Pregunta: ¿Hasta qué punto nuestros hijos se convierten en el centro de nuestras vidas? Amarles y cuidarles es natural, pero ¿podemos, sin darnos cuenta, cruzar la línea entre el cuidado y la sobreprotección, transformándolos en el eje de todo lo que hacemos? ¿Dónde deberían estar los límites del amor y la crianza?
Respuesta: Es impresionante observar cómo los padres de nuestra generación -los que rondamos los 50- hablamos de nuestros hijos. A veces parece que escucho a alguien describiendo a su pareja: hay un brillo especial, un entusiasmo desbordante. Seguramente me ocurre lo mismo cuando hablo de mis hijas. Estamos, en cierto modo, embelesados.
Ese amor infinito que define la maternidad y la paternidad es, sin duda, una de las experiencias más intensas de la vida. Pero cuando se da un salto y ese amor se convierte en la exigencia de que todo se adapte a nuestros hijos, cuando creemos que el mundo entero tiene la obligación de comprenderles y satisfacer sus necesidades, entramos en el terreno del hijocentrismo.

En esa lógica, si mi hijo sufre -no hablo de enfermedad, sino de frustraciones, rechazos o incertidumbres-, parece que el universo entero debe detenerse. Porque él o ella es el centro en torno al cual todo debe girar.
Es cierto que existe un momento vital en que todo orbita alrededor del bebé: no tiene recursos y nos necesita de manera absoluta. Pero a medida que crecen, los niños y adolescentes poseen enormes capacidades. Muy pronto -y sin necesidad de forzarlos- quieren hacer cosas por sí mismos, desean crecer, probarse, equivocarse.

Sin embargo, en muchos casos los adultos buscamos constantemente espacios adaptados a ellos, hasta el punto de que los hijos terminan transformándose en pequeños tiranos y los padres en sus esclavos. Los niños aprenden entonces que tienen derecho a decidir sobre todo y que los demás están a su disposición.
En este proceso, los adultos nos justificamos con teorías que avalan ese comportamiento, convirtiéndonos en cómplices de nuestros hijos sin darnos cuenta de que, al hacerlo, los abandonamos. Porque en el hijocentrismo los padres escuchan solo lo que el niño dice, pero no lo que realmente necesita. Y con ello, la función paterna -ese sostén que acompaña, orienta y marca límites- se diluye.

El hijocentrismo se construye sobre etiquetas: “Mi hijo es diferente, necesita algo especial”. Bajo ese discurso late una intención clara: que el niño no sufra. Pero cuando un hijo se convierte en el universo, en el centro de todas las miradas y decisiones, la carga para él puede resultar insoportable. La vida familiar se organiza en torno a sus necesidades y los padres profesionalizan el vínculo hasta convertirlo en lo único que importa. La pareja queda relegada y los hijos acaban soportando, sin saberlo, el peso de la relación.
Los adultos se esconden tras “las necesidades” de los niños, como si así pudieran mantener el cordón umbilical infinito. Y de ese modo, la dependencia se perpetúa: “Nadie sabe lo que necesita mi hijo, solo yo”. Se crea entonces una tela de araña: cuanto más intentas justificar esa entrega total, más atrapado quedas en ella.

La crianza debería ser otra cosa. Al principio sostenemos a los hijos en el regazo, después les damos la mano para caminar, y más tarde les acompañamos con la mirada mientras se van alejando. Cada etapa tiene un gesto, un modo de soltar. El hijocentrismo, en cambio, los mantiene en brazos de forma indefinida, impidiendo que se marchen.
Como escribió Khalil Gibran:
“Tus hijos no son tus hijos,
son hijos e hijas de la vida, deseosa de sí misma.
No vienen de ti, sino a través de ti,
y aunque estén contigo, no te pertenecen”.
Tal vez lo mejor que les puede pasar a los niños es que sus padres tengan también otras cosas que hacer, que ellos no sean lo único. Que podamos ofrecerles amor, pero también espacio. Que les demos raíces, pero también alas. Que nuestros hijos construyan una vida propia, separada de nosotros, con su propio camino y su propia historia.
*Si tienes alguna duda sobre la educación de tus hijas e hijos, puedes enviar tus preguntas a evamartin@reggio.es . Cada semana, Eva Martín responderá a una de las cuestiones planteadas por nuestros lectores.
