Sucede, incluso con frecuencia, que uno comienza a ver una película o leer una novela sin más, porque encontró la película en una plataforma y la novela en una estantería, o en un puesto de libros de segunda mano. No sabes muy bien como has llegado a ella, de hecho, cuando quieres recordar cómo llegaste, no lo recuerdas con nitidez, el caso es que llegaste a la obra. Pues bien, decía que sucede que uno comienza una película o una novela, sin ninguna expectativa, nadie te la ha recomendado, no sabes de qué va, tampoco es muy conocida, y terminas encontrando lo que para ti será ya para siempre una pequeña obra de arte, una obra que quedará para siempre en tu memoria. Exactamente lo que me ha vuelto a ocurrir a mí este pasado fin de semana.
El cine, la literatura están llenos de grandes obras, de obras que conoce todo el mundo, de obras que han sido reseñadas cientos, miles de veces, pero hay un número aún mayor de pequeñas obras que nunca pasarán a convivir con estas consideradas grandes, pero que siendo consideradas pequeñitas dejan un poso inolvidable en las personas que se acercan a ellas.
Curiosamente, estas historias pequeñas son casi siempre, por no decir siempre, historias de amistad, de familia, de amor, de encuentro con uno mismo, historias cotidianas que nos cuentan lo que son nuestras vidas, lo que han sido, lo que pueden ser.
Y las llamo historias pequeñas porque si las comparamos con esas otras grandes historias de héroes que hicieron grandes cosas, historias con épica que son recordadas y transmitidas, las historias pequeñas son todo lo contrario, son las historias de cualquier persona, como tú, como yo, nada que ver con héroes que quedan para la Historia.
Y, sin embargo, o precisamente por esto, el poder de estas historias pequeñas es que son siempre nuestras historias, las que vive todo el mundo en sus vidas, y por eso cuando las vemos nos sentimos identificados. Esa podría yo, piensas cuando ves esa película o lees esa novela. Esa he sido yo, ese has sido tú, yo podría haber vivido precisamente eso, yo estoy viviendo precisamente esto.
Y la ficción, las historias que vemos en la pantalla o leemos en los libros pueden reflejar nuestras vidas, y en muchos casos, mejorarlas. La vida es una y tiene límites, escribió Vargas Llosa, y es verdad. Por eso una historia pequeña en ficción también nos muestra lo que pudo haber sido y no fue, para bien y para mal. Y así vemos como esa historia por la que pasamos pudo no terminar como terminó, de nuevo para bien o para mal, que pudo haber sido de otra manera.
La literatura, el cine, la música están llenos de estas historias donde vemos reflejos de nuestras vidas. Por eso las historias particulares son siempre historias universales, porque nada hay más universal que lo particular que cada uno de nosotros experimentamos en nuestras vida. Porque en el fondo todos estamos hechos de lo mismo: emociones, sensaciones, sentimientos. Por eso tantos nos vemos reflejados y compartimos lo que leemos, lo que vemos, lo que escuchamos. Porque en el fondo, siendo cada uno como somos, algo invisible, algo que no se ve nos une y nos iguala, y sentimos y sufrimos y gozamos con las mismas cosas.
Y por eso, cuando nos encontramos con una pequeña maravilla en forma de historia pequeña la hacemos nuestra, porque en el fondo ya lo era, ya era nuestra pequeña historia.
