Sirat, la película de Óliver Laxe, llegó a los Oscar 2026 con dos nominaciones de enorme peso: mejor película internacional y mejor sonido. Una de ellas, además, con un equipo femenino que ya había hecho historia por su mera presencia en la categoría. Pero Hollywood no premia solo el prestigio. Ni siquiera la admiración crítica. Premia también la visibilidad, la capacidad de arrastrar consensos y el momento exacto en que una película logra convertirse en el relato dominante de la temporada. Y ahí, sencillamente, la cinta española no fue la favorita.
El filme de Laxe se fue de vacío en la 98ª edición de los premios de la Academia. Perdió el Oscar 2026 a mejor película internacional frente a la noruega Sentimental Value (Valor sentimental), de Joachim Trier, y también cayó en sonido ante F1: La película. El dato es frío, pero ayuda a entender la dimensión exacta de lo sucedido: no hubo una derrota aislada en una sola categoría, sino una confirmación de que el apoyo a Sirat existía, aunque no era lo bastante amplio como para imponerse en el último tramo de la carrera.
Una película respetada, pero no la más fuerte de la carrera
Uno de los errores más comunes al leer los Oscar consiste en interpretar que una película que no gana ha sido ignorada o despreciada. En el caso de Sirat, eso no encaja con los hechos. La obra venía de ganar el Premio del Jurado en Cannes, había construido una sólida trayectoria internacional y contaba en Estados Unidos con el respaldo de Neon, una distribuidora con experiencia en mover cine de autor dentro de la temporada de premios. Es decir, Laxe no llegó a Los Ángeles como un invitado accidental, sino con una película con prestigio real y recorrido internacional.
El problema fue otro: enfrente tenía a una rival con mucha más presencia en el corazón de la temporada. Sentimental Value no competía únicamente como “la candidata internacional”; compitió como una de las grandes películas del año. La cinta de Trier acumuló nueve nominaciones, incluidas mejor película y mejor dirección, además de presencia en categorías interpretativas. Ese detalle cambia por completo el tablero, porque una película así deja de depender solo del voto especializado y se convierte en una opción visible para una Academia mucho más amplia.
En otras palabras, Sirat fue una película respetada; Sentimental Value, una película ganadora. Puede parecer un matiz menor, pero en los Oscar suele ser decisivo. La primera despertaba admiración y singularidad; la segunda reunía prestigio, emoción accesible y una narrativa de premio mucho más clara para miles de votantes. El cine de Laxe, más áspero, sensorial y radical en su propuesta, podía fascinar, pero también resultaba menos fácil de convertir en consenso masivo. Esa es muchas veces la diferencia entre entrar en la conversación y dominarla.
El límite del cine de autor en los Oscar 2026
También hay una cuestión de naturaleza cinematográfica. Sirat no era una película diseñada para agradar a todo el mundo. Su fuerza está precisamente en esa condición fronteriza, en esa manera de tensar la experiencia del espectador y empujarlo hacia una propuesta más física, incómoda y profundamente autoral. Eso le dio personalidad, prestigio y una identidad muy marcada en la temporada. Pero los Oscar, incluso cuando celebran el riesgo, suelen inclinarse por obras que además ofrezcan una entrada emocional más universal o más fácilmente reconocible para el gran cuerpo de votantes.

A eso se sumó un factor puramente industrial: el cansancio de la campaña. En los días previos a la ceremonia, el propio Óliver Laxe reconocía que llegaba exhausto al final del recorrido promocional y que no esperaba realmente subir a recoger el premio. No era una pose derrotista, sino la constatación de que la película había llegado viva hasta el final, sí, pero no encabezando las apuestas emocionales ni industriales del último tramo. En los Oscar, esa percepción previa importa mucho más de lo que a veces se admite.
Sirat no ha fracasado en los Oscar 2026 porque no gustara en la Academia. Gustó, y bastante, hasta el punto de lograr dos nominaciones muy valiosas y de colocar el cine de Laxe en una visibilidad internacional poco habitual para una propuesta de este tipo. Lo que ocurrió es que en la última curva se encontró con una película mejor posicionada, más transversal y más integrada en el gran relato de la temporada. En el lenguaje despiadado de los premios, eso suele bastar para quedarse sin estatuilla.
