Bad Bunny no salió al medio tiempo de la Super Bowl para agradar a todos. Salió para bailar. Y desde ese gesto —aparentemente ligero, profundamente político— articuló uno de los espectáculos más comentados y divisivos de la historia reciente del evento. “Qué rico es ser latino. ¡Hoy se bebe!”, proclamó un cantante al inicio de su actuación, rebautizando la Super Bowl como Super Tazón y marcando desde el primer segundo el territorio simbólico que iba a ocupar durante los trece minutos siguientes.
El artista puertorriqueño abrió el show con Tití me preguntó, recorriendo un campo de caña de azúcar acompañado por figurantes con sombrero pava, prenda tradicional de los trabajadores del campo en Puerto Rico que el músico ha convertido en emblema de su último ciclo creativo. No era una postal costumbrista, sino una afirmación identitaria situada en el centro del Levi’s Stadium de Santa Clara, California, ante más de cien millones de espectadores. Tras saludar a un grupo de hombres jugando al dominó, algo muy identitario también, pasa junto a dos chicas jóvenes haciéndose las uñas de gel. Después, otras construyen un muro haciendo de albañiles y Bad Bunny llega entonces a un carrito cargado con botellas, cada una con una bandera latina: Colombia, España, Puerto Rico, México… Agarra un refresco y continúa hasta un puesto de tacos, después cruza por el medio de un ring de boxeo y llega a un aparador de compra de oro y plata.
Con una alianza en la mano, decide “huir” de la responsabilidad del matrimonio y regala el anillo a otra pareja, para continuar su camino. El espectáculo avanzó como una reivindicación del goce, del cuerpo y de la alegría como formas de resistencia. En el corazón del estadio apareció la ya icónica casita que acompaña al artista en su gira, rodeada de rostros conocidos del mundo de la cultura y el entretenimiento, como el actor Pedro Pascal, Karol G, Cardi B, Young Miko, Jessica Alba o . Desde allí, Bad Bunny encadenó algunos de sus mayores éxitos, entre ellos Yo perreo sola y VOY A LLeVARTE PA PR, mientras recordaba al público: “Estás escuchando música de Puerto Rico”. No pidió traducciones ni explicó referencias. Invitó, simplemente, a bailar.

“Si hoy estoy aquí es porque nunca, nunca dejé de creer en mí”. La idea de América que propuso el artista fue más amplia que la habitual. En uno de los momentos centrales del show, interpretó El apagón envuelto en la bandera de Puerto Rico, mientras en las pantallas del estadio se sucedían las enseñas de todos los países del continente. De Argentina a Canadá, de Cuba a Chile. “God bless America”, dijo antes de enumerarlos, desplazando el significado de la consigna hacia una noción continental e inclusiva. El mensaje que acompañó la escena era inequívoco: “Lo único más poderoso que el odio es el amor”.
El cierre reforzó esa tesis. Antes de una interpretación coral de DTMF, Bad Bunny mostró a cámara un balón de fútbol americano con la inscripción “Juntos. Todos somos América”. La imagen resonó con fuerza en un contexto marcado por las redadas del ICE contra comunidades migrantes, en su mayoría latinoamericanas. Sin mencionar directamente la política institucional, el artista volvió a situar los cuerpos latinos —sus lenguas, sus bailes, sus símbolos— en el centro del mayor ritual televisivo estadounidense.
El espectáculo también dejó espacio para la emoción íntima. En una de las transiciones, la realización mostró a una familia siguiendo el discurso del artista tras su reciente triunfo en los Grammy. Segundos después, Bad Bunny entregó una estatuilla a un niño en el público, que lo representaba a él mismo cuando era pequeño. “Cree siempre en ti”, le dijo, subrayando el valor de los referentes y la representación para las nuevas generaciones.

Los rumores previos se confirmaron con dos invitados de alto voltaje simbólico. Lady Gaga apareció para interpretar una versión salsera de Die With a Smile y bailar junto a Bad Bunny Baile Inolvidable, con una boda como telón de fondo. “Ama sin miedo, baila sin miedo”, animó el puertorriqueño, que poco después interpretó Nueva York celebrando la comunidad latina que habita en la gran ciudad. Poco después, Ricky Martin, compatriota de Benito, tomó el relevo con una interpretación de LO QUE LE PASÓ A HAWAii sentado en unas sillas de plástico que remitían a la estética de DTMF. Tres generaciones de pop latino compartiendo escenario sin jerarquías ni traducciones.
Bad Bunny había adelantado días antes que su objetivo era que el medio tiempo fuera “una gran fiesta”. “No necesitan aprender español; es mejor si aprenden a bailar”, dijo en la rueda de prensa previa. Esa declaración cobró sentido completo en un espectáculo que optó por el ritmo como idioma común y por la celebración como respuesta al clima de tensión que atraviesa a la comunidad latina en Estados Unidos.
EL NIÑO ERA BENITO, bad bunny dándole su grammy a benito, al niño que nunca dejó de soñar#SuperBowl #SuperBowlLX pic.twitter.com/S05sDrm5A5
— Manu 🪐 (@manuvixcx) February 9, 2026
La reivindicación de Bad Bunny no es nueva. En los últimos meses ha reiterado su defensa de la comunidad latina y su rechazo a las políticas migratorias, llegando incluso a descartar una gira por Estados Unidos por temor a detenciones en sus conciertos. En los Grammy, al recoger el premio a Álbum del Año, lo dijo sin rodeos: “No somos salvajes, no somos animales, somos humanos y somos americanos”.
En la Super Bowl, esa idea tomó forma de baile. Sin consignas explícitas, sin traducciones y sin concesiones. Solo cuerpos en movimiento, banderas visibles y una frase final que funcionó como síntesis política y cultural: juntos, todos somos América.
