Día Contra el Acoso Escolar

“Mamá, no quiero ir al colegio porque me da miedo que me tiren por las escaleras”

Victoria es una de las muchas jóvenes que sufrieron bullyng en su infancia. Relata a Artículo14 que comía el bocadillo en el baño del colegio para que no se lo tiraran sus compañeros o cómo el día de su cumpleaños le abuchearon

Victoria recuerda el miedo con una precisión que desgarra. No habla de tristeza, de soledad o de esa sensación de no entender por qué una clase entera decide convertirte en el blanco. Habla de miedo. Miedo físico. Miedo a subir unas escaleras. Miedo a entregar una mochila. Miedo a que cualquier gesto acabara en una humillación más.

Una vez se hizo un esguince. Tenía el pie escayolado y su clase estaba en la planta de arriba. Cualquier niño habría llorado por el dolor, por no poder correr o jugar. Victoria lloró por otra cosa.

“Mamá, no quiero ir al colegio porque me da miedo que me tiren por las escaleras”. Era la frase de una niña que ya había aprendido que el colegio podía ser un lugar peligroso.

El acoso empezó pronto, en primero de Primaria, cuando tenía seis o siete años. El primer recuerdo que conserva es el de tres niños sujetándola de los brazos y pegándole en el patio. Ella era muy blanca, cuenta, y los dedos le dejaron marcas. Intentó esconderlas bajo un jersey de lana aunque todavía hacía calor. Su madre no entendía por qué insistía en llevarlo puesto. Fue en clase de flamenco, al cambiarse, cuando una profesora vio los hematomas. En el hospital, el médico confirmó lo que Victoria todavía no se atrevía a decir: alguien le había hecho daño.

Cuando la familia lo comunicó en el colegio, recibió una respuesta que demasiadas familias conocen bien: “Son cosas de niños”.

Pero no lo eran.

“Veneno de María Victoria”

Al principio “sólo” fueron los niños. “Se metían con mi cuerpo, con mis dientes, con mi forma de ser”, explica. Y sigue. “Gorda. Vaca. Coneja… También me decían que necesitaba un litro de gel para poder lavarme entera”.

Eran frases crueles lanzadas en una edad en la que una todavía está aprendiendo quién es y cómo mirarse en el mundo.

Con el tiempo, el rechazo se extendió. Las niñas que al principio la defendían empezaron también a apartarse. Algunas por presión. Otras por miedo a convertirse en las siguientes.

Si Victoria tocaba a alguien, ese niño corría hacia otro compañero gritando:

—¡Veneno de María Victoria!

Y así, de uno a otro, hasta recorrer la clase entera.

“No podía tocar a nadie. No podía jugar con nadie. No podía existir sin molestar”, explica María Victoria.
En el recreo, cuando preguntaba si podía unirse a algún juego, la respuesta casi siempre era no. O peor. Existía la posibilidad de que, solo por preguntar, acabaran tirándole del pelo.

Así que Victoria empezó a esconderse.

Si la biblioteca estaba abierta, se refugiaba allí con un libro de Geronimo Stilton. Si no, se encerraba en el baño. Allí, si tenía suerte y nadie se lo había tirado antes, se comía el bocadillo.

Una niña desayunando sola en un baño no es una anécdota. Es una alarma. Una escena que debería obligar a cualquier adulto a detenerse y mirar. Pero durante demasiado tiempo nadie quiso hacerlo.

El cumpleaños en el que nadie aplaudió

Hay recuerdos que se quedan clavados porque suceden donde debería haber alegría.

Uno de ellos fue su cumpleaños.

Como marcaba la tradición del colegio, su madre compró conos de chucherías para que Victoria los repartiera en clase. Llegó el momento de cantarle el cumpleaños feliz. Y cuando tocó aplaudir, toda la clase empezó a abuchearla.

Victoria rompió a llorar.

No quiso repartir las chucherías. Dijo que iba al baño, pero en realidad salió a buscar a su hermana mayor, que estudiaba en el mismo colegio.

Su hermana, siete años mayor, entró en clase y se enfrentó a la profesora:

—Esto no son cosas de niños.

Aquella niña lloraba día sí y día también porque no quería volver al colegio.

Ese día, Victoria solo repartió chucherías a dos personas: las únicas que no la habían abucheado.
El acoso no dañó únicamente a Victoria. También golpeó a su familia. A sus padres, que intentaban sostenerla como podían. A su hermana, obligada a defenderla cuando todavía era una niña.

“El bullying no afecta solo a la víctima” —dice ahora Victoria—. “También destroza a las hermanas, a los padres, a las abuelas, a las tías… a cualquiera que vea sufrir a alguien que quiere”.

Su madre llegó a denunciar la situación ante la Junta de Andalucía. Pero el proceso implicaba, en la práctica, cambiar a Victoria de colegio. Y ella se negó, “porque el problema no era yo”.

