Cuando fue publicado por vez primera, en 1847, con el pseudónimo masculino de Ellis Bell, la revista Graham’s Lady Magazine lo recibió así: “Cómo un ser humano puede haber intentado tal libro sin suicidarse antes de haber terminado una docena de capítulos, es un misterio. Se trata de una mezcla de burda depravación y horrores antinaturales”. Tal era y sigue siendo el carácter de Cumbres borrascosas que incluso después de aparecer su segunda edición, ya bajo el nombre real de su autora, Emily Brontë (1818-1848), muchos siguieron negándose a creer que aquella historia de pasiones más allá de la muerte, amor loco y venganza no menos loca y cruel, repleta de insinuaciones de incesto y necrofilia, enfrentamientos familiares y de clase, sentimientos violentos y personajes irredimibles, pudiera ser producto de una mente femenina.
Una cosa era la narrativa de iniciación a la vida, crecimiento personal, romance sombrío y misterios encerrados en el desván de Jane Eyre, la novela de su hermana Charlotte Brönte, publicada poco antes con gran éxito, y otra aquel, en palabras del crítico de The Examiner, batiburrillo “…salvaje, confuso, desarticulado e improbable”, cuyos protagonistas eran “…salvajes más rudos que aquellos que vivieron en los días anteriores a Homero”. Sin embargo, en algo estaban prácticamente de acuerdo todos los críticos y lectores de la época: una vez que empezabas a leerla, no podías soltarla hasta llegar a su trágico desenlace.

En pocos años, aquel escándalo literario daría paso a la admiración sin límites de muchos de los grandes autores, intelectuales y artistas que iban a definir la modernidad a lo largo del siglo XIX y parte del XX. El pintor Dante Gabriel Rossetti y el poeta Swinburne, “padrinos” del movimiento Prerrafaelista, la acogieron con entusiasmo, fascinados por su oscuridad. Virginia Woolf la prefería sin dudarlo a Jane Eyre y Daphne Du Maurier la calificó como “la novela romántica suprema”, reconociendo la deuda de su propia producción literaria con la de las hermanas Brontë en general y la de Emily en particular. H. P. Lovecraft consideraba que se trataba de una obra “absolutamente única como novela y como literatura de terror (…) con sus demenciales paisajes de los páramos desolados de Yorkshire barridos por el viento y las vidas distorsionadas y violentas que lo habitan”. Para él, pese a que “…la historia trata (…) sobre las pasiones humanas en conflicto y agonía, el titánico escenario cósmico que sirve de marco para la acción permite el surgimiento del horror en su forma más espiritual”.
Los surrealistas, con André Breton a la cabeza, amaron profundamente la pesadilla romántica de Emily Brontë, encontrando en ella muchas de las constantes que asociaban a la naturaleza misma de su revolucionario movimiento: la pulsión pareja del eros y el tánatos, la sublimación del deseo, el dominio de lo irracional, las correspondencias y asociaciones y, sobre todo y por encima de todo, el amor fou, un amor loco sin moral, salvaje y sin ley, más allá del bien y del mal. George Bataille dedicó todo un capítulo de su magnífico ensayo La literatura y el mal a Emily, poniendo su genio a la par que el de Poe y Sade, afirmando que la escritora “tenía la clase de conocimiento que conecta el amor no solo con la luminosidad sino también con la violencia y la muerte, porque la muerte semeja ser la verdad del amor, al igual que el amor es la verdad de la muerte”.
La recientemente fallecida poeta y teórica surrealista, experta en novela gótica, Annie Le Brun, no dudaba en parangonar a Emily con Virginia Woolf, Lou Andreas Salomé y la pintora checa Toyen, cuyas obras desafían los tópicos del feminismo más convencional. No es extraño que Buñuel convirtiera Cumbres borrascosas en una de sus mejores películas del periodo mexicano: Abismos de pasión (1954), capaz de adaptar el mundo de Emily Brontë, con sus conflictos de clase y espirituales, propios de la Inglaterra victoriana y protestante, así como sus desolados paisajes de Yorkshire, al México charro y católico sin perder un ápice del sentido y la sensibilidad del libro.

