Cuando el bullyng no termina al salir de clase: casi el 65% de los menores entre 11 y 12 años sufre ciberacoso

En España, uno de cada siete menores sufre acoso escolar, un fenómeno que se ve amplificado por las redes sociales. El 15,8% del alumnado asegura que los episodios de ciberacoso de los que tiene conocimiento duran más de un año

El acoso escolar crece y toma nuevas formas con el uso de las redes sociales

El acoso escolar ya no se queda en el patio ni termina cuando suena el timbre.

Hoy atraviesa pantallas, entra en casa y se instala en la intimidad del menor, un espacio que antes funcionaba como refugio.

En España, uno de cada siete menores sufre acoso escolar. La cifra está lejos de ser anecdótica. Ansiedad, depresión, malestar psicológico y dificultades de adaptación social y académica figuran entre sus consecuencias más frecuentes.

Los expertos advierten de un cambio especialmente preocupante: el bullying ha dejado de ser un fenómeno limitado al entorno educativo para convertirse en una experiencia continua, amplificada por el entorno digital. Según datos de la Fundación ANAR, el uso de inteligencia artificial ya está presente en el 14,2% de los casos de ciberacoso.

Alumnos en un colegio de secundaria. Imagen de archivo

El cyberbullying afecta especialmente a los menores de entre 11 y 12 años (64,7%) y es más frecuente en Secundaria que en Primaria. Además, muchas de estas situaciones se prolongan durante meses: el 15,8% del alumnado asegura que los episodios de ciberacoso de los que tiene conocimiento duran más de un año.

“El acoso deja de ser solo escolar cuando invade todos los los espacios del menor. Cuando sale de las paredes del centro educativo y se extiende al entorno digital y a las redes sociales, el impacto se multiplica”, explica Javier Quintero, director y psiquiatra de Psikids.
Las plataformas también cambian según la edad. En Primaria, el acoso se produce sobre todo a través de videojuegos y juegos online (56,6%) y mediante TikTok (50,9%). En Secundaria predominan WhatsApp (66,7%), Instagram (61,1%) y Facebook (24,1%).

La pérdida del refugio

La principal diferencia del acoso digital es que elimina los espacios seguros. “El niño o adolescente deja de sentirse protegido; incluso su habitación deja de ser un refugio. Esto genera una vivencia de amenaza constante, estrés sostenido e indefensión aprendida, y puede afectar a su desarrollo emocional, a su autoestima y, lo que es más complejo, a la construcción de su identidad”, señala Quintero.

Ese estrés no es únicamente una sensación subjetiva: también tiene una base biológica. “La exposición prolongada al estrés provoca una hiperactivación del eje hipotálamo-hipófiso-adrenal, aumentando los niveles de cortisol y alterando los circuitos de regulación emocional”, añade.

Ciberacoso. Imagen de archivo

En otras palabras, el organismo entra en un estado de alerta permanente que dificulta la gestión emocional y puede dejar secuelas a largo plazo.

Ansiedad, depresión y una huella más profunda

Las consecuencias del acoso no son iguales en todos los casos, pero existen patrones claros. “La ansiedad es probablemente el trastorno más frecuente, ya sea en forma de ansiedad generalizada, fobia social o ataques de pánico”, explica Quintero.

A ello se suma la depresión, especialmente en situaciones prolongadas, “con síntomas de desesperanza, anhedonia y baja autoestima”.
En los casos más graves puede aparecer trastorno por estrés postraumático, especialmente tras episodios de humillación pública o acoso intenso. Tampoco son infrecuentes las somatizaciones, los trastornos del sueño, las alteraciones alimentarias o las conductas autolesivas en adolescentes.
Pero existe un impacto menos visible y más profundo: el deterioro de la identidad. El menor no solo sufre, sino que puede llegar a definirse a sí mismo desde ese sufrimiento.

Además, no todos los niños parten del mismo punto. Los menores con TDAH o autismo presentan una mayor vulnerabilidad y, cuando sufren acoso, el impacto emocional suele ser más intenso. Esto obliga a extremar la vigilancia y desarrollar estrategias específicas de protección.

Acoso escolar. Imagen de archivo

Detectar antes para intervenir mejor

Uno de los grandes problemas del acoso escolar es que sigue detectándose tarde. “Muchas situaciones pasan desapercibidas porque el menor no las cuenta, las minimiza o las expresa a través de síntomas indirectos”, señalan desde Psikids.

Tristeza, irritabilidad, rechazo escolar, descenso del rendimiento académico o cambios bruscos en el uso del móvil pueden ser señales de alerta.
Por eso, el abordaje debe ser precoz e integral. “Lo primero es cortar la exposición y detener el acoso en todos los entornos, incluido el digital”, explica Quintero. A partir de ahí, el trabajo terapéutico se centra en reconstruir la sensación de seguridad: “el menor tiene que volver a sentirse seguro tanto en el colegio como en casa”.

La intervención psicológica suele apoyarse en varios ejes: validación emocional, reestructuración cognitiva —para desmontar creencias como “soy débil” o “merezco esto”— y fortalecimiento de habilidades sociales y estrategias de afrontamiento. La implicación de la familia es fundamental, así como la coordinación con el centro educativo.

La respuesta también depende de la gravedad del caso. En situaciones leves puede bastar con intervención psicoeducativa y trabajo grupal. En los casos moderados se requiere una intervención psicológica estructurada y medidas claras dentro del entorno escolar. Y en los casos graves, especialmente cuando existe aislamiento social o ideación suicida, son necesarias intervenciones intensivas y multidisciplinares, e incluso tratamiento farmacológico.

La prevención empieza mucho antes

Más allá de la intervención, la prevención sigue siendo el gran desafío. Y no pasa únicamente por sancionar conductas. La evidencia señala la importancia de construir entornos protectores: la calidez emocional de los padres, el apoyo social y la capacidad de regulación emocional del menor se asocian con una menor incidencia de bullying.

Sentirse parte de un entorno seguro y percibir apoyo actúa como un amortiguador frente al impacto emocional.

“El acoso escolar no puede tratarse como un conflicto menor”, insisten desde Psikids. Es una señal de riesgo psicosocial que exige protocolos ágiles, coordinados y centrados en la protección de la víctima.

Porque el problema no desaparece al minimizarlo. Y porque ningún niño debería sentir que tampoco está a salvo en casa.

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