Opinión

Oscar Puente no encuentra la vía

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Óscar Puente no acaba de enhebrar la aguja. Óscar Puente no arregla la tetera. Óscar Puente no encuentra la vía del tren para conducir el enorme caos del sistema ferroviario español a una cierta normalidad. Puede que no lo consiga porque duerme tres horas al día, porque no tiene tiempo para mudarse de ropa, porque ha dado 17 entrevistas y dos ruedas de prensa de dos horas y media cada una, porque comparece más de siete horas en el Senado, porque está al pie del cañón desde el minuto 1, porque da la cara, porque no se esconde, porque no se amilana, porque no se calla. Puede que las causas sean muchas. Pero el resultado es uno. El caos del sistema ferroviario español pasará a la historia de los desastres no naturales o de la borgiana historia universal de la infamia.

La situación se agrava cada día. Lo más trágico se encuentra en los 46 cadáveres del accidente de Adamuz y sus muchas víctimas. Pero no se puede olvidar a los millones de españoles deambulando por estaciones y andenes cada día en búsqueda de un tren que los lleve a su destino. Y, por supuesto, la penosa imagen que proyecta hacia el exterior la capacidad de España para conseguir que funcionen sus servicios públicos.

Otro que parece que no encuentra la vía es nuestro presidente Sánchez. Su capacidad para escaquearse es homérica. No encontró razones para decretar emergencia nacional con la DANA valenciana. No se le vio cuando el apagón eléctrico de 24 horas. Y tampoco, se adivina su aparición ante el caos ferroviario que está llevando al país a una situación crítica. El presidente, ufano, se afana en polemizar con el malvado Elon Musk por prohibir las redes sociales a los menores. Esa pelea sí merece que Sánchez baje al fango para defender con uñas y dientes, para sudar la camiseta, por el bienestar de nuestros púberes.

Los vaivenes de Puente buscando una explicación al accidente de Adamuz llaman la atención por su falta de consistencia. Primera versión, accidente extraño. Para la Real Academia Española, el vocablo extraño es “raro o sorprendente”, pero también “movimiento súbito o inesperado”. Pues tenía razón el ministro en esos primeros días, el accidente fue raro y provocó un movimiento tan inesperado que condujo al sistema ferroviario desde la edad de oro, adjetivada sin ambages por el ministro, al caos en cuestión de minutos. Luego, como no, la culpa estaba en Mariano Rajoy, que dejo el Gobierno hace ocho años y no se ocupó de mantener la red como hubiera debido. Pero los sucesivos ministros de Sánchez, parece que tampoco lo han hecho. Ahí están Abalos, y su Koldo, Raquel Sánchez y nuestro Puente. También señaló al inefable cambio climático que está arruinando la vida humana sobre la tierra. Echa la culpa a estas benditas lluvias que lavan y purifican los pecados ibéricos. Mucha lluvia para tan deteriorada red ferroviaria. Claro, Puente dixit, “una red ferroviaria no es una tetera, no se arregla en dos días”. Perdón, ministro, pero visto lo visto, dudo de que fuera capaz de arreglar la tetera. No se lo critico, pues yo me considero incapaz de hacerlo. Por eso, me dedico a otros menesteres. Pese a todo, el ministro no duda en gallear cuando ni corto ni perezoso afirma que está gestionando la crisis muy bien, dabuten se decía en mi castizo barrio madrielño.

La situación es crítica. Las cercanías están hechas un cristo, el sistema de control de tráfico centralizado (CTC) de Adif en Barcelona falla más que una escopeta de feria, la red ferroviaria de ancho ibérico no funciona, como consecuencia los servicios de media distancia y las mercancías tampoco, la conexión con Andalucía está cancelada hasta nueva orden, la otrora boyante Alta Velocidad Española circula cuando puede al ritmo del “Despacito” de Luis Fonsi, se han suspendido los trenes de primera y última hora en la Madrid-Barcelona y podría seguir.

Sólo en 2025, se estima que cerca de 500.000 pasajeros han sufrido en sus carnes el caos ferroviario con retraso de larga duración y cerca de 2 millones con otros moderados. Algunos en su más cruel manifestación: horas interminables detenidos en medio de la nada, a temperaturas de 40 o más grados, falta de agua, falta de comida, lavabos infectados de suciedad, carencia de información y atención al viajero. En el 2023, se produjeron 353.665 reclamaciones. Si la situación no mejora, se esperaban cerca de 750.000 para 2025 y un volumen de afectados que podía alcanzar los 4 millones.

Si nos vamos a 2025, la cronología habla por sí sola: retrasos masivos en el corredor Madrid-Valencia, en febrero; avería en la catenaria Madrid-Galicia y colapso en Atocha Cercanías, en abril; robo de cableado en el corredor Madrid-Sevilla, en mayo; fallo en el enclavamiento de Chamartín, en mayo; interrupción entre León y Asturias por desprendimientos en Pajares, en junio; rotura de la catenaria entre Toledo y Madrid, en julio. Por alguna razón, la puntualidad ha caído al 76%, frente a cerca del 95% de los años anteriores, al tiempo que las reclamaciones subían un 87% y las indemnizaciones el pasado año se elevaron a 55 millones de euros frente a los 42 de 2023.

Por lo que parece, la culpa de todo este actual caos la tiene una soldadura fallida entre dos vías, una simple soldadura, una técnica mecánica bastante elemental. La soldadura es la unión o fusión de piezas mediante el uso de calor y compresión para que las piezas formen un continuo. Pues este acto elemental ha puesto patas arriba el otrora sólido sistema ferroviario español.

La Barcelona- Mataró, primera línea española de ferrocarril, data de 1848; luego vino la Madrid-Aranjuez, de 1851. En la década de los años 20 se electrificó la red, en 1941 se creó RENFE y, como no, en 1992 se inauguró el AVE Madrid-Sevilla, coronado en 2013 con la Madrid-Barcelona. Todo esto está ahora en cuestión por una simple soldadura en las afueras de Adamuz.

Nos hemos instalado en el caos, en la crisis estructural. Un experto hidrográfico afirma que si las lluvias hubieran durado una hora más en la DANA valenciana el pantano de Forata se hubiera desbordado pues los embalses no se mantienen adecuadamente. El servicio público es una cosa muy seria. Se sostiene con los impuestos del contribuyente y tienen que ser gestionados por políticos y funcionarios con capacidad para hacerlo. Se necesita inversión para su mantenimiento y mejora, se precisan gestores para su dirección y organización y se requieren profesionales y trabajadores para su funcionamiento. Y, por supuesto, políticos responsables, que no echen balones fuera y las culpas a otros cuando viven en medio del caos que hoy campea por España. No hablamos de muros, hablamos de que España funcione. Ya lo dijo Felipe González en 1982. Sus excorreligionarios no le están haciendo caso.

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