Cuando el término woke saltó de la cultura pop afroamericana al lenguaje mainstream, mutó a etiqueta ideológica, identidad moral y sello de virtud. En definitiva, a una hegemonía cultural que hoy, según nos indica la escritora y tuitera Marina de la Torre, está agotada. El término se ha devorado a sí mismo y lo detalla en Autodestrucción Woke, un libro que presenta a Artículo 14 sin tono agresivo y sin ánimo alguno de ajuste de cuentas ideológico.
“El wokismo -dice- decidió qué palabras son legítimas, qué emociones cuentan como daño, qué posturas pueden defenderse, quien tiene autoridad moral o quién es víctima y quién es opresor. El resultado es un movimiento que ha infantilizado a la mujer, ha anulado moralmente al hombre y ha resquebrajado la libertad intelectual”. De la Torre explora este fenómeno desde la filosofía y grandes pensadores para ver cómo llegamos un sistema de control que, durante años, como expone en el libro, ha ocupado universidades, medios de comunicación, espacios culturales, activismo y lenguaje cotidiano.

Habla de todo ello con claridad, incluso a sabiendas de que sufrirá linchamiento en redes, como le ocurre cada vez que expresa su pensamiento abiertamente crítico contra el feminismo radical o todo aquello que le suene a adoctrinamiento woke. “También soy crítica con los mensajes que pueden llegar desde el extremo sin detenerse en la complejidad que merece este debate”, advierte.
Regreso al paternalismo
Para la autora, conocida en sus redes sociales como Anima Marina, era necesario expresar con calma cómo el wokismo ha redefinido la idea de la feminidad de una forma que choca frontalmente con los valores universales. “El feminismo woke no busca igualdad ante la ley, sino jerarquías morales basadas en identidad, donde el sexo biológico, la experiencia femenina o incluso la palabra mujer se diluyen. Lo más dañino es ese modo de tratarla como un colectivo necesitado de tutela, en lugar de una persona adulta. Paradójicamente, lo hace en nombre de la protección. En sus discursos, hay un regreso al paternalismo. Presenta a la mujer como un ser frágil, siempre dependiente de un sistema o de un colectivo que la arrope”.
Frente a ese victimismo permanente en el que nos colocaron, según indica, políticas como Irene Montero o Yolanda Díaz, De la Torre reclama autonomía moral y una vuelta a la fortaleza, a pesar del riesgo de ser canceladas, como pasa en contextos culturales, artísticos o académicos. “Pero me niego a entrar en la confrontación visceral que lleva a estar con ellas o eres el mal. Eso expulsa a muchas mujeres que no encajan en su ortodoxia, pero tampoco se reconocen en discursos reaccionarios y opuestos a una democracia sana. No sirve de nada sustituir un extremismo por otro. Ambos se retroalimentan y el resultado es una sociedad sin criterios sólidos, donde la convivencia se vacía de contenido”.

Le apena ver cómo las universidades occidentales, concebidas como santuarios de la razón y del pensamiento crítico donde el debate era el motor del conocimiento, en las últimas décadas se han convertido en dogma que castiga cualquier desviación ideológica. La autora toma como punto de partida una carta abierta publicada en Harper’s Magazine en 2020 que sacudió el mundo intelectual estadounidense. Firmada por 153 figuras de primer nivel, como Margaret Atwood, Salman Rushdie y J. K. Rowling, el texto alertó sobre un clima creciente de intolerancia en nombre del bien. Defendía la libertad de disentir sin miedo a la destrucción personal, sin miedo a que cualquier giro fuera del “guion correcto” implicase una sentencia social. De la Torre interpreta aquella carta como un síntoma temprano de una enfermedad que luego avanzó imparable.
La exigencia como forma de agresión
Datos de la Fundación FIRE revelan más de mil sanciones, despidos o expedientes contra profesores en Estados Unidos entre 2014 y 2023 por opiniones consideradas ideológicamente incorrectas. “El mensaje implícito es inequívoco: salirse del guion tiene consecuencias profesionales”. Incluso la excelencia académica deja de ser un escudo. La autora pone el ejemplo de Maitland Jones Jr., químico prestigioso de la Universidad de Nueva York, apartado tras quejas estudiantiles que consideraban sus clases “demasiado difíciles”. La exigencia intelectual se convertía así en una forma de agresión.
“Hemos visto conferencias canceladas antes de celebrarse, ponentes vetados por hipótesis o títulos incómodos, debates clausurados en nombre del bienestar emocional”. Un ejemplo que cita en el libro es la cancelación de una charla sobre transexualidad por considerarse “transfóbica” sin haber sido escuchada.
Su análisis va más allá del ámbito universitario. La crítica al feminismo hegemónico ocupa un lugar central en su libro. De la Torre cuestiona la mercantilización del empoderamiento femenino y su deriva moralista. “Que sus discursos reciban subvenciones públicas añade una capa de imposición ideológica. Se pierden en sus propias contradicciones. Hablan de empoderamiento mientras cultivan una dependencia obsesiva de la validación externa. El feminismo oficial decide qué actos son emancipadores y cuáles frívolos, infantilizando a las mujeres bajo una tutela paternalista”.

La escritora cuestiona también el concepto de violencia de género en España. “La reducción legal del término a la violencia del hombre hacia la mujer en relaciones heterosexuales empobrece el análisis y excluye víctimas que quedan invisibilizadas. Por ejemplo, las mujeres lesbianas. La violencia es multicausal y no puede explicarse mediante una única hipótesis ideológica”.
Niños eternos y auge de la manosfera
Uno de los capítulos más incisivos lo dedica al arquetipo del puer aeternus, el “niño eterno”. “Es la consecuencia de un igualitarismo radical que niega jerarquías, mérito y diferencias reales, y que, en nombre de la justicia, acaba desactivando la responsabilidad individual”. Apoyándose en Marie-Louise von Franz, la autora retrata a un adulto que rehúye el compromiso y la madurez, y sostiene que el “nuevo hombre woke” encarna obsesión por la juventud, narcisismo digital y rechazo de cualquier figura de autoridad o sabiduría.
Ese vacío simbólico, señala, ayuda a explicar el auge de la manosfera y la crisis actual de la masculinidad. Fenómenos como los incel, MGTOW o la red pill surgen como reacción al feminismo hegemónico, pero acaban atrapados en la misma lógica sectaria que dicen combatir. “Ambos bandos se radicalizan y convierten al otro sexo en antagonista moral. Frente a las caricaturas del “hombre” o la “mujer empoderada”, De la Torre defiende una mirada más compleja sobre el deseo y las relaciones humanas, y reivindica una masculinidad vinculada al honor, la responsabilidad y el cuidado. En el fondo, su diagnóstico apunta a la pérdida de una cultura hecha de adultos libres, no identidades permanentemente tuteladas.