Camille Paglia, en su monumental ensayo Sexual Personae, contrapone la naturaleza apolínea de Jane Eyre a la oscuramente dionisíaca de Cumbres borrascosas, contrastando a sus autoras y heroínas: la primera, una modélica dama victoriana que aprenderá a conquistar su posición en la sociedad y el corazón de su amado, desentrañando junto al lector el elemento misterioso e irracional del libro: la “loca en el ático”. La segunda, una virago cuyo género Paglia interpreta prácticamente como andrógino y cuya pasión aparentemente asexual por Heathcliff tiene algo de desdoblamiento íntimo de la propia Emily, quien parece proyectarse en su protagonista masculino, byroniano y diabólico, antes que en su heroína, Catherine. En cualquier caso, se trata de una inmersión sadiana “… llena de estallidos de violencia y de vívidas fantasías de muerte y de tortura. Presenciamos o escuchamos cómo se pega, se abofetea, se azota, se pellizca, se araña, se tira de los pelos, se da patadas, se pisotea…”.
Heathcliff, el antihéroe romántico de Cumbres borrascosas, cuyo personaje parece debatirse entre lo humano, lo animal y lo satánico, inspirado en la figura de Lord Byron (que también inspirara al vampiro Lord Ruthven de Polidori), es una de las grandes aportaciones de Emily Brontë a la cultura universal en general y al gótico en particular. El arquetipo del galán diabólico, el bello maldito y tenebroso, capaz de asaltar la tumba de su amada en el paroxismo de la pasión, es parte esencial de la tradición gótica moderna y viaja con todos nosotros, amado y odiado, seduciéndonos y horrorizándonos por igual, aunque nos pese. O precisamente por ello.

Pues por mucho que intentemos aislarlo como un virus tóxico, clasificarlo científicamente y clavarlo con una aguja para encerrarlo en su vitrina de cristal, como algún raro ejemplar extinto del pasado, Heathcliff forma parte intrínseca del lado oscuro de la naturaleza humana, ejerciendo esa eterna fascinación que la joven y desafortunada Emily Brontë fue capaz de presentir, adelantándose a Freud y el psicoanálisis. Desgraciadamente, no viviría para ver el impacto de su inmortal novela, falleciendo en 1848 con solo treinta años, posiblemente de tuberculosis, tras haber buscado refugio en el alcohol y el láudano, poco después de publicar Cumbres borrascosas.
Una historia de pasión, amor, violencia y horror, que ha sido innumerables veces llevada a la pantalla, tanto al cine como a la televisión; que ha inspirado óperas, canciones, poemas y pinturas, y que pronto veremos en la nueva versión cinematográfica firmada por Emmerald Fennell, con Margot Robbie como Catherine y Jacob Elordi como Heathcliff, que seguramente no dejará a nadie tampoco indiferente.

Una novela que trasciende géneros —en los varios sentidos y sinsentidos del término— y clasificaciones, precursora del Surrealismo y la modernidad, superior a las obras en absoluto carentes de mérito de sus hermanas, tanto a la también seminal y gótica Jane Eyre de Charlotte como a la adelantada del feminismo La inquilina de Wildfell Hall de Anne Brönte, entre otras, y que no ha cesado de inspirar a escritoras del siglo XX y XXI como Ithell Colquhoun, Margaret Atwood, Anne Rice, Maryse Condé, Jane Urquhart y muchas más. Un testamento literario que desde el corazón de las tinieblas que anidaban en el alma atormentada de Emily Brontë, con el lenguaje desbocado de la poesía, inasequible a las buenas maneras y a las mejores intenciones, contradice contundentemente aquello de que “si duele, no es amor”.


