Cuanto más se sumerge uno en las turbias aguas de la novela criminal, más y más sirenas encuentra en sus abismos desconocidos. Sirenas que durante décadas atrajeron cientos de lectores con sus cantos llenos de personalidad, pero que como sus homólogas de la mitología han sido olvidadas casi por completo, relegadas al terreno de lo ignoto e ignorado. Más allá de grandes nombres conocidos por todos, como el de Agatha Christie —de quien este año celebramos el cincuenta aniversario de su muerte—, desde las profundidades del asesinato considerado como el más bello entretenimiento literario, una legión de autoras nos observa bajo el légamo ancestral, esperando al Nemo o al Cousteau dispuesto a llevarlas de nuevo hasta la superficie.
Es el caso de Elizabeth Sanxay Holding, recientemente rescatada por la editorial Aristas Martínez con la publicación de El diablo entre nosotros (Speak of the Devil, 1941), pura diversión trepidante, ingeniosa y chispeante que combina el murder mystery clásico, con su whodunit y elenco de sospechosos habituales, con el lenguaje conciso, rápido y contundente del hard boiled; situaciones y diálogos de screwball comedy; una heroína atípica, moderna, decidida, elegante y frívola; un toque de gótico exótico con ambientación caribeña, hotel de los enredos, huracanes y hasta referencias a los zombis, y un clímax final de puro serial de aventuras inverosímil pero arrollador. En definitiva, un libro recomendable tanto para fans del ahora tan de moda cozy mystery como de la novela negra y el suspense romántico. Lo tiene todo.

Pero lo más sorprendente no es la excelencia de esta obra hasta ahora inédita, al menos que yo sepa, en castellano. Lo sorprendente es que su autora fue una de las más prolíficas y admiradas del género en su momento, con una producción notable tanto por su abundancia como por su calidad. Elizabeth Sanxay Holding (1889-1955) nació en el neoyorquino barrio del Bronx, pasando por varias escuelas para jóvenes señoritas donde se hizo notar por su carácter independiente. Quizá fuera esta fuerte personalidad, pese a su naturaleza nerviosa y problemas de salud, la que atrajera al diplomático británico George E. Holding, hermano del actor Thomas Holding, con quien contrajo matrimonio en 1913. La profesión de su marido les llevaría a viajar y residir a menudo a lo largo de Sudamérica y el Caribe, instalándose durante seis años en la isla de Bermuda. De ahí la estupenda ambientación caribeña y atmósfera cosmopolita de El diablo entre nosotros.
Durante los años veinte, Elizabeth cultivó la novela y los relatos románticos, con títulos como Invencible Minnie (1920) o Rosaleen Among the Artists (1921), viendo cómo algunas de sus historias pasaban a la pantalla, convertidas en películas como The Price of Pleasure (1925) de Edward Sloman, o la comedia romántica La novia que vuelve (The Bride Comes Home, 1935), dirigida por Wesley Ruggles, con reparto encabezado por Claudette Colbert y Fred MacMurray. Sin embargo, con la Gran Depresión, la escritora se volvió hacia el género que triunfaba en el momento: el misterio criminal.

