He pasado largas temporadas en el Perú y en México y el debate sobre la “conquista” en esos países, no tiene nada que ver con el que algunos sectores han introducido aquí, derivado del socialismo bolivariano (Chávez, Morales y, en cierta manera, Correa) o del lopezobradorismo, como narrativa política, en versión local de la izquierda caviar.
A pesar de que, en México, el Día de la Independencia se cumple el ritual de ir al Zócalo a dar “el grito” contra España, no he sentido nunca rechazo alguno por española, aunque si me he podido sentir “extranjera” en algunas comunidades con las que, aunque gozan de todos mis respetos, pocos lazos culturales podían unirme, especialmente por su asimilación con el pluralismo jurídico, permitiendo la persistencia de actos contrarios a la dignidad humana sobre la base del reconocimiento de particularismos. He presenciado algunos que herirían la sensibilidad de cualquiera.
Esa primera globalización, ese contacto cultural, son casi desconocidos hoy en día. Recordemos el papel fundamental de “los americanos” en la elaboración de la Constitución española de 1812, donde llegaron a contar con uno de los presidentes de las Cortes, un español del otro lado del Atlántico, Morales Duárez, de Perú; ellos pudieron acudir por mar, al contrario que muchos diputados españoles peninsulares que no pudieron llegar a Cádiz, impedidos en el intento por las circunstancias de la Guerra de la Independencia. También se puede destacar la enorme influencia de un Muñoz Torrero (tengo el privilegio de ostentar el I Premio Nacional a los valores constitucionales instituido en su honor) defendiendo en esas mismas Cortes de Cádiz la libertad de prensa y la soberanía nacional de los españoles de ambos lados del Atlántico hasta límites hoy en día insospechados. Es curioso, en estos países hispanoamericanos, México y el Perú, he podido comprobar que allí la gente corriente sabe mucho más de nosotros que nosotros de ellos, de nuestra Historia, tanto la que tenemos en común como la seguida ya por separado.
Tanto en un país como en el otro me hicieron notar que la independencia fue más querida, desde la perspectiva política, como rechazo a que pudiera allí instaurarse el absolutismo reinante en España en el siglo XIX que por otra cosa (los levantamientos comienzan contra Fernando VII y su legado). Recordemos también que, en aquellos años, la Constitución de Cádiz era enarbolada por el liberalismo en medio mundo y que fue con ella en la mano que se iniciaron levantamientos contra el absolutismo, no sólo en la América hispana, sino también en Italia.
Y, al mismo tiempo, ellos mismos, en México y en el Perú, constatan que la burguesía criolla que pudo encabezarla o apoyarla [la revolución transformada en guerra de independencia], no era ya sentida como española sino como del lugar, puesto que muchas veces sus raíces se encontraban ya hendidas en lo que ellos llaman “el suelo patrio” desde generaciones. También hay que recordar que, en las guerras de independencia, en prácticamente todos los países, los indígenas optaron en su inmensa mayoría por luchar junto a la Corona de España, pues consideraban que eran las leyes españolas las que salvaguardaban sus derechos frente a los criollos locales dominantes.
El genocidio… que alegan algunos… todo conflicto armado, y ellos lo reconocen, comporta muerte y violencia, por el rechazo al extraño y, en esos supuestos concretos, también por las rencillas internas. Los españoles, tanto en el Perú como en México, pudieron hacerse con el territorio debido a la guerra civil interna que, incluso antes de su llegada, estaba presente entre las distintas etnias y comunidades. Es bien conocida la ayuda tlaxcalteca y de otras tribus indígenas a Cortés (totonacas, huejotzincas, texcocanos, cholultecas u otomíes) contra los aztecas, debido a la tiranía ejercida por éstos sobre aquellas, favoreciendo de este modo la toma de Tenochtitlan por los españoles y, no lo olvidemos, sus aliados, aunque todo ello pareciera capitalizado por Cortés y los suyos. También es necesario recordar que el Incanato tenía sometidas a numerosas comunidades (cañaris, chachapoyas, huancas, chancas o aymaras, entre otros), algunas en régimen de esclavitud (normal en aquella época, no hay que verlo con nuestros ojos ya habituados a otros parámetros), puesto que el Tahuantinsuyo fue un imperio expansionista y que la guerra civil entre los “clanes” de Huáscar y Atahualpa fue hábilmente aprovechada por Pizarro para neutralizar la resistencia a la conquista.
