Opinión

Los términos de mi rendición

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Los términos de mi rendición” es una de mis canciones favoritas del gran Enrique Bunbury –quien, por cierto, publica nuevo disco, De un siglo anterior, en cosa de quince días–. Con ella cerraba su décimo álbum de estudio, Posible, y, hasta la fecha, jamás la ha interpretado en un concierto. Sobre una melodía hermosísima, envolvente y como abisal, el compositor aragonés canta: “Ahora que uno se explota a sí mismo / y cree que está realizándose, / que los extraños te tratan como a un amigo, / antes era un coloso, ahora un vampiro. / Y escribo / con el desorden / de la urgencia”.

Como las ocasiones no abundan, cada vez que veo a Enrique le suplico, a la manera de los ministros de Sumar con el yerno de Sabiniano, que incluya “Los términos de mi rendición” en su repertorio para el directo. En la pieza, su autor aborda un asunto clave para todos aquellos que pretendemos desarrollar alguna actividad consistente en crear obras que, mediante recursos principalmente plásticos, visuales, sonoros o literarios, produzcan estimulación estética o intelectual. O sea, arte.

Hace seis años, el propio Bunbury me contaba: “Siempre que un creador conecta con el mundo de las ideas, con la matriz universal, con las musas, como quieras llamarlo, se establece una comunicación fascinante que deseas que no acabe nunca. Desgraciadamente, la realidad se interpone en nuestro camino. (…) Permanecer el máximo tiempo conectados se convierte en nuestra obsesión y cuando volvemos después de atender al fontanero, nos cuesta un buen rato retomar el hilo, ¿cierto? Encontrar herramientas y maneras para permanecer en ese estado de emergencia o volver a acceder de la forma más rápida y eficiente se ha convertido en un tema muy importante para mí”.

Mientras tecleo estas líneas, suena “Los términos de mi rendición” como un ungüento aplicado sobre una herida abierta y palpitante. “Y he renunciado a demasiado –canta Bunbury– en los últimos años / realizando un esfuerzo total / para un modesto resultado”. No hay canción con la que me identifique más desde octubre, cuando empecé a escribir una novela que llevo sin tocar un mes por no haber aprendido a escribir con el desorden de la urgencia. Ando estos días repasando lo escrito, y afloran dos sensaciones contrapuestas, por no decir fratricidas entre sí: por un lado, estoy harto satisfecho con lo gestado, contemplo cómo, mientras escribía, afloró esa “conexión fascinante”, en palabras de mi ídolo, “con el mundo de las ideas”; por otro, me abruma, me paraliza y me frustra el tsunami de lo cotidiano, los encargos mal pagados, los artículos zombis, las entrevistas por encargo, la bendita y maldita profesionalidad del infante honrado y cansado que debe pagar sus facturas y, si no llenar, sí al menos maquillar el interior de su nevera.

Y aquí sigo, capeando el temporal, consagrado a la supervivencia, sabedor de que vienen vacas famélicas desde Irán a la eternidad, mientras me devano los sesos para no perderle el pulso a una criatura que me reclama a voces, desesperada, amante. La única que me ilusiona. Y, salvo milagro –o Premio Aena cuando se publique–, la única que no me dará de comer.

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