La escritora Elvira Lindo ha vuelto a situar la infancia en el centro de su discurso público. Lo ha hecho durante su participación en el programa Un nuevo sendero hasta el manantial, donde ha reflexionado sobre el origen de su vocación, el impacto de sus libros y el papel que han tenido para generaciones de lectores. Entre todas sus declaraciones, una resume con claridad la dimensión que ha alcanzado su obra más conocida: “Los niños víctimas de bullying encontraron a un amigo en esos libros”.
La autora de Manolito Gafotas ha explicado cómo ese personaje, nacido en un barrio popular de Madrid, ha trascendido el contexto en el que fue creado para conectar con lectores de todo el mundo. Lo que empezó como una historia localizada —un niño de Carabanchel, con una familia humilde y una mirada irónica sobre su entorno— terminó convirtiéndose en un fenómeno internacional, traducido a múltiples idiomas y leído en países tan distintos como Francia, Japón o Irán.
Ese alcance global no fue, según la propia Elvira Lindo, algo premeditado. La escritora ha reconocido que escribió las primeras historias desde su casa, durante un año, sin imaginar la dimensión que alcanzarían. “Sabía que eran divertidas”, ha señalado, pero no anticipó que ese humor cotidiano iba a conectar con experiencias compartidas por lectores de contextos muy distintos.

En su intervención, Elvira Lindo ha puesto el foco en una idea que atraviesa toda su obra: la necesidad de que los niños puedan reconocerse en los relatos. Ha recordado el caso de una joven iraní que aprendió español para leer los libros en su idioma original y que años después viajó a Madrid para conocerla. Más allá de la anécdota, la escritora subraya lo que ese encuentro revela: la capacidad de la ficción para generar identificación más allá de las diferencias culturales.
Esa identificación, ha insistido, no depende tanto del contexto como de las emociones. “Había algo en el corazón del personaje que se parecía al corazón de esa niña”, ha explicado. Es ahí donde sitúa el valor de la literatura infantil: en su capacidad para ofrecer un espacio de reconocimiento a quienes no siempre encuentran palabras para explicar lo que viven.
El debate en torno al bullying ha sido otro de los ejes de su intervención. Elvira Lindo ha recordado que, en algunos contextos como Estados Unidos, sus libros fueron cuestionados por el uso de motes entre los personajes, interpretados como una posible normalización del acoso. Sin embargo, la experiencia de los lectores ha ido en una dirección distinta. Con el paso del tiempo, muchos adultos que leyeron a Manolito en su infancia le han trasladado que esos libros funcionaron como un refugio.

“Niños que estaban sufriendo bullying o que se sentían solos encontraron ahí un amigo”, ha señalado. No se trata de una intención explícita en la escritura, sino de un efecto que emerge de la forma en que los personajes se relacionan con su entorno: con humor, con vulnerabilidad y sin idealización.
La escritora también ha abordado la importancia de la imaginación en la infancia. Ha defendido la necesidad de fomentar espacios creativos tanto en el ámbito escolar como en el familiar, subrayando que no todos los niños se expresan de la misma manera. Algunos lo hacen escribiendo, otros dibujando, otros a través de la música. Limitar esas formas de expresión, ha advertido, implica restringir su capacidad para entender lo que sienten.
En ese sentido, ha recordado que su propia vocación nació a partir de la lectura de Mujercitas. A los 9 años, ese libro le ofreció un modelo con el que identificarse: una niña que escribía, que imaginaba y que aspiraba a contar historias. Ese referente, ha señalado, fue determinante para iniciar su camino como autora.
La intervención de Elvira Lindo en el programa se enmarca en una conversación más amplia sobre la infancia, la creatividad y el papel de la cultura en la construcción de la identidad. Sus palabras, lejos de centrarse únicamente en su trayectoria, apuntan a una cuestión de fondo: la necesidad de ofrecer a los niños herramientas para entenderse y expresarse.
En ese proceso, la literatura ocupa un lugar central, especialmente como forma de acompañamiento. Y en ese acompañamiento, personajes como Manolito Gafotas siguen funcionando, años después de su creación, como un espacio donde muchos lectores encuentran algo más que una historia.
