar y cambio de plataforma, sugiere un intento de reinvención. La Academia busca recuperar relevancia cultural en un ecosistema mediático fragmentado, donde el cine compite con series, videojuegos y redes sociales. Un recinto más amplio y flexible permite rediseñar la experiencia tanto para los asistentes como para la audiencia digital.

Desde un punto de vista práctico, las ventajas son evidentes. El Dolby Theatre llevaba años mostrando limitaciones de espacio, obligando a cerrar varias manzanas de Hollywood Boulevard y a desplegar complejos dispositivos de seguridad. La nueva ubicación promete menos interrupciones urbanas y mejores condiciones para la producción.
Pero el cine, y especialmente los Oscar, se sostienen en la construcción de un imaginario. Durante décadas, la imagen de las estrellas actuales caminando por Hollywood Boulevard, junto a las huellas de sus predecesores en el Chinese Theatre, contribuía a una narrativa de continuidad histórica. Era, en cierto modo, una puesta en escena del propio mito de Hollywood.
Al abandonar ese entorno, la ceremonia se libera de su dimensión turística, pero también se distancia de una iconografía reconocible. L.A. Live ofrece modernidad sin la carga simbólica de Hollywood Boulevard. Es un espacio pensado para eventos, no para leyendas.
En última instancia, Los Oscar se mudan. Reflejo de una industria en transición, que intenta redefinir su identidad en un momento de incertidumbre. Al alejarse de Hollywood, la ceremonia reconoce que el cine pierde su sala y se rinde a la hegemonía digital. Al instalarse en un complejo multifuncional, acepta que su futuro dependerá más de la logística y la tecnología que del glamour. Que nadie olvide que en Hollywood, el escenario es parte esencial de su historia
