Opinión

Sólo las mujeres biológicas

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Ayer desfilaba por todas partes el mismo titular: el COI anunciaba que  «sólo las “mujeres biológicas” podrán participar en disciplinas femeninas». No me interesa argumentar aquí sobre la política deportiva del COI. La reflexión sobre si los cuerpos que han atravesado determinados procesos hormonales durante la pubertad o en algún momento ofrecen ventajas de rendimiento en ciertos deportes es un debate serio que implica fisiología, conocimiento científico, estadística, decisiones institucionales complejas, y que además no se resuelve con respuestas universales: no será lo mismo la exposición a la testosterona del feto que la exposición a la testosterona en la adolescencia o si esta exposición se ve interrumpida, no será lo mismo el cuerpo de una deportista que ha tomado bloqueadores hormonales, etcétera. Ese debate puede y debe darse con rigor y asumiendo su complejidad: otra cosa son los términos que empleamos para tenerlo, la atención o dejadez con la que permitimos que se infiltren sus elementos en nuestros usos del lenguaje corriente. He aquí la cuestión, mi pregunta ¿qué es una «mujer biológica»?

Si existen «mujeres biológicas», el prefijo diferenciador supone que hay otras clases de mujeres: mujeres no biológicas, mujeres de otro orden. Intentemos obrar con algo parecido al rigor filológico: según el Diccionario de uso del español de María Moliner, la biología es la ciencia que estudia a los seres vivos, y biológico o biológica es aquello relativo a la biología. Biología se forma a partir del griego bios, vida, y el sufijo -logía, que denota un saber, tratado, ciencia o estudio. Biología no es lo mismo que naturaleza o que la idea de lo natural, e igual de viva está una mutación que lo inmutado; de hecho, todos contenemos mutaciones, pequeñísimas o más grandes, sin las cuales no existiría diferencia alguna, y encima nuestras mutaciones van ampliándose, lo cual es lo que explica, por ejemplo, que la edad de un padre influya en la probabilidad de que sus hijos tengan alguna enfermedad rara: a más ha estado en el mundo, más mutaciones puede transmitir.

¿Qué sería, pues, una mujer que no estuviera sometida a la ciencia, al estudio o al saber sobre la vida? ¿Una mujer necrológica, asociada con la muerte, como un ecosistema abiótico que carece de seres vivos? Curioso sería que se alzaran de sus tumbas mujeres muertas con tal de competir en los próximos Juegos Olímpicos, que tendrán lugar en el autoritario Estados Unidos de Donald Trump, por cierto. Si asumimos, erróneamente, según la etimología, que lo biológico es lo mismo que lo natural, ¿tendríamos que hablar de mujeres artificiales o mujeres técnicas, incluso de mujeres cyborg? Es evidente que el otro par son las mujeres trans, pero el ejercicio de intentar no darlo por sentado nos permite precisamente desnaturalizar una distinción lingüística bastante arbitraria. El adjetivo biológico no añade ningún contenido descriptivo positivo a mujer, sólo señala lo que deja fuera.

Hablar de «mujeres biológicas» es importar en el periodismo un marco conceptual elaborado en contextos de activismo antitrans, con su carga de odio y su carga política. Si a lo que se refiere el término biológico es al sexo cromosómico, eso es harina de otro costal, pues ahí se trata de una realidad medible, identificable, que puede ser examinada por la ciencia de forma objetiva; ¿es una realidad útil? Puede serlo, en algunos casos: ¿lo será cuando se trate de saber si una mujer trans puede participar o no en una competición de ajedrez? Puede sonar a que me estoy inventando una reducción al absurdo, pero nada más lejos de la realidad: en 2023, la Federación Internacional de Ajedrez dictaminó que las mujeres trans no podían competir en eventos oficiales para mujeres. ¿Qué se despliega a partir de ese sexo cromosómico para imponer tal prohibición? ¿Mayor fuerza a la hora de mover un alfil?

Entiendo la relevancia del debate sobre lo trans en el deporte; al mismo tiempo, personalmente, es de los que menos me importan, porque me costaba aprobar en Educación Física y llego ya un poco tarde como para dedicarme a la pértiga. Pero es importante la forma en la que hablamos de ello, los términos que damos por sentado; es importante también por todo lo que esconden. Christine Mboma y Beatrice Masilingi fueron excluidas de los 400 metros en Tokio por tener niveles naturalmente altos de testosterona; o sea, por su biología, siendo ellas mujeres biológicas, si se quiere; mujeres XX. María José Martínez-Patiño lo sufrió al descubrir que era intersex, y por lo tanto no entraría en la definición de «mujer biológica», a pesar de que su propia variación inhibiera el efecto de la testosterona en su cuerpo; pensemos también en el caso de Semenya. La nueva normativa del COI no resuelve estos casos, pero hay otra cosa que me preocupa más: esta nueva forma de hablar de «mujeres biológicas» tampoco va a ayudar a que se den estos debates, ni a que tengan sentido, ni a hablar con propiedad sobre asuntos serios; suena, encima, bastante feo, y será difícil convencerme de lo contrario hasta que empiecen a competir atletas zombis, momento en el que cerraré la boca y asumiré que esta distinción ha cobrado todo su sentido.

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