Cuando los adultos también señalan

Victoria cree que parte del bullying estuvo sostenido por la pasividad de algunos profesores. “Nadie puso límites reales. Porque no hubo consecuencias. Porque, cuando reaccionaba, terminaba convertida en la culpable”.

Había una frase que escuchaba a menudo: “A ti te va la marcha”.

Ahora lo recuerda con ironía. “A mí la marcha me va un viernes por la tarde, con una cerveza, mis amigos y unos kikos en la mesa. No la marcha de que me hagan maltrato psicológico”, dice con la distancia de quien ya lo ha llorado casi todo.

Recuerda especialmente un episodio con una goma de borrar. Una compañera se la pidió prestada y después se negó a devolvérsela. Victoria empezó a reclamarla, cada vez más nerviosa. La profesora no comprobó qué había ocurrido. Simplemente la expulsó de clase por “montar escándalo”.

Ese era el mecanismo: los demás provocaban; ella reaccionaba; los adultos solo veían la reacción.
Aun así, en medio de tanta negligencia, hubo pequeños salvavidas.

“El principal fue mi familia. Mis padres jamás permitieron que creyera que la culpa era mía. Mi madre me repetía constantemente que yo no tenía nada malo. Que si hacía amigos en la playa, en baile o en terapia, entonces el problema no estaba en mí”.

En su vida también apareció Sergio, un psicólogo infantil que la ayudó a poner nombre a lo que estaba viviendo y, sobre todo, a separarse de la culpa.

Porque esa fue una de las preguntas más duras de su infancia. “Con 7 u 8 años le preguntaba a mi madre qué tenía mal para que nadie quisiera ser mi amiga”, recuerda.

El principio del final llegó, curiosamente, dentro de otra situación de humillación.

En primero de la ESO, durante la fiebre de One Direction y las llamadas por Skype, algunas compañeras empezaron a invitarla a conectarse con ellas. Victoria creyó que, por fin, la estaban incluyendo.
Años después descubrió que, cuando colgaban con ella, abrían otra llamada para reírse de todo lo que había dicho.

En una de aquellas conversaciones, una chica comentó que quería ver la procesión de El Cautivo, en Málaga. Victoria tenía sillas en la calle Larios y le propuso acompañarla.

La chica aceptó.

Fueron un día. Luego otro.

Y terminaron haciéndose amigas.

Como aquella compañera pertenecía al grupo de las populares, algo cambió. No por justicia, sino por jerarquía. De repente, Victoria tenía respaldo.

El acoso empezó a frenarse, aunque nunca desapareció del todo. Los chicos siguieron insultándola durante años.

La herida que sigue después del colegio

La herida de Victoria no cicatrizó al terminar las clases. Siguió supurando en las relaciones, en la autoestima y en la forma de interpretar los silencios.

Victoria cuenta que todavía le cuesta poner límites, decir que no o confiar plenamente en los demás. A veces, en una reunión, si percibe secretismo o nota que alguien baja la voz, reaparece aquella sensación: “Seguro que es por mí”.

También ha vivido dinámicas parecidas en el trabajo. Comentarios que la devolvían al patio del colegio, al insulto disfrazado de broma, a la burla compartida.

La niña que solo quería ser vista

Hoy Victoria habla desde otro lugar.

Ha hecho terapia, se ha rodeado de gente que la quiere y ha encontrado refugios nuevos. El croché, por ejemplo, se convirtió en una forma de calmar la ansiedad. Los hilos, los colores y el taller donde nadie la juzga terminaron siendo un espacio seguro después de años sintiendo que cualquier sitio podía dejar de serlo.

No guarda rencor.

“No me serviría de nada”, responde. Nadie va a devolverle esos momentos que deberían haber sido felices. Pero sí tiene claro el mensaje:

“A los niños que sufren acoso les diría que no son culpables de nada. Que no tienen que demostrar que son más fuertes que nadie. Que, si necesitan cambiarse de colegio, lo hagan. Y que nunca abandonen aquello que aman solo porque otros lo utilicen para hacerles daño”.

“A los profesores les pediría algo aparentemente sencillo: escuchar. No señalar a quien ya está sufriendo. No convertir a la víctima en el problema. No llamar “cosas de niños” a lo que en realidad es violencia”.

Ahora mira a su sobrino, que tiene siete años —la misma edad que ella tenía cuando todo empezó—, y siente miedo. Miedo a que un día vuelva del colegio diciendo que le ocurre algo parecido.

—Él es alegría —dice.

Y quizá por eso le duele tanto imaginar que alguien pudiera apagarle esa luz.

”Si pudiera hablar con aquella niña que se escondía para desayunar en un baño, le diría que no tiene nada malo. Que es divertida, soñadora y valiente. Que todo lo que desea lo va a conseguir. Y que nunca escuche a quienes no supieron protegerla”, dice.

Porque Victoria no era veneno.

Era una niña.

Una niña que solo quería jugar, tener amigas, repartir chucherías en su cumpleaños y volver del colegio sin miedo.

Y eso, en cualquier infancia, no debería ser un sueño. Debería ser lo mínimo.

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