Pese a todo, ellos no se sienten “exterminados”. Pueden sentirse explotados, la mayor parte de veces por sus propios conciudadanos que, eso sí, suelen ser más “blanquitos” cuando son pudientes, pero no españoles desde hace generaciones. Aun así, el soterrado racismo que existe en numerosas ocasiones, va disminuyendo. Y no es ya tanto a qué etnia, comunidad o grupo social perteneces la pregunta del millón, sino cómo te sitúas, como ciudadano, ante todo ello y ante la evolución de los sucesos económicos y políticos. Porque el interés por la política es mucho mayor allí que aquí. Y el debate político ha tenido una mayor, y mejor, tradición allí que aquí, salvo excepciones, claro.
Exceptuando los casos en los que, desde perspectivas ideológicas radicales se intenta crear rechazo a España y, artificialmente, como se ha hecho aquí entre nosotros mismos, aparecen como verdades absolutas los argumentos que pretenden justificar los rechazos a identificarse con determinada simbología, podría afirmar que la cultura presente en los países de origen hispano, aunque con rasgos propios no sólo de cada país, sino plurales dentro de cada uno de ellos, no ha generado ni genera rechazo a conocer su pasado colonial, que conocen mil veces mejor que nosotros, ni a renegar de las razones que les llevaron a la independencia. La forma de entender la educación y su valor para la construcción social tienen un arraigo mucho mayor que aquí en la mayor parte de esos países.
No olvidemos que están “debajo” de Estados Unidos y que la influencia intelectual de la revolución americana sobre ellos fue enorme, además de la ayuda que, por razones geoestratégicas recibieron de los países rivales de España en aquellos años. El federalismo, muy enraizado en algunos países de Latinoamérica, el constitucionalismo de las libertades que toma como modelo a la propia Declaración de Independencia de las entonces 13 colonias británicas, emitida en 1776 en Filadelfia y que daría la vuelta al mundo, fue uno de los espejos ante el cual las élites políticas e ilustradas de la América hispana quisieron reflejarse.
Y no sólo existió influencia doctrinal de los “padres fundadores” de los EE.UU. También la Ilustración y la Revolución francesa tuvieron presencia allí, impulsada por los exiliados europeos liberales y las propias tropas que Francia envió para ayudar a la independencia de estas colonias debido a su rivalidad con España en aquella época (recordemos a La Fayette). Incluso Garibaldi, en su época de activismo liberal-revolucionario, tuvo influencia en Uruguay, México, Argentina o Nicaragua. O el apoyo, sobre todo logístico y económico, a los rebeldes americanos contra el Reino Unido, prestado por algunos españoles, como Bernardo de Gálvez, prácticamente desconocido, por ocultado, hasta la fecha.
La antigua “globalización”, sin aviones y sin Internet, incluso sin galeón de Manila. Pero globalización al fin y al cabo. Mismos referentes, parecidas actitudes, similares problemas, influencias mutuas. No han estado tan lejos las dos orillas del Atlántico. En esencia, lo que quiero expresar aquí, es que he podido apreciar que no existe ningún tipo de “odio” hacia España o los españoles, con quienes reconocen haber tenido raíces y con quienes creen tener muchos más lazos comunes que los que desde aquí les suponemos. Siempre están pendientes de lo que sucede en España, a todos los niveles, con la facilidad que la lengua común les proporciona.
Y, aunque tienen un cierto “orgullo patrio”, tampoco lo he percibido como étnico, sino incluso habermasiano: se sienten orgullosos como peruanos o como mexicanos porque están convencidos de que crearon un régimen de libertad, basado en el constitucionalismo liberal, como ilustrados que también eran sus líderes. Otra cosa es la política-espectáculo que ciertas élites, antiguas y nuevas, instauraron y mantienen, allí y aquí, para consolidar su predominio.
