Gafas violetas

‘Irrational man’: Woody Allen es más machista cada año (por no hablar de otros pecados)

El regreso del cineasta a la actualidad por su relación con Jeffrey Epstein obliga a releer 'Irrational Man' desde el poder, la impunidad masculina y la fascinación cultural por los hombres que se creen moralmente excepcionales

'Irrational man', de Woody Allen
'Irrational man', de Woody Allen

Hay películas que envejecen mal y otras que, sin haber envejecido, revelan con el tiempo lo que siempre estuvo ahí, como Irrational Man (2015), dirigida por Woody Allen. Vista hoy, con las gafas violetas bien ajustadas y a la luz de todo lo que rodea a su autor, la película funciona menos como un thriller moral y más como una radiografía incómoda del privilegio masculino intelectualizado: el del hombre que se cree por encima de la ley, del daño que causa y de las mujeres que lo rodean.

Woody Allen presenta a Abe Lucas, profesor de filosofía moral, deprimido, alcoholizado y nihilista, interpretado por Joaquin Phoenix. Abe llega a un campus universitario con el aura del genio roto, ese arquetipo recurrente en el cine de Allen: hombres mayores, brillantes y emocionalmente devastados, que despiertan fascinación inmediata en mujeres más jóvenes. En este caso, Emma Stone encarna a Jill, una estudiante inteligente, curiosa y vital, que ve en Abe no solo a un profesor, sino a una promesa de profundidad existencial.

Joaquin Phoenix y Emma Stone protagonizan la película de Woody Allen 'Irrational Man'
Joaquin Phoenix y Emma Stone protagonizan la película de Woody Allen ‘Irrational Man’

Desde una lectura feminista, el punto de partida ya es problemático: la película construye el deseo femenino como admiración casi automática por la autoridad masculina. Jill no se enamora de Abe pese a sus defectos, sino precisamente a través de ellos. Su depresión se presenta como signo de autenticidad; su cinismo, como lucidez. El malestar masculino vuelve a ser erotizado, mientras el mundo femenino se organiza en torno a comprenderlo, sostenerlo o salvarlo.

El giro central de Irrational Man —cuando Abe decide cometer un asesinato “justo” para devolverle sentido a su vida— no rompe con esta lógica, sino que la lleva al extremo. El crimen no nace del daño sufrido por Abe, sino de una abstracción moral escuchada al azar. El sufrimiento ajeno se convierte en material narrativo para su redención personal. Matar le devuelve la energía, la creatividad, el deseo sexual. La violencia aparece, una vez más, como motor del renacimiento masculino.

Aquí la película deja al descubierto una fantasía profundamente patriarcal: la idea de que un hombre puede decidir quién merece vivir o morir, y que ese acto, si está envuelto en retórica filosófica, puede entenderse como un dilema ético respetable. La víctima es secundaria. El foco está siempre en el conflicto interno del perpetrador. La justicia se vuelve un ejercicio privado, no una responsabilidad colectiva.

Cartel de 'Irrational man', de Woody Allen
Cartel de ‘Irrational man’, de Woody Allen

El papel de Jill resulta especialmente revelador desde las gafas violetas. Al principio, ella es discípula; después, cómplice emocional; finalmente, amenaza. Cuando empieza a sospechar, la narrativa la castiga y su lucidez se convierte en peligrosa. En el universo de Woody Allen, la mujer que piensa demasiado, que une cabos y se sale del rol de musa, deja de ser deseable. La película no la empodera: la utiliza como instrumento dramático para medir la caída del protagonista masculino.

Tampoco es casual que Irrational Man esté atravesada por una mirada condescendiente hacia las mujeres adultas. El personaje de Parker Posey, una profesora que mantiene una relación con Abe, es retratado como emocionalmente dependiente, excesiva, casi caricaturesca. Frente a ella, Jill representa la juventud “pura”, aún moldeable. La división es clara y vieja: mujeres jóvenes como proyección moral, mujeres maduras como estorbo emocional.

Irrational Man dialoga incómodamente con las discusiones actuales sobre poder, consentimiento y responsabilidad. No porque la película “pruebe” nada sobre su autor, sino porque cristaliza una forma de mirar el mundo que el feminismo lleva décadas cuestionando: la del hombre genial al que se le perdona casi todo porque piensa mucho; la de las mujeres como satélites emocionales; la de la violencia legitimada por la abstracción intelectual.

El contexto extracinematográfico 

La revisión feminista de Irrational Man no puede desligarse del contexto contemporáneo que rodea a su autor. En los últimos meses, Woody Allen ha vuelto a aparecer vinculado al nombre de Jeffrey Epstein, tras la publicación de nuevas imágenes y documentos incluidos en los llamados Epstein Files. En ellos se confirma que Woody Allen mantuvo una relación social continuada con el financiero, asistiendo a cenas en su domicilio de Nueva York y escribiéndole cartas de tono cordial incluso después de que Epstein hubiera sido condenado en 2008 por delitos sexuales contra menores.

Woody Allen y Jeffrey Epstein - Internacional
Una fotografía del cineasta Woody Allen (i) con Jeffrey Epstein (d).
EFE

Woody Allen ha defendido públicamente que desconocía la magnitud de los crímenes de Epstein y ha descrito su trato con él como el de un anfitrión “encantador” rodeado de científicos, académicos y figuras culturales. Sin embargo, esta explicación no ha evitado que resurja una pregunta incómoda: qué tipo de ceguera —o indulgencia— permite a determinadas élites culturales ignorar, relativizar o normalizar conductas abusivas cuando vienen acompañadas de poder, dinero o prestigio intelectual.

Vista desde ese marco, Irrational Man adquiere una dimensión casi involuntariamente reveladora. La película gira en torno a un hombre que se siente por encima de la moral común, que justifica actos irreparables desde una supuesta superioridad intelectual y que encuentra en la admiración acrítica —especialmente femenina— un escudo frente a las consecuencias de sus decisiones. No es una alegoría directa ni una confesión, pero sí un retrato coherente con una cosmovisión en la que la genialidad masculina se presenta como coartada ética.

Las gafas violetas obligan, en este punto, a ampliar el foco: no se trata solo de juzgar una obra aislada, sino de observar cómo ciertas narrativas artísticas dialogan con estructuras reales de poder y silenciamiento. El caso Epstein no convierte automáticamente las películas de Allen en pruebas, pero sí reordena la recepción: lo que antes podía leerse como provocación filosófica hoy se percibe también como síntoma de una cultura que ha protegido durante demasiado tiempo a hombres brillantes incluso cuando su entorno moral era, como mínimo, cuestionable.

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