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‘Yo siempre a veces’: la serie que pone rostro a una generación de mujeres que no llega a todo

Entre la precariedad, la autoexigencia y la culpa, la ficción convierte lo cotidiano en un retrato generacional reconocible para muchas mujeres jóvenes

‘Yo siempre a veces’: la serie que pone rostro a una generación de mujeres que no llega a todo
‘Yo siempre a veces’: la serie que pone rostro a una generación de mujeres que no llega a todo

Hay una frase que atraviesa Yo siempre a veces: no se puede con todo. La serie parte de esa constatación para construir un relato que, más que avanzar, se acumula. Días que se repiten, decisiones pequeñas que pesan más de lo que deberían, y una sensación constante de ir por detrás de la propia vida.

No hay aquí grandes acontecimientos. Lo que propone la serie es otra cosa: observar cómo se sostiene lo cotidiano cuando los márgenes son estrechos. Trabajo, relaciones, expectativas personales. Todo ocurre al mismo tiempo y sin pausa, en una especie de presente continuo que no permite ordenar prioridades sin que algo quede fuera.

El argumento es aparantemente sencillo: Laura lo deja todo por amor. Abandona su vida en Berlín, su trabajo soñado y su sustento económico, y se queda a vivir en Barcelona tras un intenso romance exprés. 15 meses después se encuentra soltera, sin trabajo, en casa de sus padres y con un bebé en brazos.

La actriz Ana Boga da vida a la protagonista —y, por extensión, las mujeres que la rodean—, que encarna una forma de vida que se ha normalizado hasta volverse invisible. Jornadas laborales inestables, ingresos insuficientes, vínculos afectivos atravesados por la incertidumbre. A eso se suma una exigencia que no desaparece: ser competente, estar disponible, no fallar. La serie no necesita subrayarlo; basta con mostrar cómo se organiza el tiempo para entender la presión que sostiene cada decisión.

'Yo siempre a veces', la serie para los que pasen una mala racha y busquen remontar
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Marta Bassols y Marta Loza toman las riendas de su primera serie como creadoras de la mano de los Javis, los productores Ambrossi y Calvo, reflejando una reflexión milenial sobre las relaciones del presente. El arranque de la serie deja clara su identidad: un recorrido nocturno desplazado a Montjuïc y atravesado por una atmósfera más inquietante, donde se mezclan el deseo, cierta incomodidad latente y elementos casi sobrenaturales.

En ese tránsito aparecen figuras inesperadas, como Neus Asensi, que refuerzan ese tono extraño y descolocado. Tras el salto temporal entre los dos primeros episodios, la serie se repliega sobre su protagonista y adopta una puesta en escena más cerrada, con planos muy próximos que subrayan su aislamiento y la sitúan frente a un camino lleno de decisiones. Ahí destaca especialmente el trabajo de Ana Boga, que debuta con una interpretación contenida pero firme, capaz de sostener el peso del relato.

Uno de los aciertos del relato está en su forma de representar esa tensión sin convertirla en un conflicto dramático constante. No hay colapsos espectaculares ni rupturas definitivas. Hay cansancio, dudas e intentos de ajustar una vida que no termina de encajar. En ese sentido, la serie se sitúa cerca de una realidad reconocible: la de una generación que ha crecido con la idea de que podía aspirar a todo y que, en la práctica, se encuentra con límites mucho más estrechos.

El trabajo ocupa un lugar central en esa construcción. Pero ya no es una vocación, sino una necesidad. Los empleos que aparecen en la serie no permiten proyectar a largo plazo. Son inestables, mal remunerados, a veces incompatibles con cualquier intento de organizar el resto de la vida. Esa precariedad no se presenta como una excepción, sino como un marco estructural: es una condición de partida.

En paralelo, las relaciones personales tampoco funcionan como refugio. La pareja, la amistad o la familia aparecen atravesadas por las mismas tensiones. No hay espacio completamente ajeno a la lógica de la exigencia. Incluso el afecto se gestiona dentro de un sistema que pide rendimiento constante: estar presente, responder, cuidar, sostener.

La serie introduce, además, una dimensión que suele quedar fuera de este tipo de relatos: la culpa. Ese es el estado de fondo. La sensación de no estar haciendo lo suficiente, de no llegar, de no cumplir con lo que se espera. Esa culpa no se construye solo desde fuera. También es interiorizada, asumida como parte del propio funcionamiento.

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Desde una perspectiva de género, el retrato adquiere otra lectura. Las mujeres que aparecen en Yo siempre a veces no solo gestionan su propio desgaste, sino también el de quienes las rodean. Cuidan, organizan, sostienen, incluso cuando no tienen margen para hacerlo. Esa carga no se presenta como una imposición explícita, pero sí como una continuidad de roles que siguen operando, aunque el contexto haya cambiado.

Yo siempre a veces no ofrece soluciones ni propone salidas claras. Tampoco construye un discurso explícito. Su eficacia está en otro lugar: en la identificación. En la capacidad de mostrar una experiencia compartida sin necesidad de convertirla en un manifiesto.

Para quienes buscan series que funcionen como evasión, puede resultar incómoda. Para quienes reconocen en ese relato algo propio, se convierte en otra cosa: una forma de poner palabras —o imágenes— a una sensación que no siempre encuentra espacio.

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