La izquierda está enladrillada, el desenladrillador que la desenladrille… y ya por todos es conocido cómo acaba; en la última semana ha regresado el debate más emocionante, el que más excita los ánimos del pueblo progresista, es decir, el debate sobre organizaciones, estructuras, primarias, nombres, candidatos, internas a cielo abierto. Lo digo con la mayor de las ironías. Por un lado, el acto de Rufián y Emilio Delgado, presentado como una conversación fuera del carril convencional sobre el futuro de la izquierda –he leído en un tuit: dos hombres hablando no son un partido, son un podcast–; por el otro, los partidos que ya están en el Gobierno y que representan a la coalición Sumar en el Gobierno han anunciado que pronto presentarán su intención de volver a estar unidos, como ya lo están.
La paradoja es que ambas citas tienen algo valioso y algo que les falta. La cita de Rufián y Delgado tiene potencial, dos perfiles mediáticos y que cosechan éxito y simpatía en redes sociales, y que captan parte del sentido común de la calle: si las cosas están como están, si los ánimos están apagados, algo habrá que hacer y ese algo no podrá ser lo de siempre o su enésima repetición. Pero carece de un plan real –de hecho, niega su intención de constituir un plan real–, no tiene apoyos ni estructuras. Es un tiro al aire, aunque represente un ánimo contra el cual sería suicida disparar por parte de otras formaciones progresistas. Podría ser el germen de algo o podría ser una nada. Lo bueno de lo que promete es que no es una conversación en clave interna, esperemos: se trata de hablar de las preocupaciones de la calle, o sea, de preocupaciones políticas; es la menos ensimismada de ambas citas.

Lo que han convocado Más Madrid, los Comunes, Movimiento Sumar e Izquierda Unida tiene una virtud y algún defecto. Puedo deducir, por lo que conozco del espacio, que se trata en parte de un acto con vocación reparadora respecto a un trauma inicial: los partidos bajo el paraguas siempre han estado juntos, pero mal avenidos, quejándose siempre de la falta de métodos democráticos de decisión o de que los espacios democráticos, si llegaban, llegaban demasiado tarde. Constituir una alianza o la intención de una alianza estable quiere reparar la tendencia a llegar a las citas electorales con prisas y dramas de última hora, y eso es bueno. Malo es, en cambio, hablar demasiado de la interna hacia el exterior, o que la conversación quede reducida a un debate en politiqués que nunca ha interesado a nadie más que a los periodistas. Lo peor que podría pasar con esa cita sería que dejase la impresión de que se vuelve a anunciar lo mismo en un bucle infinito que se repite antes de cada cita electoral, un eterno retorno de las izquierdas, esta vez con menos ilusión.

Me permito el ejercicio de imaginar cómo se podría intentar convocar algo, resolver alguna cosa: que la alianza signifique algo más que un nombre o una lista de partidos, por ejemplo. Materializar una voluntad real y concretada en una primaria abierta de la izquierda que se inspire en los ejemplos franceses o en lo que eran las PASO argentinas en la cual se puedan confrontar y medir liderazgos y proyectos. Aspirar a ser algo más que la muleta que sostiene a un PSOE que se desangra. En este momento, ni siquiera en Extremadura, que tan bien hizo aquello de la unidad, según algunos, el espacio de la izquierda capitaliza los votos que pierden los socialistas: allí recuperaban 1 de cada 3 votos, en Aragón han recuperado 1 de cada 5, incluso con el buen resultado de la Chunta. Las sumas aritméticas en política tampoco operan y dos más dos no siempre son cuatro. Hace falta algo más que muchas formaciones, que el fetiche de la unidad o que la paz por territorios; hacía falta, de hecho, haber pensado ese algo más desde hace mucho tiempo.
Las cúpulas de los partidos no pueden ignorar el tirón de los liderazgos reconocidos y mediáticos, y deben darles sitio y espacio, y convenir repartos; lo otro es el mismo cainismo suicida de siempre. Se trata de ver en qué posición aporta más cada cuadro político y tener pensamiento estratégico. A la vez, sin contar con los partidos que ya existen, no hay forma de hacer nada en ninguna elección autonómica, ni de contar con una militancia que plante los carteles; absolutamente todos los agentes se arriesgan a que llegue algo nuevo que los barra del mapa si la solución se reduce a lo de siempre. Yo estuve dentro y me permito ahora comentar como una observadora externa: ¿qué hace falta hacer para que en las próximas elecciones generales no haya una mayoría PP + Vox capaz hasta de reformar la Constitución? Si las izquierdas no hacen un plan para evitar eso, que se vayan todas a su casa.