Entre 1929 y 1953, Elizabeth publicó 18 novelas policíacas de diverso estilo, marcadas por una peculiar sensibilidad en el retrato psicológico de sus heroínas y por su capacidad para crear angustiosas situaciones de suspense. Al tiempo, contribuyó con incontables cuentos a revistas que iban desde las dirigidas al público femenino, como Ladie´s Home Journal, Woman´s Home Companion o Cosmopolitan, pasando por las más prestigiosas —The Smart Set, Metropolitan, The Nation o Collier´s—, la popular Munsey´s, donde publicaría gran parte de sus relatos, en compañía de autores como E. R. Burroughs, Conan Doyle, Max Brand, Joseph Conrad o Wodehouse, entre otros; y, por supuesto, en aquellas especializadas en misterio: Detective Story, The Saint Mystery Magazine, Mystery Book, Ellery Queen´s Mystery Magazine, Nero Wolfe Mystery Magazine o Alfred Hitchcock´s Mystery Magazine. Incluso llegó a publicar algún relato fantástico en The Magazine of Fantasy and Science Fiction. No sería su única incursión en este género, publicando en 1947 la novela juvenil Miss Kelly, sobre un gato capaz de hablar con los humanos.
Pero lo abundante de su producción no perjudicó nunca su calidad. Raymond Chandler, creador de Philip Marlowe y uno de los grandes de la original novela negra americana, la tenía en alta estima, considerándola, “la mejor escritora de suspense” del momento. Como le dijo la editora Lee Wright a Frederic Dannay, una de las dos mitades de Ellery Queen: “La señorita Holding tiene una mente refrescante e iconoclasta: piensa las cosas por sí misma, y cuando expresa sus opiniones, no son de segunda mano, no son sacadas de libros o de las cabezas de otras personas: son las suyas propias”.

Aunque Hollywood pareció olvidarse de ella, su novela The Blank Wall (1947), angustiosa historia de un ama de casa de posguerra víctima de un chantaje criminal, que la obligará a descender al infierno del hampa, mientras intenta mantener a salvo a su familia a toda costa, sería llevada dos veces a la pantalla. La primera en Almas desnudas (The Reckless Moment, 1949) de Max Ophüls, con reparto estelar encabezado por Joan Bennett y James Mason, clásico del film noir en su apartado más romántico (el melonoir), contando con música de Hans J. Salter y una impresionante fotografía de Burnett Guffrey, uno de los genios que contribuyó a crear las luces y sombras características del género con títulos como Mi nombre es Julia Ross (1945), Night Editor (1946), So Dark the Night (1946), Llamad a cualquier puerta (1949) o Relato criminal (1949).
La segunda, En lo más profundo (The Deep End, 2001), dirigida por el peculiar tándem de cineastas independientes David Siegel (hetero) y Scott McGehee (gay), protagonizada por Tilda Swinton como sufrida ama de casa, y por un Goran Visnjic en la cúspide de su carrera gracias a la serie Urgencias (1995-2005), como no menos sufrido chantajista enamorado de su víctima. La orientación sexual de sus directores no es dato banal, puesto que si por un lado En lo más profundo sigue de forma notablemente fiel la historia original, por otro reconvierte uno de sus personajes principales, la hija de la protagonista en la novela y la película de Ophüls, en hijo, y su peligrosa relación sentimental, que da origen al chantaje, en una aventura homosexual, transformando así la salida del armario (mejor dicho: el encierro en el armario), dentro de una familia burguesa americana, con padre militar ausente, en motor subterráneo de la tragedia.

Se trata de un sofisticado thriller psicológico neonoir, visualmente elegante, contenido y sobrio, que prescinde de toda nostalgia, funcionando perfectamente como homenaje al film original (película de culto camp), al tiempo que como genuino melodrama posmoderno filogay. Algo así como esos thrillers que le gustaría hacer a Almodóvar… Si supiera. Gracias al éxito de En lo más profundo, el libro se reeditó en el mercado anglosajón en 2003 y 2005, siendo considerado como una de las mejores novelas de suspense escritas por mujeres en los años cuarenta. Por desgracia, sigue inédita en España.
Elizabeth Sanxay Holding falleció el siete de febrero de 1955, en su domicilio del Bronx, donde se instalara definitivamente la familia tras separarse de su esposo. Su hija, Antonia Holding Schwed (1919-2006), no solo heredó su pasión literaria, sino que se convirtió en una de las mejores artistas de esmaltado del mundo, cuyas joyas contribuyeron a resucitar el arte del esmalte. Ojalá que la publicación de El diablo entre nosotros no se quede en mera anécdota, iniciando la recuperación en castellano de la obra de Elizabeth Sanxay Holding, así como la de otras sirenas del proceloso mar de la ficción criminal, que cada vez tengo más claro es un reino tanto o más femenino que masculino. Aunque algunos quisieran ocultarlo.
