1 de mayo

Esther Chaves: “La cuota es necesaria para romper el techo de cristal sindical”

Cincuenta años después de la lucha de Isabel Aunión en la Siemens de Cornellà, las mujeres representan buena parte del tejido laboral, pero el liderazgo de los grandes sindicatos españoles sigue mayoritariamente en manos masculinas

Protesta convocada por UGT. EFE/Marta Pérez

La historia de Isabel Aunión -La Negra, como la conocían en la Siemens de Cornellà por vestir casi siempre de negro-refleja un avance que medio siglo después parece haberse frenado en el sindicalismo español. En 1975, en una fábrica donde los hombres cuadruplicaban a las mujeres, logró salir elegida en unas elecciones sindicales y encabezó una batalla para eliminar una categoría laboral específica femenina que permitía pagar menos a las trabajadoras por empleos equivalentes. Su pelea era doble: contra la explotación laboral y contra la discriminación dentro del propio mundo obrero.

Cincuenta años después, el sindicalismo ha cambiado, pero no ha resuelto del todo aquella contradicción. Las mujeres ya no son una excepción en las bases sindicales. Están afiliadas, negocian convenios, lideran secciones y mantienen buena parte de la representación laboral en sectores esenciales como sanidad, educación, cuidados, limpieza o administración pública. Sin embargo, cuando se asciende hasta la cúspide de las organizaciones, el mapa sigue siendo mayoritariamente masculino.

Una manifestación convocada por los sindicatos UGT y CCOO.
EFE/Javier Cebollada

Precisamente en el núcleo histórico de la lucha por la igualdad persiste un techo de cristal que los propios sindicatos denuncian en empresas e instituciones. El sindicalismo español ha convertido el feminismo laboral en una de sus principales banderas públicas. Reclama planes de igualdad, denuncia la brecha salarial, exige corresponsabilidad en los cuidados y combate la precariedad feminizada. Pero el equilibrio interno de poder avanza a un ritmo más lento que su discurso.

Las principales centrales sindicales continúan dirigidas por hombres. Unai Sordo en Comisiones Obreras, Pepe Álvarez en UGT, Miguel Borra en CSIF, Joaquín Pérez en USO, Mitxel Lakuntza en ELA o Paulo Carril en la CIG. Las excepciones existen, pero siguen siendo minoritarias. El caso más significativo es el de LAB, liderado por Garbiñe Aranburu, que ha incorporado el sindicalismo feminista como parte central de su identidad política.

La opinión de Esther Chaves

Esther Chaves, secretaria de Igualdad de UGT confía en que el sindicato acabará teniendo en la dirección a una mujer. “El techo de cristal se va rompiendo. Hay una representación cada vez mayor en puestos ejecutivos y de responsabilidad. Nos ha ayudado la ley de paridad y también las listas cremallera. La cuota es necesaria la cuota”. La brecha no está en la presencia femenina, sino en el acceso desigual al máximo poder. “Durante décadas -indica-, el sindicalismo español estuvo vinculado sobre todo a sectores industriales masculinizados: metalurgia, construcción, automoción o minería”. Hoy el empleo asalariado es mucho más diverso y las mujeres representan ya cerca de la mitad de las personas afiliadas a la Seguridad Social. Además, los sectores donde más ha crecido el empleo femenino son precisamente algunos de los más sindicalizados.

“Tenemos que avanzar y, para dar esos primeros pasos, formamos, aportamos referentes y empoderamos. La mujer tiene que superar el miedo escénico para dar ese paso al frente, aunque es cierto que aún pesa la cuestión de la conciliación familiar y sindical. Pero nos apoyamos. Gracias a todo esto, cada vez tenemos más mujeres delegadas, secretarias regionales y responsables en puestos decisivos”, señala Chaves.

La afiliación femenina roza el 50%

La CNT aportaba recientemente un dato significativo. Más de la mitad de su afiliación ya es femenina y la inmensa mayoría de sus secciones sindicales están implantadas en sectores feminizados. En territorios concretos de CCOO o UGT, las mujeres rondan también entre el 40% y el 50% de la afiliación. Las mujeres, como nos confirma Chaves, están en el sindicalismo. “Claro que están. La cuestión es en qué lugares de la estructura están presentes y cuánto poder real acumulan”. El sindicato ha incorporado lenguaje inclusivo y mecanismos internos orientados hacia la paridad, aunque la continuidad masculina en el liderazgo sigue siendo la norma.

Comisiones Obreras representa otro caso de pasos hacia un equilibrio formal. Tras su último congreso confederal, la ejecutiva quedó configurada con criterios paritarios y varias mujeres asumieron responsabilidades relevantes. Pero incluso ahí persiste el mismo límite simbólico: la secretaría general continúa en manos masculinas.

El patrón se repite incluso en sindicatos implantados en sectores feminizados. CSIF tiene una enorme presencia en educación y sanidad pública, dos ámbitos donde las mujeres son mayoría. Sin embargo, la presidencia nacional sigue ocupada por un hombre. Lo mismo ocurre en USO.

El problema no es únicamente estadístico. Tiene que ver con cómo se distribuye el poder dentro de las organizaciones. Muchas sindicalistas han logrado acceder a ejecutivas o secretarías específicas, pero con frecuencia quedan concentradas en áreas asociadas a igualdad, formación o políticas sociales, mientras las carteras con mayor capacidad de decisión, como organización, negociación colectiva, acción sindical o finanzas, continúan más masculinizadas.

La exclusión abierta prácticamente ha desaparecido, pero sobreviven inercias construidas durante generaciones. Redes internas masculinas, disponibilidad horaria difícilmente compatible con las cargas de cuidados, carreras sindicales largas y culturas organizativas nacidas en el sector industrial dominado por hombres.

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