Cada cierto tiempo se hace de nuevo viral uno de los hilos que la publicista Gabrielle Blair lanzó en X: Blair, estadounidense establecida en Francia, mormona, madre de seis hijos, y por lo tanto poco sospechosa de no saber de lo que está hablando, lanzaba una propuesta sencilla: si un hombre quería proteger a su familia, si, tras un atracón de películas de venganza le invadía un abnegado ardor, si un joven desorientado deseaba ser útil a la sociedad, que se dejaran de épica y de municiones específicas, y que empezaran a poner lavadoras y enseñar a sus hijos a lavarse las manos. Ropa limpia y alimentación saludable preservaba de manera más eficaz la vida y la salud de los niños que cualquier tiroteo kamikaze del que, por cierto, la primera víctima solía ser su mujer.
Mientras tanto, esta semana otra noticia esperanzadora ha circulado con evidente entusiasmo: un grupo de padres jóvenes se reunían en un pub, en Londres, para aprender a hacer trenzas a sus hijas. Dejaré de lado la cuestionable relación entre las cervezas, y la habilidad para el manejo capilar. Hay algo conmovedor en que se rompa una inercia, en esos jóvenes que quieren crear un concepto nuevo de paternidad, más aún si son padres de niñas.

Y está bien que eso nos guste, que lo celebremos y que nos parezca tierno. Que los padres bajen a lo pequeño, a lo repetido, a lo aparentemente insignificante, es una buena noticia. No hace falta ironizar sobre cada avance. No hay por qué aguar cada intento, pero no olvidemos el agravio comparativo: porque esos gestos —la lavadora, la trenza sin tirones, la merienda preparada— los han llevado a cabo las mujeres de manera regular sin aplauso, sin viralidad y sin titulares. Mujeres pobres, en su mayoría, porque a casi nadie le gustan los cuidados y quien ha podido escaquearse de ellos lo ha hecho, pagando a quien no podía elegir.
Los cuidados son aburridos, son pesados, una maldición circular. No progresa, no culmina nunca, no se exhibe. Hoy lavas, mañana toca planchar. Hoy desenredas esa melena larga, mañana peinas otra vez. No hay reconocimiento, ni relato, ni gloria. Que algunos hombres entren en ese territorio sigue generando sorpresa y entusiasmo. Sí, pese a las nuevas generaciones. Sí, pese a que tu hijo sí que lo haga, o tu marido, o tu sobrino. Aplaudimos su voluntad de estar, su decisión de quedarse, su renuncia —aunque sea parcial— a esa retórica de protección que siempre implicaba distancia, fuerza, incluso violencia. Celebramos que cambien el gesto heroico por el gesto útil.
Pero es que esa noticia en ellas nunca mereció ni siquiera una frase, salvo que no lo hicieran. Los buenos padres, las malas madres. Y no, no hay nada loable en que más hombres aprendan a hacer trenzas —aunque ojalá lo hagan—, sino en que aceptemos lo lejos que estamos de la responsabilidad compartida. Si no ¿por qué se celebra cuando lo ejerce quien durante siglos se ha negado a hacerlo?
